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Trapero, en "Harry el sucio"

No se cuestiona la actuación de los agentes que miraron a los ojos a los asesinos, sino el aprovechamiento propagandístico de la muerte, la impúdica publicidad.

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EFE

El major de los Mossos, Josep Lluís Trapero, se ha convertido en el policía más famoso del momento. En Cataluña se le dispensa tratamiento de superhéroe. Proponen imprimir camisetas con su retrato en blanco y negro y la frase "Bueno, pues molt bé, pues adiós", que es como replicó a un periodista holandés que se largó de una rueda de prensa mosqueado porque la información urgente se ofrecía primero en catalán, luego en catalán y después en español, inglés y francés.

El colega no está al caso de las particularidades lingüísticas de Cataluña, que relegan el castellano (usar el término español para referirse al idioma se considera un caso de libro de discurso del odio fascista) a la parte final de las ruedas de prensa, cuando ya se ha acabado el turno de preguntas. A partir de ese momento, el portavoz de turno, sea de la Generalidad, municipal, partidista o sindical y de los vigilantes del aeropuerto en huelga, resume el contenido de su intervención en español y accede a repetir alguna respuesta en la misma lengua si se le pide expresamente, todo ello a fin de salir sin subtítulos en las televisiones españolas.

De manera excepcional, ante la significativa presencia de enviados especiales del resto de España y medio mundo, con los atentados de Barcelona y Cambrils se ha relajado la norma y en los turnos de preguntas se permiten intervenciones en español, inglés y francés que se responden en los idiomas en cuestión, bien por los propios interpelados o con la asistencia de intérpretes. Trapero, por ejemplo, habla igual de bien el catalán y el español, y la prueba está en la frase "Bueno, pues molt bé, pues adiós", que causa furor en las fosas sociales del ámbito comunicativo catalán porque resulta ideal para estampar samarretes contra las resoluciones del Tribunal Constitucional y a favor del "Adéu Espanya, hasta luegu vampiru".

Trapero es trending topic, la admiración de todos los expertos catalanistas en comunicación corporativa. Qué estilo, qué gracia y qué arte. Naturalidad absoluta y predisposición total. El hombre ojeroso de voz cascada (hace dos años que no fuma, apuntan sus biógrafos) y con evidentes signos de fatiga desconfía de los periodistas y mide al milímetro sus respuestas. No se admira en el espejo, no se gusta, no se recrea ni carga la suerte. Simplemente, game over Abouyaaqoub, Younes a las tres abatido, alégrame el día, morito. Alá es grande, pero en el plomo está la respuesta.

En la comparecencia en el Palacio de la Generalidad en la que el presidente de la misma, el consejero de Interior y Trapero informaron del abatimiento del que sospechan conductor asesino de las Ramblas, el major lucía la pistola reglamentaria del cuerpo en el cinto, una Walther P99. Dada la magnífica excelencia en la gestión comunicativa, es de suponer que no se trató de un descuido debido al ingente esfuerzo operativo sino de una señal en frecuencia modulada. ¿Descuido? ¿Premura? ¿Urgencia informativa en la misión de tranquilizar a la población? Raro en esa sublimación de instintos, reflejos e intuiciones que encarna el jefe de los Mozos según el retrato periodístico predominante.

Tranquilidad. Nadie ha dicho que Trapero sea el Che Guevara ni que los Mossos no sean la quintaesencia del Mosad. Los agentes que dispararon contra Abouyaaqoub merecen el reconocimiento y agradecimiento de la sociedad. Como dice el propio Trapero, es muy fácil hablar a toro pasado, pero cualquiera que intente ponerse en la piel de los agentes que tirotearon a Younes se dará cuenta de que en el escenario no había analistas de inteligencia al otro lado de la línea, ni helicópteros de apoyo a la vista, ni fuerzas de élite en lontananza con francotiradores capaces de liquidar cualquier insecto a dos kilómetros de distancia, sino un par de policías, un grupo de vecinos aterrados y el evidente riesgo de víctimas mortales si el sospechoso se saltaba el alto.

No se cuestiona la actuación de los agentes que miraron a los ojos a los asesinos, sino el aprovechamiento propagandístico de la muerte, la impúdica publicidad, la indecente utilización del major Trapero para hinchar el músculo del Estado catalán ante el asombroso absentismo del Estado español, incapaz de emitir más señal de existencia que una reunión de la vicepresidenta y una ministra pubilla del terroir en el que murió Abouyaaqoub con alcaldes de la zona no del todo hostiles al Gobierno de España.

Para quitarse el sombrero el operativo policial de los Mozos. Mal menor la política de gatillo fácil ante los explosivossoldados del califato, que han topado con un Estado emergente tan virginal que no necesita preguntarse si el muerto Abouyaaqoub es un mártir o un imbécil que no hizo caso a los asistentes sociales.

Los Mozos de la Generalidad se han hecho acreedores del reconocimiento ciudadano y controlan el terroritorio. Es de buen tono glosar el origen vallisoletano de Trapero, su abnegación, dedicación, entrega y esfuerzo. Él no tiene la culpa de que en el Camp Nou le sentaran entre su jefe Forn y un investigado del tres por ciento, el vicepresidente del Barça Vilarrubí, gran empresario exchófer de Pujol. Que se sepa, los mandos políticos de la policía catalana dicen luchar a brazo partido contra el islamismo y la corrupción. Tal vez por eso al major se le viera tocando el ukelele en una fiesta de Rahola y Puigdemont el año pasado en Cadaqués. Ya se sabe, el descanso del guerrero.

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