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Andalucía

El griñanismo, enfermedad terminal del zapaterismo andaluz

La sublevación de Almería, que sucede a la de Cádiz y ya veremos qué otras, es el síntoma decisivo del griñanismo, la enfermedad terminal del zapaterismo andaluz. José Antonio Griñán, si continúa en el cargo que ya lo veremos, será el protagonista de la primera derrota política del socialismo andaluz en la tierra inventora del régimen social-despótico erigido por Manuel Chaves desde 1990. ¿Por qué zapaterismo? Porque Griñán siempre ha sido el hombre aceptado por Zapatero para rellenar el hueco dejado por el felipismo prisaico (Chaves es felipismo y Prisa) como escalón para ascender en el control del socialismo andaluz. Griñán, fíjense, llegó incluso a fintar a favor de Carme Chacón, pero ahora ve cómo la clava Rubalcaba. No es que Griñán no sea del viejo aparato, que lo es. Es que ha querido ser distinto.

En eso ha mostrado su soberbia, una de las claves de su situación. Manuel Chaves, no muy brillante pero sí humilde, conocía sus limitaciones y las aceptaba con naturalidad. Él era un hombre de Felipe y ha sido leal siempre. Desde 1990 pudo construir un régimen tejiendo la tía de araña con parsimonia y paciencia ayudado por Gaspar Zarrías y Luis Pizarro. Andalucía seguía postergada, subdesarrollada y condenada al desempleo y la divergencia, pero el arrinconamiento de la oposición, a derecha e izquierda, le permitía ganar sin hacer gran cosa. Incluso nada de nada.

Pero llegó José Antonio, Griñán Martínez por más señas, y pretendió dejar su impronta en la historia de Andalucía y de España. Finalmente, lo va a conseguir, pero no como imaginaba. Defenestró a Pizarro y a Zarrías, empezó a desbaratar el artificio de equilibrios del PSOE andaluz, provocó una revuelta de funcionarios como jamás se ha visto, se rodeó de incapaces sin trayectoria ni experiencia salvo en el improperio y el insulto y para los andaluces, simboliza la crisis, el paro, el despilfarro y, ahora, el desmadre político interno. Como decimos en el Sur peazo de cacho de troso de político.

Por si fuera poco, no sigue aquella obra de misericordia que subrayaba Borges consistente en pedir perdón a los hijos por morir tan despacio. Signado por la enfermedad terminal del zapaterismo, que también ha infectado a Rubalcaba, otro sobrao de la política, Griñán va a morir (políticamente) despacio, y con él todo el puñado de indignantes que hoy forman la oligarquía socialista andaluza, a menos que salga un Bruto (o Bruta) y acabe con la escena.