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Los españoles no somos demócratas

España no es una democracia. Es formalmente una monarquía constitucional con bases jurídico-políticas democráticas, pero los valores y comportamientos democráticos están muy lejos de predominar en nuestra sociedad. Más de 30 años después de la aprobación de la Constitución con más sentido común, a pesar de sus defectos, que ha tenido este país, avanzo la hipótesis de que los españoles no somos demócratas. Es más, más bien somos amantes latentes del pensamiento y el poder autoritarios aunque hoy, por miedo a parecer lo que se es, tales sentimientos y pensamientos queden ocultos. La urgencia de comprender lo que nos pasa es vital como letal es ignorar qué es lo que nos pasa si queremos encaminarnos de una vez hacia la democracia. No ordeno. Escribo a borbotones. No jerarquizo, pero expongo algunos elementos:

  1. La preferencia por la mentira pública, y es de suponer que privada, es manifiesta. Desde el deporte al Parlamento, desde la vida familiar a la vida empresarial, la mentira le ha ganado la partida a la verdad. El futbolista que se tira engañosamente al suelo es aplaudido por quienes deberían pedir la repetición de la jugada para sancionar la trola. Los tongos, los fraudes, las calumnias (recuerdo a José Alcaraz), son tremendas. Pero en una democracia, la verdad, tanto científica estadística como política, es fundamental para que el voto ciudadano sea racional. De no ser racional, podríamos acabar votando a Gundisalvo a Ciccciolina. De hecho ya lo estamos haciendo.
  2. El desprecio absoluto por la presunción de inocencia de los demás ciudadanos y la afición al dedo conminatorio y acusador es digna de estudio entre los españoles. Entre algún indicio, incluso secundario, acerca del comportamiento de una persona y el exabrupto condenatorio, no transcurren ni siquiera unos segundos. Tenemos una visión pesimista de la naturaleza humana. Si alguien parece malo, es que lo es y mucho más malo de lo que parece.
  3. Preferencia por el enchufismo y la suerte antes que por al normal desarrollo del trabajo profesional, competente y honrado. Seguramente los partidos tienen mucho que ver con esto, pero el sentimiento de que "los míos" tienen que protegerme en sentido mafioso y cavernario, tiene preferencia por el respeto a las opciones de los demás a ocupar los puestos según mérito y capacidad.
  4. Nuestra indiferencia ante las reglas, eje básico del funcionamiento de la democracia, reglas iguales para todos, leyes iguales para todos y oportunidades iguales para todos, lleva a muchos a aplaudir a quien se cuela en el autobús sin pagar, en la cola del cine o en una zona de rebajas. El que quebranta las reglas es el "listo" y el "valiente". A los demás, lejos de sentirse heridos y mancillados por tales comportamientos, parece darles envidia la caradura o el valor de estos desalmados del comportamiento civil honesto.
  5. La irresponsabilidad es la natural consecuencia de quienes no creen en la cosa civil democrática. Aquí no dimite nadie porque nadie se cree en el deber de dar explicaciones, de aportar razones de conductas dudosas, de enseñar las cuentas cuando son confusas o de dar la cara cuando algo se ha hecho mal. Es sencillo. Se pierden unos milloncejos en Caja Castilla la Mancha, unas subvenciones en Andalucía, tal otras cosas en Valencia, pero nadie se sienta ante unos micrófonos y explica en profundidad qué ha pasado y desde luego, nada de enumerar los altos cargos que van a dimitir.
  6. La denigración moral del adversario nos retrotrae a los ingratos rincones del alma personal y colectiva. El que tiene una idea diferente de nosotros no sólo no debe tener jamás la oportunidad de demostrar que tal idea es mejor en la práctica que las nuestras sino que es constitutivamente un malvado. El adversario es el malo, ergo los nuestros son los buenos, maniqueísmo incompatible con la pluralidad necesaria en una democracia y el necesario sometimiento al veredicto de las urnas y de los hechos. Por eso, Jiménez Losantos es señalado como fascista aunque esté claro que su doctrina es liberal.
  7. En realidad, mucho de lo ya dicho se resume en la falta de respeto a la persona, al individuo social que somos. Nadie nace solo como Gila sino que nace de otra persona. Pero la democracia exige personas libres y críticas, libertad y crítica que no se soportan en nuestra España de hoy. Dentro de los partidos o sindicatos, por poner un ejemplo, las personas críticas y libres no tienen ningún futuro. Es más, cuanto más libres y más críticas, menos futuro. Un caso como el de Eddington, inglés, defendiendo la derrota de Newton ante la teoría de Einstein, en plena guerra europea, es impensable en España, salvo excepciones excepcionales. Lo crítico, lo libre es visto entre nosotros, partidos, organizaciones e incluso dentro de la familia, los colegios, las iglesias, como algo enfermizo y morboso, signo de extermino. Ayer mismo fui a una boda del hijo de nuestro amigo Curro en la que el cura, por haber sostenido una discusión con la pareja aspirante acerca de su desprecio, el del cura, por los inmigrantes, les fijó la hora de la ceremonia a las 16.45 de la tarde –cuatro horas antes del convite– y por si fuera poco, se "olvidó" abrir la iglesia a la hora fijada teniendo la novia que irse a dar una vuelta por Sevilla ante la situación. El derecho de las personas, sean quienes sean, piensen como piensen, no importa.
  8. Finalmente, nuestro amor por la invención, por la ciencia, por la empresa, por el riesgo que conlleva pero a la vez por las satisfacciones que da es nulo. Aquí se quiere trabajar como un funcionario de ocho a tres, con un empleo seguro aunque mal pagado, en la creencia de que desde las tres de la tarde hasta por la noche podemos ser dueños de lo que nos queda de vida. El hedonismo barato ha hecho presa en nosotros, especialmente en nuestros jóvenes, de modo que todo afán, toda búsqueda de la excelencia, de la grandeza y del gran servicio a la familia, a la sociedad y al país ya no tiene sentido. Buenos magacines de TV con la cochambre espiritual del día, buenos sofás y buenas copas. Lo demás, es absurdo.

Tal vez sea mejor así. Pero esto no tiene pinta de contribuir al desarrollo de la democracia. Los demócratas son una minoría en España. Los aprendices de dictadores, los soberbios autoritarios y los dogmáticos de todas las gamas, desde la religión al gusto musical, tienen en España un extraordinario laboratorio donde probar sus nuevas pócimas. Qué suerte.

 
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