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Columna publicada el 27-05-2005
La vueltecita de Carod y Maragall por Israel en plan ministros de asuntos exteriores, a organizar la política internacional catalana en el Mediterráneo o algo por el estilo, es una más de las incontables vulneraciones de la Constitución a través de hechos consumados, usurpando las competencias del estado con la complicidad o el amparo del gobierno. Forma parte del proceso denominado Segunda Transición. La primera transformó una dictadura en democracia, esta segunda quiere transformar la democracia en demagogia y balcanización.
El comportamiento de los dos personajillos en Israel ha llamado mucho la atención, pero en realidad nunca han hecho nada muy diferente. Toda su trayectoria está repleta de casticismo en el peor sentido de la palabra, y traen a la mente las típicas españoladas de Pajares, Ozores etc. Hasta físicamente guardan un notable parecido con los personajes de esas películas. Y la misma impresión producen los componentes del gobierno de España –una España por la que no sienten el menor respeto– tan reminiscentes de caracteres como los de Atraco a las tres. La naturaleza imita al arte, y la política española se ha transformado, parodiando a Trotski, en la mamarrachada permanente.
Cuando hacía estas reflexiones en Salamanca en relación con la cacicada, con el acto despótico previsto por los Carod, Maragall, Calvo y el jefe del gobierno para desmembrar el archivo de la guerra civil, la gente reía. Sin embargo no encuentro el menor motivo de risa. Esas cosas quedan graciosas en el cine de la “españolada” chabacana y esperpéntica, pero en la política real se transforman en peligros muy serios. Porque esos personajes son los que ostentan el mando, los que tratan de imponernos su ley, es decir, su capricho, reduciendo la Constitución a papel mojado; los que han premiado a Al Qaeda por su masacre de Madrid o los que han revitalizado a la ETA desde su anterior postración, llevándola de nuevo a la euforia: los etarras han vuelto a marcar la agenda de la democracia y vislumbran ya el triunfo, gracias a las mamarrachadas de los Carod, los Zapatero, los Maragall y compañía. Todo ello a costa de los principios más elementales de la democracia y la convivencia, como, por lo demás, no podía ser de otra forma.
Algunos creen que se trata de torpezas producto de la ingenuidad y no cesan de incitar al gobierno a que “abra los ojos”, como si treinta años de experiencia no bastaran. Los ingenuos, lindando con la tontería, son los que dicen tales cosas. En la estructura ideológica de los gobernantes hay muchos, demasiados elementos, que les impulsan en la dirección que han tomado, elementos de mamarrachada como el desprecio por España y su historia, o la atribución al “capitalismo”, es decir, a las democracias liberales, de la culpa por las injusticias y miserias del mundo. En todo ello coinciden con terroristas y separatistas, por lo que la discrepancia en torno a los métodos, violentos o no, se vuelve secundaria.
Si no tenemos esto en cuenta, nunca entenderemos nada. El país está en manos de tales personajes, que además ignoran que la legitimidad democrática no procede sólo de los votos, sino ante todo el respeto a la Constitución, del compromiso de cumplir y hacer cumplir la ley. Estamos exactamente ante el mismo problema, el de la política convertida en mamarrachada, tan agudamente denunciada por Azaña en sus correligionarios, aunque tuviera más dificultades para ver sus propios fallos. Lo he citado otras veces, pero conviene repetirlo hasta la saciedad, a ver si a algunos empieza a entrarles en la cabeza el peligro en que nos hallamos:
“Me entristezco casi hasta las lágrimas por mi país, por el corto entendimiento de sus directores y por la corrupción de los caracteres”. “La zafiedad, la politiquería, las ruines intenciones, las gentes que conciben el presente y el porvenir de España según se lo dictan el interés personal y la preparación de caciques o la ambición de serlo?”. “Veo muchas torpezas y mucha mezquindad, y ningunos hombres con capacidad y grandeza bastantes para confiar en ellos. ¿Qué va a pasar aquí? ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?”

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