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Columna publicada el 17-07-2002
Con motivo de la retirada de la estatua de Franco por el ayuntamiento de Ferrol, dominado por el Bloque Nacionalista, envié este artículo a La Voz de Galicia. No lo publicaron. Les pregunté por correo electrónico si pensaban hacerlo, y la respuesta fue el silencio. Buena muestra del respeto a la democracia y la libertad de expresión por parte de algunos medios. He aquí el artículo:
Felipe González tenía a veces salidas muy buenas. Por ejemplo: “me parece una estupidez eso de ir tumbando estatuas de Franco. Franco es ya historia de España. No podemos borrar la historia”. O la siguiente: “Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco; yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo, tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo”.
¡Pues mira tú por donde! En vida de Franco no se nos ocurrió a los antifranquistas hacerlo, aunque lo habríamos hecho de muy buena gana, y en realidad algunos hicimos cosas peores. Digo peores porque aquella oposición hizo muy poco de bueno. Como explico en el epílogo de De un tiempo y de un país, mis memorias de “revolucionario profesional” en el PCE y el PCE(r)-Grapo, los hechos allí contados, mirados veinte años después, adquieren “un tinte muy sombrío”. Pero, en fin, ahí están, son también parte de la historia, también de la Galicia de aquellos tiempos, sobre la que se viene mintiendo de manera tan descarada últimamente. La oposición antifranquista, además de ser muy reducida (el 90% de los antifranquistas activos lo son de después de Franco, y digo activos, y aun podría decir hiperactivos, porque lo son ahora, cuando, la verdad, ya no hace mucha falta), era mucho más totalitaria y dictatorial que el régimen combatido. Sólo hay que fijarse en quiénes eran admirados por aquellos “demócratas”: la Cuba de Castro, la Alemania del muro y del tráfico de cautivos, la URSS del socialismo real, la China de una revolución cultural similar a la de los vándalos o los tártaros. Los admiraban y los siguen admirando, algo a escondidas, claro, pues el muro de Berlín se ha caído, nunca han entendido ellos bien por qué, y ya no es tan fácil acusar de enemigos del progreso o del “proletariado” a quienes discrepan de sus ideas. ¿Ideas? Más bien tópicos, pues nunca han aportado a las doctrinas que defendían o defienden nada que merezca la pena tomar en consideración.
Bien, pues a estos antifranquistas de después de Franco se les ha encendido la bombilla en Ferrol: ya que sus padres no pudieron acabar con el franquismo, podrán ellos acabar con su memoria, mediante una iniciativa muy propia de su mentalidad de “Gran Hermano”. Han hecho lo que Felipe González caracterizaba justamente –por una vez estoy de acuerdo con él– como una estupidez y una cobardía.
Borrar la historia es importante para quienes lo intentan, porque, claro, esa historia es también la de ellos, de la UPG y otros grupos que han dado pie al Bloque. En tiempos de Franco la UPG era un grupo muy pequeño (todos lo éramos, salvo, hasta cierto punto, el PCE), y tan combativo en los panfletos como pasivo en los hechos. En los medios izquierdistas gallegos, a la UPG se la conocía como “la ETA sin cojones”, título que, con todo su machismo tradicional, la definía perfectamente. Ahora los sucesores de aquella lamentable historia, siguen en las mismas. Se sienten fuertes, pero siguen siendo los de siempre, y han cometido su pequeña acción bellaca con nocturnidad y alevosía. Su política es el cultivo de cuanto pueda provocar el agravio, la desunión, el resentimiento. Realmente, ¿qué se puede decir y qué se puede esperar de tales gentes?

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