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Aventuras intelectuales imposibles

Los ateneos son una de las pocas instituciones intelectuales con larga vida y proyección. El primero fue el de Madrid, y a imitación de él nacieron otros, desde Barcelona a Manila. Actualmente pasan por una seria crisis, derivada de una falta de definición y metas. La mayoría de ellos son más bien “centros culturales”, sedes de conferencias o exposiciones, cosa excelente, pero bastante lejana de una empresa original o creativa, o siquiera de un trabajo continuado. En La sociedad homosexual y otros ensayos dediqué un capítulo al Ateneo madrileño, exponiendo algunas ideas al respecto. Quizá eran ideas equivocadas, pero la atonía ambiental se revela en el hecho de que nadie se ha molestado siquiera en discutirlas.

Como hace tanto calor, en vez de una sesuda disquisición, contaré algunas anécdotas de la llamada, con bastante cursilería o pedantería Docta casa. Como otras veces he indicado, siguiendo a Madariaga, opino que Usa “aspira a degollar nuestra cultura”; o, si no aspira, lo viene haciendo en la práctica. No hay de qué extrañarse. La cultura useña es extraordinariamente potente, se expande con fuerza, y sus promotores no tienen la culpa de defender tan bien lo suyo y nosotros tan mal lo nuestro. Con motivo de la guerra de Irak hemos podido comprobar cómo los bobalicones y fanáticos que montaron el guirigay empleaban a menudo el inglés en sus pintadas y consignas. Seguramente temían que de otro modo no les entendiéramos los españoles corrientes. En todo caso mostraban su completa sumisión cultural al “imperio”, mientras lo atacaban políticamente y defendían la dictadura de Sadam.

Pues bien, una de mis iniciativas en el Ateneo fue formar asociaciones culturales hispano-extranjeras, con el fin de crear algunos focos de interrelación que no pasaran a través de la omnipresente cultura anglosajona y su idioma. Así, promoví una sociedad hispanoirlandesa que durante un tiempo funcionó bastante bien, ayudando el café irlandés: tertulias y seminarios sobre Joyce, sobre los monjes medievales irlandeses, tan importantes para la cultura europea, un congreso internacional sobre relaciones históricas entre España e Irlanda, etc. Logramos algún apoyo de la embajada irlandesa, y todo iba pasablemente bien, hasta que, por ruines rencillas, la dirección de boicoteó nuestro trabajo, impidiendo sus actos.

Otro intento fue una hispano-rusa. En el mismo Ateneo, en los años del franquismo, hubo una de ese tipo, en la que participaban intelectuales eslavos y españoles de prestigio y había reunido una importante biblioteca, hoy dispersa. Cometimos el error de encomendar la presidencia a un español que había estudiado en la universidad Lomonósof, de Moscú, pero que veía en la asociación un simple medio de trepar en medios académicos aprovechando su flamante cargo presidencial y el residual prestigio del Ateneo. Antes de un año la asociación se había ido a pique.

También probé con una hispano-griega. Teníamos un puntal, el profesor Antonio Antelo, ya fallecido, de amplio currículo académico en universidades españolas, hispanoamericanas y useñas, hombre entusiasta y de espíritu mucho más juvenil, pese a su edad, que tantos jóvenes “ateneístas” de espíritu romo, trivializados por la educación sociata. Pero, simplemente, no había ambiente en el Ateneo para una labor tal.

Otra vez se me ocurrió fundar una hispano-sueca. Después de todo, los visigodos descendían de los suecos, según Jordanes, y desde entonces las relaciones han sido todo lo intensas que sabemos. Según tengo entendido, la bandera de aquel país incluye tres coronas, representativas de los vándalos, los godos y los vikingos, y por nuestra parte derrotamos a los suecos en Nordlingen, como nadie ignora. Con esos precedentes, no hay duda de que la unidad de acción entre ambas naciones, tradicionalmente hermanas, ofrecería el más combativo y sólido valladar frente al imperialismo cultural useño. Pero la cosa no llegó a buen fin. Un ateneísta me preguntó: “¿Y qué puede interesarnos de Suecia?” “La gimnasia sueca, por ejemplo”, bromeé. “Yo prefiero la gimnasia con una sueca”, replicó. Tío listo e imaginativo. Si fuera un macarrilla de bar, estaría bien, pero se trataba de un profesor universitario. Como en otros casos, el ambiente de la Docta Casa no daba para más.

No recuerdo si hice algún intento más, pero el resultado fue siempre el mismo. No obstante, la idea sigue ahí, por si alguien con más suerte y dotes de liderazgo quiere recogerla. Ser líder es algo muy sacrificado, exige, entre otras cosas, grandes dosis de paciencia con los cretinos y enredas que siempre surgen, y yo ya he perdido el entusiasmo. Pero, insisto, me parece una empresa factible.

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