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Guerra civil, frente Europa

La peripecia de Puigdemont en Bélgica no sólo es la última destilación de la desquiciada fábrica de mentiras separatista, sino que refleja la debilidad de un Estado desaparecido en Cataluña hace demasiados años.

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El golpista Carles Puigdemont | EFE

La peripecia de Puigdemont en Bélgica no sólo es la última destilación de la desquiciada fábrica de mentiras separatista, sino que refleja la debilidad de un Estado desaparecido en Cataluña hace demasiados años. Que el expresidente regional, representante ordinario del Estado en el Principado, deambule por Bruselas mientras la mayor parte de su Govern reside en Estremera habla de manera elocuente de su cobardía, pero también de la impotencia de un Gobierno de España preso de los interesados apriorismos catalanistas, fatalmente influido por quienes difunden la vomitiva teoría del suflé, engañado por una tropilla de listillos bien comidos y mejor bebidos que hibernan en la Cerdaña, veranean en el Ampurdán y matan el rato en la parte alta de la Diagonal.

A la república catalana la defienden los infaustos comités de defensa, lo peor y más subsidiado de cada barrio, la pregona la aristocracia mediática catalana y la ha sufragado el pueblo entero y muchas de las marcas que se han ido pitando. Cuenta además con simpatías brexitaristas, bolivarianas, flamencas y putinianas, lo que es una filfa en comparación con los perros atados con longanizas que prometía el minister Romeva en cada vuelo en primera a la nada diplomática, pero un problema de cierta envergadura en la proyección internacional de España con el que los amigos de la leyenda negra se frotan las manos, prestos a versionar El crimen de Cuenca con el arranque del traslado a Estremera de Junqueras y los consellers.

Lo tienen claro en Bélgica. Puigdemont es la pura cizaña, un agente provocador por antonomasia, el detonante accidental de la desgracia. Al inestable Gobierno de los belgas sólo le faltaba que el gafe de Gerona aceptara la invitación de sus colegas flamencos para azuzar el fantasma de la pura extinción del reino de los mejillones con patatas por culpa de los vagos valones, francófonos para más señas. Efecto dominó, pim, pom. El ingrediente de la prensa del Brexit otorga al vodevil el componente folclórico de una guerra civil en la España eterna de los sanfermines de Hemingway. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero que surgió para evitar que el nacionalismo provocara más guerras mundiales está en agudo entredicho, de lo que se deduce que al Gobierno se le ha ido de las manos el problema catalán, si es que alguna vez lo tuvo entre manos.

En la acción del Gobierno de España respecto a Cataluña ha primado una claudicación integral ante el catalanismo cuya expresión más denigrante es la regla no escrita que aconseja que el delegado del Gobierno sea catalán y no un señor de Murcia, que los aspirantes a diputado se manejen en el patatero catalán normativo de los comisarios lingüísticos de la Cheneralitá, que los interventores del 155 se manejen con escrupuloso respeto y comedimiento ante las aberrantes prácticas de la Administración separatista y que no se apliquen las sentencias del Tribunal Constitucional. A simple vista, que Puigdemont se esconda en Bruselas da alpiste a quienes sostienen que el partido está ganado. Una mirada menos evidente evidencia que el inconsistente Puigdemont y su inconsistente república son una pulga que ha saltado de la axila de España al ombligo de Europa gracias a la criminal indolencia de llamar suflé a lo que es una fístula.

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