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Guerracivilismo

¡Qué monstruos produce la política!

Cada vez está más claro para muchos que la República fue cualquier cosa menos un régimen democrático y que la ausencia de demócratas y liberales convencidos en uno y otro lado del espectro ideológico condujo poco a poco a la Guerra Civil. Aquella política, no sólo la razón, produjo monstruos.

La frase es de Francisco Largo Caballero que, en su libro Mis recuerdos publicado por Ediciones Unidas S.A. en México D.F., 1954 (segunda edición en 1976) y la aplica naturalmente a todos sus adversarios, de derechas e izquierdas (por ejemplo, Indalecio Prieto a quien llega a acusar de chivato policial y Julián Besteiro, que siempre le pareció un lerrouxista y un blando).

Pero cuando uno vuelve a leer con detenimiento sus escritos que guardan relación con los acontecimientos de octubre de 1934, comprende la ceguera ideológica, el sectarismo emocional y cultural de quien era capaz de hablar de una república democrática mientras organizaba, en su calidad de presidente del PSOE y secretario general de la UGT, un movimiento revolucionario armado, es decir, un golpe de estado contra la II República, por la única razón de que eran las derechas las que habían vencido en las elecciones de1933.

La Comisión envió instrucciones escritas y muy detalladas de cómo habían de hacerse los trabajos de preparación del movimiento revolucionario y la conducta a seguir después de la lucha. Se organizó también con minuciosidad el aparato para comunicar la orden de comenzar el movimiento. Orden que por medio de telegramas convenidos y redactados previamente habían de ser transmitidos en un mismo día a todas las Comisiones y corresponsales. Cada telegrama tenía una redacción diferente; unas veces de carácter familiar como, por ejemplo: "Mamá operada sin novedad"; otros de carácter comercial: "Precio aceptado", etc. Todos los telegramas fueron expedidos el mismo día en que se acordó dar la orden de movilización, siendo depositados por distintos compañeros en las diferentes Estafetas postales de la capital.

Lo que prueba el acierto y la meticulosidad con que trabajó la secretaría de la Comisión es que ninguna circular, carta, ni telegrama, que entre todos sumaban muchos centenares, cayó en manos de la policía, y en ningún momento, ni antes ni después del movimiento, conoció ésta los detalles de la organización ni la forma en que se transmitió la orden rapidísimamente a todas las provincias de España.

Aunque en las discusiones habían intervenido muchos afiliados, nada de lo tratado se exteriorizó. Ni los acuerdos de las Ejecutivas, ni los trabajos de la Comisión especial.

El descubrimiento de depósitos de armas se consideró por todos como hechos aislados sin conexión entre sí. Lo que predominaba en el ánimo de las gentes, era que si Gil Robles entraba en el Gobierno, la clase trabajadora formularía una enérgica protesta.

Esto último lo conocía el presidente de la República por conducto del jefe de prensa de la Presidencia, Emilio Herrero. Esperábamos con ansiedad la salida de los periódicos para conocer la información política. El dos o tres de octubre apareció el fatídico decreto nombrando a don José María Gil Robles ministro de la Guerra. La suerte estaba echada. Había que jugar la partida.

Se reunieron las dos Ejecutivas y a continuación del cambio de impresiones se llegó a la conclusión de que había llegado el momento de actuar. Se acordó declarar la huelga general en toda España.

La Comisión especial dio orden de que se remitieran los telegramas antes citados, ordenando que se iniciase el movimiento. Después se comprobó que absolutamente todos habían llegado a sus respectivos destinos.

Las Ejecutivas determinaron los lugares en donde sus componentes debían estar por si fuera necesario reunirlos. También resolvió que en el caso de ser detenidos, para salvar a la organización obrera y al Partido Socialista se declarase que el movimiento había sido espontáneo como protesta contra la entrada en el Gobierno de la República de los enemigos de ésta.

El "demócrata" Largo Caballero, que acusaba a Gil Robles de querer acabar con la República, confesó por escrito lo que acaban de leer. Y cuando fue llamado a declarar tras el fracaso del golpe, hizo lo que van a leer contado por él mismo.

Como a consecuencia de las dimisiones de Besteiro, Saborit y Tritón Gómez me había reintegrado al cargo de secretario general de la U.G.T., desempeñaba en el momento de la huelga general los cargos de presidente del Partido y secretario de la Unión. El Juez Instructor militar —un coronel— se presentó con el Fiscal en la cárcel para tomarme declaración y sostuvimos este diálogo:

– ¿Es usted el jefe de este movimiento revolucionario?
– No, señor.
– ¿Cómo es eso posible, siendo Presidente del Partido Socialista y Secretario de la Unión General de Trabajadores?
– ¡Pues ya ve usted que todo es posible!
– ¿Qué participación ha tenido usted en la organización de la huelga?
– Ninguna.
– ¿Qué opinión tiene usted de la revolución?
– Señor juez, yo comparezco a responder de mis actos, y no de mis pensamientos.

El Fiscal:
– ¡Usted está obligado a contestar por mandato de la ley a las preguntas del señor juez!
– En efecto, y por eso las contesto, que de otro modo no lo haría.
Me mostraron unas notas escritas a máquina encontradas en un registro hecho en las oficinas de la Unión General.
– ¿Son de usted estas notas?
– Sí, señor.
– ¿Quién se las ha entregado?
– El cartero. Las recibía por correo; pero si supiera quién las enviaba tampoco lo diría.

El Fiscal:
– Le repito que está obligado a contestar la verdad a lo que se le pregunta.
– Eso es lo que hago. Ahora bien, si el capitán Santiago, que ha hecho el registro, pretende saber quién me remitía esas notas será pretensión inútil. Por nada ni por nadie pronunciaré nombre de persona alguna, a sabiendas de la responsabilidad que asumo.

Dichas notas, efectivamente, las recibía de la Dirección General de Seguridad, informándome de lo que se hacía y se pensaba hacer contra nosotros. Al capitán Santiago le interesaba saber quién era el remitente para castigarle con severidad. El asunto de las notas le tenía fuera de sí. El juez siguió preguntando:
– ¿Quiénes son los organizadores de la revolución?
– No hay organizadores. El pueblo se ha sublevado en protesta de haber entrado en el Gobierno los enemigos de la República.

Y seguía contando:

La vista se celebró y el fiscal solicitó la pena más severa. No cabían términos medios: o la muerte o la libertad. La sala estaba llena de gente. Se hallaban presentes mis hijas. La prensa extranjera acudió para informar de tan sensacional proceso. Todos los testigos me fueron favorables, incluso los presentados por el fiscal. Mi defensor pronunció un admirable discurso tanto por la forma como por el fondo, digno de tan eminente jurisconsulto.

– Concluso para sentencia, dijo el Presidente.

A los cuatro días me pusieron en libertad.

¿Hice bien o mal al proceder como lo hice? ¿Debía entregar a la voracidad de la justicia burguesa a un defensor del proletariado? Mi conciencia está tranquila. Estoy convencido de haber cumplido con mi deber, pues ofrecerme como víctima sin beneficio alguno para la causa del proletariado hubiera sido tan inocente como inútil.

Y termina diciendo:

Al Parlamento asistía Besteiro. El jefe del Gobierno –Lerroux– en un discurso pronunciado desde el banco azul condenó la huelga y, extendiendo el brazo en dirección a Besteiro, dijo: "Ése es el genuino representante del socialismo y de la clase obrera. Los otros –se refería a los encarcelados– son los perturbadores profesionales de la paz social". No hay que olvidar que Besteiro había sido en lejanos tiempos concejal lerrouxista en el Ayuntamiento de Toledo. ¡Lerroux! El ex croupier de las casas de juego de Caleña. El hombre de paja de El País en sus primeros tiempos; el servidor a sueldo del jefe monárquico don Segismundo Moret en Cataluña para combatir el catalanismo; el ex emperador de El Paralelo de Barcelona; el demagogo de la tribuna tronando contra curas y monjas... ¡Condenando el generoso movimiento de octubre que trataba de salvar una República, cuyo manifiesto revolucionario para implantarla había redactado él! ¡Qué monstruos produce la política!

Sí, qué monstruos produce la política. Y no nos olvidemos de los monstruos que produce la Justicia. Uno de ellos, olvidando todo esto y otras muchas cosas, se dispone a montar un espectáculo general donde no se pretende el establecimiento de ninguna verdad. ¿O es que no es verdad lo que acaban de leer escrito por el propio Largo Caballero? Si lo que hizo el máximo dirigente del PSOE y la UGT fue un alzamiento contra la República, ¿llegará la larga mano de Garzón hasta estos hilos que engrosaron la cuerda que asfixió a la II República? Ya lo ha dicho. No. Se trata del franquismo y de nada más.

Sí, y qué monstruos produce la Justicia.

 

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