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Columna publicada el 23-02-2001
Hace ya bastantes años, cuando todavía existía la Unión Soviética, escribí en Diario 16 un artículo sugiriendo el cambio de nombre, en español, para aquel país y para Estados Unidos. Este último plantea un serio problema por su longitud y por el adjetivo correspondiente: ¿debe decirse “estadounidense”? Pocos lo emplean, y se dice más bien “norteamericano”, con evidente abuso. Más abusivo aún resulta “americano”, que es, sin embargo, el más usado por simple comodidad. La revista inglesa The Economist, por ejemplo, emplea America para Estados Unidos, y deja para el resto un The Americas en el fondo despectivo.
En el caso de la URSS, la situación era semejante. Hablar de Rusia y “rusos” se hacía inapropiado, aunque Rusia y los rusos fueran el elemento fundamental del Estado. Se empleaba el calificativo “soviético”. Este era puramente ideológico y, por lo demás, un sarcasmo, ya que los soviets habían pasado a mejor vida tan pronto como la revolución de su nombre se impuso, convirtiéndose en organismos burocráticos controlados por el partido comunista.
Tanto “Estados Unidos” como “Unión Soviética” suenan extraños como nombres de país. La razón es que definen en realidad un imperio, más aún, todo un programa imperialista. Moscú consideraba el sistema soviético como el ideal al que debía tender la humanidad, con lo que su estado se convertía en el núcleo del imperio mundial al que aspiraba. El confuso “Estados Unidos” tiene un carácter semejante; para nosotros aún peor si se le añade “de América”. Ya observó el gran liberal Salvador de Madariaga: “Hay que ver las cosas como son. Para nadie más que para España es el peligro yanqui tan mortal como el ruso. El soviético aspira a degollar nuestra libertad; el yanqui aspira a degollar nuestra cultura. Para el yanqui, todo el continente le pertenece. Basta con leer el nombre que ha dado a su país; y lo hispano es lo que hay que destruir como se pueda”.
Pero, aunque conviene señalarlo, no trato aquí de eso. Desaparecido el problema de la URSS, queda el de EEUU, para los que propuse cambiar el nombre, en español, por “Estua” (que daría “estuense”), más breve y manejable. Sin embargo, suena un poco rebuscado; quizás sea mejor solución aprovechar las siglas USA, que darían “Usa”, de donde derivaría “useños” (y no “usanos” como pretendía alguien, despectivamente). Aunque USA significa Estados Unidos de América, reducido al corriente Usa, su sentido imperialista se difumina y nadie pensaría en él, como nadie piensa en el sentido etimológico de Brasil, Francia o España. Simplemente nombraría a un país y no un programa imperial, y nos ahorraríamos esos enrevesados “estadounidense”, norteamericano”, etcétera. Un progreso, menor si se quiere, pero práctico.

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