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Columna publicada el 25-01-2001
Un sector importante de la izquierda siempre ha sido propenso a la guerra civil. Por remontarnos sólo a 1933, el grupo dominante del PSOE vio en ella la bendita antesala del socialismo soñado. En consecuencia, organizó muy en serio la contienda, la ensalzó sin hipocresía (no como la Ezquerra catalana, que la preparaba sin nombrarla) y la desencadenó en octubre de 1934, contra un gobierno legal y democrático de centro derecha. Los comunistas han sentido la misma atracción. Lenin definió el marxismo como una escuela de guerra civil, y trató de “pedantes redomados o momias sin sentido común” a quienes deploraban tal experiencia bélica, como recordó el líder de la Comitern, Dimitrof, justo cuando planteó, en 1935, la nueva táctica de los frentes populares.
La primera fase de la pugna española, en octubre del 34, fracasó. Al comienzo de la segunda etapa, en 1936, las izquierdas tuvieron al principio todas las de ganar, hasta que perdieron la franja cantábrica, a causa de la incompetencia militar de Franco –a ese tipo de izquierda le encanta la idea de haber sido derrotada por un inepto–. En ese momento la guerra pudo haber terminado. Azaña y otros muchos lo deseaban, pero los amigos de la guerra civil impusieron una resistencia a ultranza, con el aún muy importante apoyo soviético. Azaña creía que tal obstinación multiplicaba las penalidades y el derramamiento de sangre y enconaba los odios sin esperanza de éxito. En cambio, los socialistas de Negrín y los comunistas tenían una esperanza, enlazar con la ya próxima guerra mundial. Entonces las penalidades y la sangre aumentarían, pero el Frente Popular obtendría por fin la victoria. Alcalá-Zamora cuenta cómo, tras la derrota y con la contienda mundial en marcha, numerosos exiliados deseaban “el monstruoso horror de un resurgimiento de la guerra civil complicada con la externa. Era inútil cuanto yo les dijera sobre el loco crimen que eso suponía”.
Terminada la guerra mundial, los comunistas creyeron posible resucitar la civil por medio de acciones guerrilleras, el llamado “maquis”. Trataban de imponer un gobierno parecido al del Frente Popular, como paso intermedio a un régimen de tipo estalinista. Fracasaron, sobre todo, porque la población rechazaba nuevas violencias civiles. Pues bien, ¡incluso ahora los amigos de la guerra civil siguen en sus trece! En diversas comunidades se empeñan, a menudo con éxito y con apoyo del PP, en exaltar oficialmente al “maquis” estaliniano como una lucha por la libertad. Es difícil imaginar algo más necio, marrullero y contrario al espíritu de la democracia. Pero la realidad, como de costumbre, supera a la imaginación.

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