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Millet: un 'senyor' frente a un fiscal

Los dueños de Convergencia eran los amos del histórico chiringuito de las elites catalanistas, la zona cero del tres, el cuatro o el Mas por ciento.

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Fèlix Millet | EFE

Que Fèlix Millet es un senyor de Barcelona se nota en su manera de pedir perdón y de contestar a las preguntas obvias. Seguramente considera que tiene demasiados años como para andarse con puñetas y no le falta razón. Cada vez que la presidenta de la sala le solicitaba que hablara más alto, el acusado decía "perdón, perdón" con un punto pícaro y se acercaba un poco más al micro para insistir en que Convergencia se financiaba a costa de las adjudicaciones públicas, cosa que afirmó con el conocimiento de causa de quien ejercía de intermediario entre los paganos y los pagados a cambio de un módico 1% para él y un 0,5% para su apoderado, contable, mano derecha y brazo ejecutor, Jordi Montull, sobre un monto total del 4% del coste de las obras adjudicadas.

El edificio del Palau de la Música Catalana, obra de Lluís Domènech i Montaner, era la fachada del enjuague, un estupendo camuflaje benéfico cultural para poner el cazo y esconder la mano, el escenario del canto y el cante, un Liceu del siglo XXI, menos elitista pero de una rentabilidad incomparable. Don Fèlix, de la catalanista estirpe de los fundadores del Orfeó Català y Òmnium Cultural, estaba en tantos consejos de administración, fundaciones, círculos y clubes, Barça incluido, que recibía un trato más honorable que el del molt. Está claro que pedía dinero, pero de tan persuasiva manera que antes de abrir la boca ya le habían metido un sobre en el bolsillo de esta, aquella o la otra empresa. Todo por las bellas artes y el mantenimiento de los ladrillos del Palau de la Música, sublimación en miniatura de la denostada y destrozada Sagrada Familia gaudiniana, a cambio de una plica insuperable.

Un día en la vida de Millet era un no parar de visitas de grandes empresarios, exóticos cónsules, dirigentes políticos y millonarios encantados de la vida que creían formar parte de la gran familia catalana cuando en realidad no eran sino mecenas de unas pocas familias y su partido. Engañó a crédulos y canallas hasta que se le fue la mano con los billetes de quinientos euros, las bodas de sus hijas y otros gastos que se consideran suntuarios pero que son imprescindibles para vivir a la altura de las circunstancias de un Millet, linaje fino filipino del catalanismo.

"Todo el mundo le decía que sí", declaró Gemma Montull, la hija del lugarteniente, cuya perplejidad ante el abrupto cambio de circunstancias no ha mutado con el paso de los años desde el primer registro policial en el Palau (el fiscal le recordó cómo se metió en el refajo un lápiz de memoria durante el asalto) hasta ayer, cuando el fiscal la puso en situación y antecedentes. Compungida y lacrimosa, lo soltó casi todo y manifestó que nadie tenía un no para Millet, que se reunía con presidentes de Gobierno, de Govern y de megaconsejos de administración, directores de medios, alcaldes, concejales, buscavidas y patums de la cultureta como quien despacha unas alubias con salchichas de cerdo para atemperar la gusa de media mañana.

Confeso y con todo, apestado entre sus pares, encerrado en su finca desde que se desveló para el común a qué se dedicaba avejentado y en silla de ruedas, Millet no ha perdido ni el norte ni el porte. Le preguntó el fiscal si había creado una empresa para pagar menos impuestos por sus múltiples fuentes de ingresos y respondió impasible: "Pues claro, me lo recomendó mi abogado". Fue una pena que Sánchez Ulled prefiriera actuar como un inquisidor en vez de como el paciente interrogador que seduce al confite y tira del hilo. Hizo de poli malo cuando tocaba lo contrario. Millet estaba dispuesto a hablar, pero no a soportar a cambio la moralina y los comentarios sentenciosos del fiscal tras cada una de sus respuestas. Al Ministerio Público le valía, parece ser, con que una subordinada de Millet reconociera su huella en la papelería probatoria, lo que seguramente contribuirá a componer el relleno de la acusación, pero ha sido actitud contraria al esclarecimiento y cabal comprensión del escándalo que estaba dispuesto a montar Millet. Una lástima que no empaña la carga del principal enunciado de quien estaba en el ajo: "Ferrovial hacía donativos a Convergencia a cambio de obra pública". Y en vez de soltar un "¿tiene algo más que añadir?" para favorecer la fluidez de la conversación, el fiscal que hace un par de semanas arrinconó a Mas en el TSJC prefirió cercenar de cuajo la mañana sandunguera y parlanchina del tipo que se reía de los políticos para dar pábulo a la cháchara pactada con la defensa de la hija del valido sobre la autenticidad de los papeles donde constaba, consta y constara que los dueños de Convergencia eran los amos del histórico chiringuito de las elites catalanistas, la zona cero del tres, el cuatro o el Mas por ciento.

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