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La violencia en Cataluña

Mentira, todo mentira y nada más que mentiras. Una tras otra, a ráfagas largas y en cadena. Bulo a bulo. Así es como los verdugos se presentan como víctimas.

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Un vehículo de la Guardia Civil, destrozado por separatistas catalanes | LD

Al hilo de la amenaza de violencia extrema en Cataluña que aducen los líderes separatistas para haberse ido de fin de semana tras proclamar la república, conviene recordar que era Carles Puigdemont quien pedía a los ciudadanos que se encarasen con los alcaldes que no cedieran colegios para el referéndum del 1-O. Había que pararlos por la calle, mirarles a los ojos, recordarles quién les pagaba el sueldo y preguntarles si de verdad no iban a dejar votar al pueblo. Decenas de ediles socialistas fueron señalados e insultados, igual que sus familias. En pequeñas y medianas localidades, los separatistas se manifestaban a las puertas de las casas de aquellos desdichados alcaldes. La mayoría no resistió la presión y colaboraron en la celebración del referéndum ilegal.

Una vez consumada la farsa electoral, nada pacíficos energúmenos se plantaban ante las pensiones en las que se alojaban policías nacionales y guardias civiles. Otros alcaldes, los separatistas, dictaban edictos en los que se exigía a los hosteleros que echaran a los agentes. La presión resultó tan eficaz que no pocos propietarios de establecimientos cancelaron los contratos con el Ministerio del Interior. Un diputado de la cuerda nacionalista, Germà Bel, alegó que los hoteles estaban en su derecho de no admitir animales.

Hijos de policías nacionales y guardias civiles fueron acosados en colegios e institutos por sus propios profesores. Apuntados y criminalizados por la brutalidad policial que encarnó la célebre Marta de los dedos rotos, magreada por un policía que se reía, ella que sólo quería votar. Por aquellas no tan lejanas fechas, hace tres o cuatro semanas, los periodistas que cubrían las manifestaciones separatistas eran acosados al grito de "¡Prensa española, manipuladora!". TV3 y demás medios del régimen nacionalista reproducían en bucle las imágenes de las cargas policiales del 1-O. Aún lo hacen. Raro es el telenotícies en el que no cae a cuenta emitir una sucesión de porrazos de aquella jornada para ratificar el cariz totalitario del Estado malayo.

Por aquellos días del mes pasado, agentes de los Mossos se enfrentaban a la Guardia Civil y la Policía Nacional, incumplían los mandatos judiciales y colaboraban directamente con el golpe de Estado. En la última huelga de país, este noviembre, muchos de ellos velaron por la eficacia de los cortes de carreteras y vías férreas. Antes del 1-O, la hemeroteca está plagada de declaraciones desafiantes y poco veladas amenazas del que fuera consejero de Interior, Joaquim Forn, quien dijo que "si había buena voluntad" no habría enfrentamientos entre mossos y policías. Después de esa fecha y hasta la declaración de independencia, el 27 de octubre, menudean las advertencias de Junqueras, Puigdemont, Rovira, Llach y demás sobre la fuerza y voluntad del pueblo alzado en república catalana.

Ahora, enfrentados a la realidad y a ese invocado pueblo catalán, exhiben el ojo de un infortunado ciudadano y unas palabras de Casado y Cospedal para sostener que lo tenían todo previsto, pero que el Gobierno les amenazó con una masacre. Mentira, todo mentira y nada más que mentiras. Una tras otra, a ráfagas largas y en cadena. Bulo a bulo. Así es como los verdugos se presentan como víctimas.

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