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Política exterior

Alianza de dictaduras

Como señalé en el anterior artículo, los “mares de injusticia y pobreza” que tanto preocupan a nuestro actual presidente, tienen seguramente alguna relación, y fuerte,  con los regímenes dictatoriales y corruptos existentes en la mayor parte del mundo. Pero el chico de las sonrisas no lo ve así, o en todo caso le parece un factor despreciable, y para remediar tanta injusticia se ha inventado la “alianza de civilizaciones”. La expresión suena bien de entrada, como suele ocurrir con las frases demagógicas, pero en cuanto la analizamos fríamente sólo puede invadirnos la alarma. Ya su formulación  pomposa y desproporcionada indica unas manías de grandeza siempre peligrosas en los políticos, y más cuando van acompañadas de la simpleza e ignorancia patentes en todas las declaraciones ideológicas del personaje.
 
Si entendemos el famoso “choque de civilizaciones” como una tendencia natural  entre culturas muy difícilmente armonizables, entonces la expresión describe un hecho objetivo,  un peligro evidente. La tendencia no tiene por qué concluir forzosamente en choque, pero el reto es de gran envergadura y evitar la catástrofe va a exigir grandes dosis de habilidad, comprensión y firmeza. El primer problema podría definirse así: ¿cómo proceder con los regímenes despóticos predominantes en otras culturas, en especial la islámica? Podríamos desentendernos de ellos, considerándolos un rasgo cultural típico y ajeno. Además sabemos que, por lo común (pero no siempre), la democracia no puede ser impuesta por la fuerza desde el exterior, y que esos países sólo podrán emanciparse de la miseria y el despotismo en un proceso largo y nada fácil. Como, por lo demás,  ha ocurrido en el mismo Occidente.
 
Dos  factores, sin embargo, nos impiden desentendernos del problema. Esos regímenes condenan a sus pueblos a la pobreza y a la convulsión política, lo cual repercute sobre nosotros de muchas formas, en especial en zonas vitales para las democracias, por razones económicas u otras. En segundo lugar, un sector especialmente agresivo de esas culturas ha declarado a Occidente un tipo de guerra que tiende a descomponer nuestro modo de vida y en el que las matanzas indiscriminadas, los medios de masas y la complicidad de diversos partidos y orientaciones políticas en los propios países agredidos tienen más valor que divisiones y cuerpos de ejército. Afrontar esos retos impone decisiones complejas y arriesgadas.
 
Lo que no puede hacerse en modo alguno es apoyar por sistema a las dictaduras y los terroristas, so pretexto de diversidad o pluralismo cultural. Pues bien, ese es el contenido, precisamente, de la “alianza de civilizaciones”. El actual gobierno español está trenzando pactos y predicando la complacencia, con tiranías tan brutales como la cubana, la marroquí o últimamente, la china, con despotismos demagógicos como el venezolano, etc. En aras de esos pactos y complacencias ha defendido al genocida Sadam Husein, despreocupándose de guerras mucho más sangrientas entre dictadores o aspirantes a serlo en otros países; ha premiado a los autores de la matanza de Madrid poniendo a sus pies a los iraquíes, en lo que de él dependía, y ha incitado a los miembros de la coalición presente en Iraq a imitarle, saboteando de mil modos el proceso de democratización de Iraq y de estabilización de la zona; en cuanto a Israel, constantemente respaldó al corrompido terrorista Arafat; en el conflicto suscitado por el tirano de Rabat, en tiempo de Aznar, ayudó al tirano, al cual está sacrificando los derechos de los saharauis, y no faltan indicios de que se prepara bajo cuerda a entregarle las ciudades españolas Ceuta y Melilla; no ha cesado de reforzar la posición exterior e interna del sombrío dictador Fidel Castro. Y así sucesivamente. Obviamente su política beneficia tanto a las dictaduras como perjudica a los pueblos que las padecen y a los propios países occidentales. Las alianzas son algo más que formas normales de convivencia: se establecen siempre contra algo o alguien a quien se juzga peligroso. Y no es difícil ver contra qué peligro se dirigen las actuaciones del megalómano: contra  las democracias y a los intentos de derrotar al terrorismo.
 
Cabe preguntarse cómo un gobierno democrático puede impulsar tal alianza. Para contestarla debemos preguntarnos primero si es democrático el gobierno del sonriente iluminado. Pues, ¿cómo se concilia con  la democracia su alianza interior con partidos  de fondo totalitario tipo PNV o ERC, empeñados en acabar con las libertades en sus respectivas regiones y en desmembrar España? ¿O el hostigamiento permanente a las asociaciones de víctimas del terrorismo? ¿O la ilegal legalización de los asesinos etarras, las continuas cesiones a ellos, devolviéndoles el triunfalismo después de haberse visto acorralados por la política legal y democrática de Aznar? ¿O la creciente politización de la justicia? Por poner sólo algunos ejemplos. La política de este gobierno  marcha hacia la llamada “segunda transición”, una transición de la democracia a la demagogia y a la desarticulación de España, liquidando la Constitución por medio de sucesivos  hechos consumados.
 
Para ser democrático, un gobierno necesita algo más que los votos o el acceso legal al poder, pues de otro modo Hitler, Allende o Chávez y otros por el estilo serían perfectos demócratas. El gobierno actual ha llegado al poder por vía de los votos, pero sus concepciones le llevan a socavar y hundir desde el poder las reglas del juego y la moderación necesarias en un sistema de libertades. Su solidaridad con los enemigos internos y externos de la libertad coincide, por lo demás, con la tradición histórica liberticida y guerracivilista  de su partido, que pareció superada durante la transición… pero no mucho, como constatamos.
 
Hace poco Cristina Alberdi hablaba de “alta traición” en referencia a las fechorías del gobierno actual. Exactamente. Los hechos ocurren ante nuestros ojos y muchos rehúsan mirarlos. Algo común tienen las catástrofes políticas: después de ocurridas todo el mundo entiende hasta qué punto eran predecibles, y cómo las personas decisivas se negaban a obrar cuando aún había tiempo para evitarlas. Que no ocurra ahora.

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