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Cuán grave es la situación

Algunas personas han tachado de alarmista el libro Contra la balcanización de España. Desde luego un peligro grande al analizar una situación consiste en desorbitar la magnitud de las amenazas, lo cual puede provocar histeria y movimientos desestabilizadores.
 
Ejemplos de ello los hemos tenido en los últimos años en la agitación de la izquierda. Por ejemplo, era lógico que la ley de reforma de la enseñanza fuera combatida por ella, puesto que atacaba intereses asentados. Pero la izquierda hizo de esos intereses particulares un instrumento de agitación callejera, llamando incluso a desobedecer la ley, como hicieron Peces Barba y otros. No hablemos ya de la violenta y desorbitada manipulación del accidente del Prestige y, sobre todo, de la guerra contra el genocida Sadam Husein. En estos y otros casos la izquierda tenía el derecho, y si se quiere el deber, de protestar, pero sus métodos tuvieron un carácter muy parecido a los de Batasuna, transmitiendo a la población la idea de que el gobierno amenazaba de modo fundamental sus intereses y la democracia. En realidad no existía en modo alguno tal amenaza, y el resultado fue un clima de histeria al estilo del creado en las Vascongadas por los proetarras y el PNV, hasta desembocar en una de las victorias más trascendentales que haya obtenido el terrorismo islámico en todo el mundo.
 
¿Caemos otros en el mismo vicio al alertar sobre la gravedad de la situación actual? La posibilidad merece alguna consideración. Existe, indiscutiblemente, una ofensiva de los separatismos y del islamismo (no sólo del terrorismo islámico) contra la democracia y la unidad de España. De esto no puede caberle duda a nadie, pues las pruebas saltan a la vista con demasiada claridad. No obstante una cosa es la existencia de esa ofensiva y otra el peligro que ella revista. A mi juicio esa ofensiva no tiene por sí misma una importancia excesiva. La sociedad española podría afrontarla sin demasiado esfuerzo siempre que los dos grandes partidos nacionales mantuvieran una posición clara y de principios en cuanto a las libertades y a la unidad nacional.
 
Sin embargo esa posición no existe en el sector dominante del PSOE ni en un sector minoritario del PP. Para el actual gobierno, como ha expresado de manera harto clara el actual presidente, la unidad de España no constituye un valor importante. Y su respeto por las reglas del juego democrático ya lo demostró sobradamente en sus alborotos callejeros para desgastar al gobierno de Aznar y en su actuación posterior, al premiar tanto al terrorismo islámico como al etarra, al favorecer los separatismos y al apoyarse y dejarse condicionar por ellos para gobernar. Es precisamente esta política, mucho más que la propia acción separatista e islamista, la que vuelve la situación sumamente peligrosa. Nos gobierna un grupo de personajes que ha legalizado el terrorismo e intentado desacreditar a sus víctimas, que ha destruido el pacto antiterrorista y se alía con el separatismo y lo promueve, mientras aviva desde el poder y con financiación pública los antiguos odios que imposibilitaron la convivencia en España, hace apología del golpismo y guerracivilismo de la etapa marxista del PSOE, maniobra para politizar la justicia, manipula los medios de comunicación como nunca hizo el PP –aunque tampoco éste fuera manco–, hostiga los sentimientos religiosos de la mayoría de la población, etc.
 
Tales son los hechos, y conviene repetirlos una y otra vez porque la política tiene mucho de ilusionismo, y los actos más nefastos suelen presentarse envueltos en motivaciones pretendidamente nobles. Las “infinitas ansias de paz” del actual presidente se refieren a los enemigos de la unidad y la democracia españolas, traduciéndose en hostilidad hacia quienes las defienden.
 
Por esta razón lo que sería un problema relativamente menor, aun si preocupante, se convierte en una amenaza grave, que trasciende ya la política normal de los partidos y exige la actividad y movilización de los ciudadanos conscientes, sea cual fuere su tendencia política. Nada en común, pues, con las movilizaciones histéricas y desestabilizadoras propiciadas por el gobierno socialista para alcanzar el poder. La situación es grave, y sería totalmente irresponsable no tenerla en cuenta ni reaccionar antes de que se haga demasiado tarde.

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