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Una plaza en recuerdo de todos los muertos

Cuando Federico Jiménez Losantos entrevistó a Ignacio Aguado, le reprochó que Ciudadanos hubiera apoyado en la Asamblea de Madrid la ley regional de memoria histórica. Aguado respondió que ellos querían "cerrar de una vez viejas heridas". Esta matraca la estoy escuchando desde los años 80 y compruebo que la asunción de la guerra civil, y más en concreto, la asunción por la izquierda de su derrota militar y política es como el viaje al centro del PP: un destino al que nunca se llega.

De manera nada casual, la primera asociación de la memoria histórica se registró a finales de 2000, año en el que José María Aznar obtuvo la primera mayoría absoluta del PP, ante la sorpresa de la izquierda, y, también, en el que José Luis Rodríguez Zapatero llega a la secretaría general del PSOE. La izquierda se había quedado sin su modelo, el socialismo real del bloque oriental, y, además, sin el dóberman de la derecha; ésta no quitaba las pensiones a los jubilados, ni entregaba el Estado a las multinacionales. Necesitaba un elemento de agit-prop, tanto para movilizar a sus desanimadas masas como para mantenerse como clase moralmente superior. Y éste era la memoria histórica.

El PSOE (y El País) creyeron encontrar un filón en la memoria histórica para desgastar al PP, pero ya se sabe que quien cría cuervos acaba teniendo muchos. En España, donde no hay ningún partido en las Cortes que se defina de derechas (el PP se presenta como centro, mondo y lirondo), todo discurso y toda idea acaba situándose a la izquierda. La memoria histórica, que fue una elaboración de la extrema izquierda cuando vio que su propuesta de reconciliación nacional (planteada ya en 1956) no le daba votos en los años 70 y 80, fue introducida en el debate público por el PSOE, pero de ella se están beneficiando sus creadores. Así, la deslegitmación de la Transición y la condición de colaboracionistas con el "régimen genocida" se ha extendido también a los socialistas.

Por muchos esfuerzos que los políticos del PP y de Ciudadanos quieran hacer para sacar de las fosas a los 114.000 supuestos desaparecidos (¿dónde está la lista?; si hay listas de los muertos en el bombardeo de Guernica y de los asesinados en Paracuellos del Jarama, ¿cómo no la hay de los asesinados por el franquismo, para que se pueda cotejar?); aunque Rajoy, Rivera, Aguado y Cifuentes formasen una cuadrilla y fuesen a cavar fosas o a demoler la cruz del Valle de los Caídos, la izquierda jamás declarará cerrada esa llamada herida, ya que le concede poder político, pureza moral… y subvenciones para sus liberados.

Mientras la república, la guerra y el franquismo sean mitos, es decir, narraciones fuera del tiempo histórico, que determinan la política actual no podrán estudiarse de manera objetiva ni dejarán de estar presentes, por más que el tiempo nos distancie de ellos.

Aunque sé que es inútil, me gustaría hacer una propuesta a la clase política para tratar, de una vez, de honrar a quienes murieron por una España mejor, en cualquiera de los dos bandos, y sin apellidarles como asesinos o genocidas: que los ayuntamientos reserven una plaza o un jardín para que las asociaciones y los descendientes de los combatientes de la guerra instalen, sin restricciones, monolitos, bustos, estelas o placas en recuerdo de quienes perdieron su vida o al menos la arriesgaron por su fe, sus ideas, su patria o sus compatriotas. En esos lugares se podrían reponer los discretos monumentos retirados en las últimas décadas.

Me llama la atención que mientras que la derecha (hasta la Transición) honró a sus héroes militares, desde los más altos a los más humildes, como los alféreces y sargentos provisionales, la izquierda no haya aprovechado nunca los callejeros de las ciudades para recordar a los héroes de su bando. Tres personajes que podrían tener calles son el socialista Julián Besteiro, el coronel Segismundo Casado y el general anarquista Cipriano Mera, que se sublevaron en marzo de 1939 contra los planes descabellados de Juan Negrín y los comunistas de alargar la guerra hasta enlazarla con la que estallaría ese año entre Alemania, Francia y el imperio británico (antes, el III Reich y la URSS firmaron un pacto de no agresión que les habría dejado en ridículo). O Melchor Rodríguez, el ángel rojo que salvó a miles de madrileños de las sacas. Tampoco tiene calle el católico general Vicente Rojo, que dirigió el ejército republicano. Ni los ases de la aviación republicana. Conocemos a los pilotos del bando nacional Joaquín García Morato, Carlos de Haya o Julio Salvador, pero no a los del bando rojo, los José María Bravo, Manuel Zarauza Clavero o Leopoldo Morquillas.

¿Por qué la izquierda quiere honrar sólo a sus jefes políticos (en gran parte responsables del estallido de la guerra), o a las víctimas más cinematográficas, como las trece rosas, pero no a los soldados que lucharon con las armas en la mano? ¿Por qué rechaza ofrecer como modelos a quienes se enfrentaron a la muerte, en vez de emboscarse (como hizo, por cierto, Santiago Carrillo, que nunca pisó el frente, pese a que tenía 21 años cuando estalló la guerra y había sido un apologeta de la violencia)?

¿Ignorancia o más bien odio a las virtudes tradicionales y guerreras? Yo creo que se trata de una mezcla de ambos sentimientos. Pero recuerdo que la misma Pasionaria que vitoreaba a Rusia en los años 30 arengaba en la guerra a los milicianos con loas al dos de mayo de 1808. Seguramente la destrucción del sentimiento nacional en los años previos hizo que las últimas invocaciones no tuvieran efecto…

He aquí otra razón por el que la memoria histórica no busca la justicia, ni la reconciliación, sino la venganza.

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