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Greenpeace

La mentira, un arma de destrucción masiva

Mentiría si dijera que me sorprenden las mentiras que invaden nuestro mundo como un veneno letal para la democracia y la decencia pública. La mentira, como una de las plagas de Egipto, se extiende como aquel humo maligno de Cecil B. de Mille sobre todos los hogares del planeta. Pero, como vivimos en España, ciñámonos a lo que conocemos más y mejor. Desde luego, no podemos olvidarnos de aquella gigantesca mentira aplaudida como "gol" por todo el mundo y que no fue más que "la mano" clamorosa de Maradona en un Mundial cuya fecha no quiero recordar y no recuerdo.

Decía Ortega que la política es el imperio de la mentira. Ya, pero no es un imperio exclusivo de la política. En el deporte se ha impuesto la mentira. En Eurovisión se ha impuesto la mentira y cuando algunos, pobres, la han dicho, ha caído sobre ellos el hacha del nacionalismo barato, presente hasta en las partituras. En la pintura, la mentira existe desde hace siglos, pero ver cómo proliferan lo que en vez de arte no son más que baratijas de jóvenes arribistas, da miedo. En las escuelas, gracias a internet, aparecen nuevos intelectuales amamantados en Wikipedia o en otras ubres supletorias del esfuerzo, la comprensión intelectual y la honestidad. Los periodistas se copian unos a otros como si fuera un mandato bienaventurado del sermón de un profeta sin citar fuentes ni procedencia alguna. Ni de los autores literarios con negros ni de los periodistas que encargan conferencias a otros periodistas y luego ni les pagan. Que los hay. Doy fe.


Es humano mentir. Tal vez sea lo más humano. Que yo sepa ningún animal es capaz de decir mentiras, de actuar falsamente con el propósito de engañar a alguien. Sólo podemos hacerlo quienes por encima del instinto calculamos las consecuencias de los actos, de los propios y de los ajenos. Si un toro fuera capaz de mentir, no habría torero vivo sobre la tierra porque el engaño pasaría a manos del bruto. La muleta escondería la intención asesina del morlaco que embestiría aparentemente al trapo, mintiendo al diestro, al que clavaría sus puñales en el momento preciso.

Dado que hemos pasado de tener diez mandamientos, más o menos aceptados por casi todos, a no tener ninguno en común y seguramente ni uno tampoco en privado, lo de la mentira es ya una nimia tontería. Más serio será el crimen que vendrá. Pero aún así, cuando es clamorosa, exultante, brutal y evidente la mentira aún escandaliza la delicada ingenuidad que nos queda. A algunos, claro, que a otros les da igual ocho que ochenta y son capaces de mentir mirándote a los ojos con una sinceridad que asusta.

No me refiero ahora a la mentirijilla de Chaves, qué arte, que nos quiere hacer creer que no sabía donde trabajaba su hija por lo que no podía saber que estaba en Minas de Aguas Teñidas, SAU y por lo tanto no sabía que subvencionaba a la empresa de su hija. Más que patética, esta trola es incluso tierna. Tampoco me voy a referir a esa sarta de falsedades que día tras días nos inyecta Zapatero en vena como un antídoto urgente contra la ciudadanía que dice defender.

Me quiero referir a una mentira gorda, a un cuento chino, a una patraña gigantesca que afecta especialmente a mis paisanos andaluces, los más sensibles de España a las agresiones supuestas al medio ambiente. Me refiero a la engañifa asquerosa de Greenpeace sobre el deshielo del Ártico. Y es que llega el mandamás ejecutivo de la ONG que recibe más dinero del mundo, no sabemos si como donativo o como impuesto para dejar en paz a sus contribuyentes, Gerd Leipold, y nos espeta en la misma cara que "no cree" que el hielo del Ártico esté completamente derretido en el año 2030 y que se ha debido producir "algún error".

Pero, por los clavos de Cristo, ¿qué es esto? ¿Es que puede acojonarse a medio planeta con los efectos de una ola derivada de tal deshielo y luego resultar que es mentira? ¿Y cuántas mentiras más habremos de soportar de estos vivales? ¿Recuerdan a anteriores dirigentes de Greenpeace, Bjorn Lomborg por ejemplo, renunciando a sus creencias por ser falsas, impropias y mendaces? ¿Estará ocurriendo lo mismo con la energía nuclear, con el calentamiento global, con los transgénicos?

La democracia es imposible sin la verdad, sin la veracidad que respeta profundamente el carácter sagrado de la libertad de los ciudadanos y que, para que decidan seriamente, le proporcionan la verdad, informaciones veraces y ciertas. Lo demás es dictadura. La mentira es dictadura. Pero nadie dimite cuando miente. A nadie se le retiran los fondos públicos cuando se conoce y se reconoce que ha mentido. A ningún mentiroso se le castiga por su felonía. Va haciendo falta una Fundación o algo así para defensa de la verdad que invierta el sentido de la larga y estupenda marcha de la mentira en el mundo y en España, proscriba públicamente a los mentirosos donde se encuentren y allane el camino para la recuperación del prestigio de la verdad.

¿Que es imposible? Pues no veo por qué. La mentira, como dice una pancarta, también es un arma de destrucción masiva. En efecto, la peor.

 
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