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En socorro de una mártir: María Tudor

En el siglo XVI, el mayor enemigo de España y de los Habsburgo fue Francia, en el centro del triángulo que formaban España y sus posesiones de Flandes e Italia. Inglaterra estaba lejos de ser la potencia en que se transformó en el siglo XVIII.

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Enrique VIII de Inglaterra rompió con la Iglesia católica, a la que había defendido frente a Lutero, porque quería divorciarse de su esposa para tener un hijo varón. Al final, éste murió casi niño y reinaron las hijas a las que había despreciado. Una de ellas, María Tudor se casó por razones de estado con Felipe II.

Para comprender el comportamiento de Felipe II al elegir esposa hay que tener presente lo que escribe Santiago Nadal (Las cuatro mujeres de Felipe II): "Con más o menos matices, Felipe II no veía el color del pelo la tez. En la tranquilidad o el fuego de unos ojos azul oscuro, verdes, negros o azul claro veía esto: Portugal, Inglaterra, Francia y Austria."

En el siglo XVI, el mayor enemigo de España y de los Habsburgo fue Francia, que se encontraba en el centro del triángulo que formaban España y sus posesiones de Flandes y de Italia. Entonces, Inglaterra estaba lejos de ser la potencia industrial, diplomática y marítima en que se transformó en el siglo XVIII. Los reyes franceses armaban flotas contra los convoyes de Indias y, pese a su título de Rey Cristianísimo, no dudaban en aliarse con los luteranos alemanes y los turcos para debilitar a los Habsburgo.

En enero de 1552, Enrique II de Francia, sucesor de Francisco I, el gran enemigo del César Carlos, firmó el Tratado de Chambord con los príncipes alemanes protestantes. A cambio de la ayuda del francés, los alemanes le reconocieron el derecho a apoderarse de las plazas fuertes de Metz, Verdún, Toul y Cambray; es decir, la nobleza alemana permitía que Francia se acercase al Rin y sacrificaba el Imperio por sus supuestas libertades y por apoderarse de los bienes de la Iglesia. En el mismo año, Carlos estuvo a punto de caer prisionero de Mauricio de Sajonia en Innsbruck y, encima, el Concilio de Trento suspendió sus sesiones. El emperador, refugiado en Bruselas, estaba decepcionado y al borde de la muerte.

La nieta de los Reyes Católicos, en Londres

Sin embargo, al año siguiente, el 6 de julio de 1553, España recibió un golpe de suerte, que consistió en el fallecimiento del enfermizo rey de Inglaterra, Eduardo VI, por cuya esperanza Enrique VIII había roto su matrimonio con la princesa Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, y establecido una iglesia cismática de Roma.

De acuerdo con el testamento de Enrique Tudor, si Eduardo, que tenía nueve años al ser coronado en 1547, moría sin descendencia, le sucedería su hermana María, hija de Catalina, y a ésta Isabel, hija de Ana Bolena; a ambas, el despótico monarca las había hecho declarar ilegítimas.

Entonces, Carlos I vio el cielo abierto. En una carta a su hijo y fechada el 30 de julio, le planteó la boda con la reina María, que ya había recibido una oferta del rey de Portugal. A la reanimación de la alianza entre España e Inglaterra de tiempos de los Reyes Católicos contra Francia (Inglaterra tenía la plaza de Calais desde 1347), se unía la posibilidad de devolver la fe católica a la isla. Felipe dio su consentimiento y la reina María aceptó la propuesta presentada por el embajador imperial, aunque el parlamento inglés le había pedido que desposase a un compatriota.

Los ingleses reformados y los propietarios de los bienes eclesiásticos veían con preocupación este matrimonio. Pero el mayor obstáculo era la edad de la reina María I: nacida en febrero de 1516, tenía 38 años cuando se casó. Y Felipe 27 años.

Las capitulaciones matrimoniales fueron leoninas para los españoles. Felipe sería coronado rey (el resto de los consortes de reinas inglesas de los siglos siguientes no han sido más que príncipes) pero no gobernaría. Si el matrimonio tenía un heredero, éste recibiría, además de la corona, los Países Bajos españoles. Si el príncipe de Asturias, Carlos de Austria, moría sin sucesión, el príncipe inglés heredaría también el trono español. Los españoles no recibirían cargos en Inglaterra. Felipe se comprometía a no implicar al país en las guerras de España contra Francia. Y, por último, si la reina María carecía de descendencia, Felipe no tendría ningún derecho en Inglaterra.

Todo esto cedió Carlos I con la esperanza de conseguir la libertad de los católicos en Inglaterra y, también, que una nueva rama de los Habsburgo se estableciese en Londres. Según su plan, Francia quedaría cercada por todos lados por príncipes de su casa.

Felipe zarpó de La Coruña el 13 de julio de 1554, después de rezar ante la tumba del Apóstol. La boda se celebró en la catedral de Winchester el 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, y el español se convirtió en Felipe I de Inglaterra. Para que una reina gobernadora se casase con un hombre de su mismo rango, el César Carlos había cedido la corona de Nápoles a Felipe, que, además de príncipe de Asturias (título sin soberanía), era duque de Milán.

Embarazos fallidos

La situación política en Inglaterra era muy inestable. Enrique VIII y Eduardo VI habían diezmado a los católicos; Londres se había convertido en una ciudadela protestante por el fuego, la palabra y el dinero; los predicadores y los agentes franceses difundían rumores sobre una invasión española; y quienes se habían apoderado de los bienes eclesiásticos temían que se les obligase a devolverlos.

Tanto Felipe como Carlos aconsejaron prudencia a la reina, hasta el punto de que obtuvieron del papa Julio III una bula que reconocía la confiscación de los bienes de la Iglesia y Felipe consiguió el regreso de la hija de Ana Bolena, a la corte. El 30 de noviembre de 1554, en un acto oficial el reino abjuró de su herejía y la reina anunció que estaba embarazada.

El 31 de diciembre, un predicador pidió a Dios la pronta muerte de María I, por lo que el Consejo Privado pidió al Parlamento una ley para castigar a los herejes. Éste, siempre sumiso a los monarcas Tudor, fueran quienes fuesen, se apresuró a aprobar dicha norma. Bajo esa ley empezó una corta persecución a algunos protestantes, ni punto de comparación con la realizada por Enrique VIII ni, después de 1559, por Isabel I.

Después de comprobar la falsedad del embarazo de la reina (la hinchazón de su vientre se atribuyó, entre otras causas, a hidropesía), en verano de 1555, Felipe marchó a Flandes llamado por su padre, que deseaba abdicar en él la corona española. En marzo de 1557, regresó a Inglaterra como rey no sólo del país, sino, también de España. María anunció de nuevo un falso embarazo que concluyó en desilusión. Y en julio de 1557, de nuevo Felipe cruzó el canal para combatir a los franceses. Ya no regresó.

Ropa negra para Felipe y amarilla para Enrique

El último año de vida de Maria I comenzó con la pérdida de Calais, tomada por los franceses el 8 de enero de 1558. En abril, María Estuardo, reina de Escocia, casó con el delfín de Francia. La reina Catalina de Aragón había derrotado a los escoceses en 1513 en la batalla de Flodden Field, mientras Enrique peleaba en Francia; casi medio siglo después, Francia y Escocia volvían a ceñir Inglaterra. Los partidarios de la reina la abandonaban; los protestantes rezaban por su muerte; y su marido estaba en Bruselas, defendiendo sus tierras y sus pueblos. El 17 de noviembre murió de gripe a los 42 años.

Cuando recibió la noticia, Felipe II se retiró a la abadía de San Grumandola, cerca de Bruselas, y en ella permaneció varios días en meditación y rezo por su esposa. ¿Amó Felipe a María? Comparemos su actitud con la de Enrique VIII cuando en enero de 1536 le comunicaron que su esposa ante Dios, ya que no ante su iglesia, Catalina de Aragón, había fallecido en el insano castillo de Kimbolton, quizás envenenada, se vistió de amarillo de pies a cabeza para mostrar su alegría.

La primera reacción de Felipe fue proponer matrimonio a la nueva reina, Isabel, la que será años más tarde uno de sus más encarnizados enemigos. En el proyecto de las nuevas capitulaciones, se excluía la cesión de los Países Bajos españoles, muestra de que Felipe ya era soberano y modificaba las directrices de la política de su padre, más afín a la dinastía, por otras de carácter español.

De sus años en Inglaterra, Felipe II aprendió una lección que luego trató de aplicar en sus reinos: la llamada tolerancia religiosa y el libre examen provocaban el caos y la discordia. La misma conclusión sacó Isabel I, que por la Ley de Uniformidad de 1559, obligó a todos los súbditos mayores de 16 años a asistir a los oficios anglicanos y, más tarde, consideró traidores a quienes asistieran a misa castigándolos con confiscación de bienes, tortura y ejecución.

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