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La Navidad como tradición

Hay quien dice que bienaventurados los difuntos porque ellos se libran de la tortura de las Navidades familiares. Hay quien jura haber visto el movimiento malévolo de los ojos de un antepasado muerto en una foto familiar que presidía una de estas tragantonazas. Y ciertamente, desde algún punto de vista, el ataque inmisericorde de los polvorones, de esos pavos mártires del reino de los cielos de las bocas, de los belenes vivientes o pintados, de las llamadas, los mensajes o correos electrónicos –ya las postales han pasado a la historia–-, de las luces, los comercios, las seducciones de perfumistas y demás algazaras navideñas pueden considerarse bajo el punto de vista de una tortura periódica.

Pero, como en todo, pueden contemplarse otras perspectivas. Hay quien habla de los liberal-conservadores y uno a veces se queda como pasmado en este barullo de los conceptos. Por ejemplo, se les define como partidarios de combinar criterios liberales en cuestiones económicas con medidas conservadoras en el plano social. Se añade que suelen defender un gobierno limitado o incluso un Estado del Bienestar modesto. Y ya, para rizar el rizo, los motejan de admiradores de las revoluciones económico-sociales-culturales de Thatcher y Reagan. Otros creen que dentro del conservadurismo, los liberales se abren en mayor medida al respeto por los valores y protegen los valores tradicionales huyendo de cambios radicales primando el cambio moderado y la estabilidad sobre la radicalidad y la incertidumbre.

Y con un copazo de anís seco "Arenas" –no, no es cachondeo, que hay una marca de anís que se llama así–, de 50 grados concebido para saludar los amaneceres de la sierra de Aracena, uno reflexiona sobre la Navidad. ¿Qué partido, qué sindicato, qué organización sería hoy capaz de promover la movilización de decenas de millones de personas que, como impulsados por una consigna disciplinaria, se lanzan a la celebración de la Navidad? Nadie, ni siquiera ya la Iglesia, que es la que más responsabilidad tiene en el evento. Hoy es la fuerza telúrica de la tradición la que tiene la fuerza suficiente para organizar esta gran manifestación de dos valores: la familia y la paz.

Recuerdo haber leído a Menéndez Pidal, en un prólogo de la monumental Historia de España, la de antes, la auténtica, que las izquierdas en España habían cometido el garrafal error de dejar a las derechas la fuerza de la tradición. Con mayor precisión y tras buscar ese texto, lo que decía don Ramón era que a pesar de la influencia de Joaquín Costa, Unamuno, Giner o Ganivet, las izquierdas se mostraron muy poco inclinadas a estudiar y a afirmar en las tradiciones históricas españolas aspectos coincidentes con la propia ideología, con lo cual abandonaban íntegramente la fuerza de la tradición en las manos de las derechas, únicas beneficiarios de su sólido apoyo.

La Navidad, dejando de lado la estupidez del solsticio de invierno que ha querido reinventar algún comunista andaluz al que le faltan varias tuercas en el coco, es una gigantesca energía vital que cosecha la siembra de siglos de los valores de la familia y de la paz, valores, que, claro está, estuvieron defendidos por las Iglesias cristianas desde el comienzo pero que en bien poco chocaban hasta hace poco con los valores prácticos tradicionales del comunismo, el socialismo e incluso del anarquismo. Véase cómo era de conservadora e incluso tiránica la familia soviética para confirmarlo, a pesar de Engels. Igualmente, los íntegros anarquistas españoles la consideraban un pilar básico de la convivencia.

Sobre la paz, al menos de boquilla, todos podrían coincidir en que se desee paz a los hombres, pero ciertamente el cristianismo añadió el inteligente latiguillo "de buena voluntad", lo único bueno realmente que podía haber en el mundo según Kant. De este modo, la aparentemente sencilla frase "paz a los hombres de buena voluntad" tiene una reflexión larga como una digestión de turrón de almendras.

Pero estas izquierdas absurdas que hoy pretenden imponer credos y jaculatorias laicas sin sustancia racional a todos los habitantes de un país por el mero hecho de haber ganado unas elecciones determinadas con una exigua minoría de votos válidos sólo por cuatro años, siguen en sus trece, dejando a las derechas el capital inmenso de la fuerza de la tradición. Fíjense qué Navidades han dado los prendas de esta circo-izquierda que nos domina: aborto por las bravas, contra el criterio incluso de muchos socialistas, prohibición del tabaco en restaurantes donde muchos se reúnen para celebrar estas fiestas y ataques a la familia básica y mayoritaria sin cesar desde 2004. Incluso se han llegado a plantear prohibir los belenes, acuérdense.

"Es que de no hacerse tales intentos nunca cambiarían las tradiciones y no habría cambio social", nos dicen desde sus catacumbas intelectuales. Pero, señores, sólo hay cambios, incluso científicos, cuando lo nuevo integra a lo anterior sin destruirlo. Sólo triunfan las reformas que asumen la lentitud como el ingrediente esencial del cambio. O como decía el otro, una revolución es el cambio de estructuras, mentalidades y valores por el camino más corto, que casi nunca es el más rápido. Véase el tránsito de la ciencia experimental desde el siglo XII al siglo XVIII, no sólo Copérnico y Galileo. Véase el paso del antiguo régimen a las sociedades industriales. Y piénsese en la URSS para comprender que el cambio rápido, brusco y por la fuerza casi nunca es estable.

Así que Viva la Navidad, bandera de los conservadores liberales, a pesar de los pesares que produce. Con la copa de "Arenas" en la mano, uno es capaz de sentir ese estruendo sordo, humano y común que sale de las memorias de las familias de Occidente, puerta secreta de la tradición, y se convierte otra vez en acto vivo y concreto, en historia, en acción sin que nadie lo ordene.

 
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