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Andalucía 4D: 4 desastres y un funeral pendiente

Durante más años que los que Franco estuvo dictando en España, la hegemonía política y cultural de la izquierda en Andalucía ha sido apisonador.

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Cuarenta años después de aquel 4 de diciembre que levantó a los andaluces contra la persistencia de un agravio económico y social histórico, ha habido consecuencias. Durante más años que los que Franco estuvo dictando en España, la hegemonía política y cultural de la izquierda en Andalucía ha sido apisonador.

Aquel entusiasmo popular fue aprovechado por un PSOE marrullero para arrebatar la bandera del andalucismo a los herederos de Blas Infante, con distinciones y prebendas a su familia viva, y succionar las energías de la izquierda comunista mediante el dominio de las instituciones.

De ahí se llegó a un 28 de febrero de 1980 con el famoso referéndum por una autonomía andaluza equiparable a la vasca, la catalana y la gallega y luego, a las elecciones de 1982, con una mayoría absolutísima para el PSOE. Lo mejor de aquel proceso fue que se comprendió que los tiempos exigían un café para todos diferente a los privilegios conferidos por la II República a los dos nacionalismos atávicos y a Galicia, aunque nadie quiso evitar el cupo-pufo vasco. Desde la muerte de Franco, habían sido asesinadas 30 personas por ETA.

Desde que comenzó el supergobierno socialista en Andalucía, pueden advertirse cuatro desastres y un funeral pendiente.

El primer desastre es el sufrido por una sociedad andaluza que, tras dos generaciones, casi tres sigue ocupando los últimos lugares de España en los indicadores de bienestar y desarrollo, desde el PIB a la sanidad. Habiendo dispuesto de un dinero específico para el desarrollo regional como nunca y gestionado como nunca desde las instituciones del gobierno andaluz, el "andaluces, levantaos" de la manifestación del 4D no llegó a la economía andaluza. Como no ha habido más gobiernos que los monopolizados o dirigidos predominantemente por el PSOE, este desastre es de exclusiva responsabilidad.

El segundo desastre es al experimentado por la sociedad civil andaluza, anulada y taponada por la erección de un régimen clientelar espeso que ha tejido una poderosa tela de araña. Uno de cada cinco euros circulantes está detentado por la Junta de Andalucía que ha llenado de afines las administraciones públicas y las empresas dependientes de la Junta. La situación ha conducido a unos niveles de corrupción intensos que han afectado a todas las fuerzas que fueron atenazadas por los tentáculos del PSOE, de su Junta y de su Canal Sur. Esto igualmente es responsabilidad del PSOE, aunque no exclusiva porque en la enfermedad han participado sindicatos, empresarios y algunos partidos como el andalucista, ya desaparecido, y los restos del PCE estructurado en torno a IU.

El tercer desastre es el de la oposición. Si bien Izquierda Unida fue una oposición ejemplar en algún momento, la oposición en Andalucía fue y es, esencialmente, el centro derecha. Alianza Popular nunca pudo ejercer y el PP de Aznar fue emergiendo como fuerza política esperanzadora para conseguir algo tan normal -salvo en Andalucía -, como es la alternancia democrática, que se ha dado incluso en País Vasco y Cataluña. Lamentablemente, salvo la etapa Arenas que terminó con la gran deserción de 2012, el PP se muestra intelectual y moralmente incapaz de articular una oposición consistente capaz de gobernar Andalucía.

El surgimiento, por el centro político, de Ciudadanos hace unos años, suscitó expectación y horizontes de cambio pero la necesidad de Albert Rivera de mantener equilibrios derecha-izquierda en el conjunto de España volvió a sacrificar a una Andalucía en la que el PSOE encontraba al cómplice perfecto para mantenerse en el poder y, seguramente, para gobernar a nivel nacional cuando llegue el caso.

Existe, eso sí, una oposición social creciente, desde la sanidad a los funcionarios, desde sectores de la enseñanza a periodistas e intelectuales, pero a menos que surja, y es muy difícil, un nuevo partido que trence los esfuerzos y fije los objetivos para el cambio, la situación no tiene salida.

El cuarto desastre es la deriva de la izquierda radical hacia el "soberanismo" que es la antesala verbal del "independentismo" andaluz que ni siquiera el PSA de Rojas Marcos se atrevió a reclamar. En nombre de Blas Infante puede decirse cualquier cosa, desde que Andalucía llega hasta el Algarve portugués, Murcia y el RIF, hasta Andalucía es por sí, por España y la Humanidad. Pero Teresa Rodríguez y sus huestes, junto con el agrarismo irredento de Sánchez Gordillo y Cañamero, facilitan -unos por deseos de gestionar su hacienda sin Pablo Iglesias y otros por convicciones arracionales -, el surgimiento de un movimiento nacionalista en una región que, sociológicamente, se siente claramente española.

Por último, tenemos un funeral pendiente por aquel muchacho de 18 años que fue tiroteado, sin que se conozca con certeza ni por quién ni por qué, en la manifestación del 4 de diciembre en Málaga. Manuel García Caparrós, un sindicalista adolescente, sigue esperando un funeral compartido por todos. Cuarenta años después, tiempo es ya de levantar todos los secretos de todos los sumarios y comisiones parlamentarias para que pueda, y podamos, descansar en paz.

Ahora, que en España se pretende reforzar el autonomismo asimétrico inaugurado por los nacionalistas vascos con el añadido de un cuponazo catalán, encubierto o no, los andaluces, con el resto de los españoles de la mano, deberíamos levantarnos de nuevo para impedir tal vergüenza. Pero ahí andan, callados y en despachos, a derecha e izquierda, muchos de los que entonces parecían tener claro que en una democracia cabal nadie es más que nadie.

 

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