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Marta Rovira, un modelo de mujer

Conviene no equivocarse con Rovira y su tono pedagógico, pues en su fondo de armario se acumulan cadáveres políticos tan notorios como Puigercós o Carod-Rovira.

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A Marta Rovira la llaman Madame Procès. Así la bautizaron sus propios compañeros, según se desveló durante la presentación de un libro dedicado a ensalzar las virtudes de la dirigente republicana. Lo de madame lo dicen, al parecer, por su rigor, firmeza, inflexibilidad y determinación. Lo de Procès no es un nombre de guerra, sino el proceso político, la independencia. Y nuestra protagonista se ha ganado el alias a pulso en asambleas, consejos, comités, pasillos, despachos y galeras de la política catalana, en la que su ortodoxia es la medida exacta de lo que es negociable y lo que no. Así que la comisionada nacionalista que pasó por el Congreso no es ni mucho menos una Fresita de Gran Hermano sino una mujer rocosa cuya fidelidad a Oriol Junqueras, dicho sea de paso, es casi tan granítica como su fe en el advenimiento de la República catalana.

A cuenta de su reciente viaje a Madrid, se han aportado algunos detalles biográficos con los que se pretende aureolar a la prometedora diputada: madre conciliadora, joven letrada nacida en el 77, natural de Vic y militante de ERC desde 1995. Lo de madame es cosa de Alfred Bosch, correligionario y portavoz de su partido en Madrid, que lo va contando por ahí. No es un invento de la caverna y como curiosidad valga reseñar que mientras los medios soberanistas acostumbran a cometer el lapsus o errata de llamar Sánchez Chamorro a Sánchez Camacho, a nadie se le ha ocurrido, ni en tertulia ni por escrito, apellidar Rivera o Revilla a Rovira. Con las mujeres del movimiento soberanista, bromas las justas.

El tratamiento que se le dispense a Rovira en ERC es, además, un detalle menor en comparación a otros datos de la biografía de nuestra política, que ejerció la abogacía antes de dedicarse profesionalmente a los escaños y fue profesora (de Derecho) en la Escuela de Policía de Cataluña, la academia de los Mossos, ocupación que tal vez no le convenga exhibir demasiado a tenor de las últimas actuaciones de quienes pudieran haber sido alumnos suyos. Sea como fuere, Marta Rovira es tan o más intocable que Carme Forcadell, la dirigente de la Assemblea Nacional Catalana. Ambas son de ERC y ambas son modelos a seguir. Forcadell encarnaría, según el discurso nacionalista, la voluntad popular, mientras Rovira sería la traducción parlamentaria de la unanimidad separatista.

Lo que no es Rovira es descuidada, razón por la que ensayó con denuedo e incluso sobre el terreno aspectos clave de su intervención, como subir y bajar las escaleras, e inclusó declaró haber utilizado el idioma español en los días previos a la cita en Madrid para familiarizarse con los rigores del parlamentarismo mesetario y adaptarse mejor a asuntos prácticos, como pedir un café o la cuenta. El éxito cosechado no es proporcional al tiempo pasado ante el espejo, pero conviene no equivocarse con Marta Rovira y su tono pedagógico, puesto que en su fondo de armario se acumulan cadáveres políticos tan notorios como Joan Ridao, Joan Puigercós o Josep Lluís Carod-Rovira.

También convendría no confundir a Marta Rovira con el ideal de mujer catalana, por mucho que sus fans estén convencidos de lo contrario y digan que ella sóla o sólo ella representa a toda Cataluña. Eso de los modelos de mujer es una obsesión típicamente nacionalista, la sórdida y rijosa manía identitaria, lo que expresaba tan rotundamente Jordi Pujol padre al elogiar el otro día a las independentistas "chonis"; es decir, "chonis" pero independentistas y "chonis" por no decir "charnegas". En la clasificación pujoliana de las especies femeninas, Rovira sería todo lo contrario: el canon catalán. Otro delirio.

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