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Prestige

De calamidad accidental a política

Ante el desastre del Prestige, las autoridades optaron por la solución que ha demostrado ser la peor, sobre todo al hundirse el barco tan pronto y tan cerca de la costa, pero el desacierto de la medida no era obvio ni mucho menos. Habría sido preferible, desde luego, llevar el buque a un puerto, pero si se hubiera arruinado una ría nadie iba a decir que a cambio se había salvado el resto del litoral, sino que se había actuado con criminal negligencia, pues la comparación con el mal mayor no sería evidente, y el coste político no habría sido menor. Quizá lo mejor hubiera sido incendiar el barco y su contenido, como ha propuesto, creo, el alcalde de La Coruña, pero en todo caso el daño está hecho, y la catástrofe debe ser arrostrada en su dimensión real.

Digamos de pasada que también ha salido a la luz el problema de la inspección de buques, hoy día mucho menos rigurosa que antaño, debido a las autonomías. Creo que urge hacer balance de la experiencia autonómica, sin duda beneficiosa en unos aspectos, pero en otros perjudicial y perturbadora, incluso para las mismas libertades, y actuar en consecuencia.

El gobierno ha cometido otros errores, como reaccionar con demasiada lentitud y no centralizar debidamente la gestión del caso, produciendo en la gente una sensación lamentable, agravada por una política general que viene decepcionando a buena parte de sus votantes. Es natural que la oposición saque partido de los desaciertos del gobierno, y los ciudadanos respiraríamos más tranquilos ante el futuro si pudiéramos suponer a esos partidos una mayor sensatez y sentido de la responsabilidad. Pero ¿qué habrían hecho el BNG o el PSOE? Probablemente lo mismo que el PP, que en apariencia resultaba lo menos doloroso y menos costoso políticamente, aunque ha resultado ser al revés. Ahora bien, al margen de especulaciones, lo interesante es ver qué hacen en concreto. El PSOE no se está portando mal del todo, y las indicaciones de Zapatero, si bien en parte vacías, van por buen camino, por mucho que sufra la herida prepotencia de Aznar, últimamente tan parecido a Felipe González. Si las recomendaciones socialistas no entraran en una política de conjunto tan siniestra, podríamos estar contentos.

El peligro viene más bien del BNG, volcado en la típica necedad histerizante de los totalitarios, sintetizada en su consigna “Nunca más”. ¿Pueden impedir esos bobos exaltados, o incluso personas de muchísimo más talento y responsabilidad, que se produzcan accidentes y catástrofes? Pero la idea sugestiona, sobre todo cuando la gente está saturada de irritación por la calamidad. La experiencia del nazismo y los comunismos no debiera hacernos desdeñar el poder de la estupidez. Tanto más cuando señala un enemigo claro y un culpable de todo el mal: el Gobierno y, por extensión, España. El grito guerracivilista “Fuera españoles de Galicia”, muestra la vía por la que un desastre accidental puede irse transformando en un desastre social y político. Como decía alguien en una carta al director, los gallegos hemos sido siempre españoles, y así nos seguimos considerando la inmensa mayoría, a la que por lo visto intentan echar estos botarates para quedarse ellos con todo.

Estas situaciones recuerdan la que se fue creando hacia el final de la Restauración, cuando ningún partido era capaz de suscitar esperanza ni ilusión en nadie, empezando por los mismos políticos, y el país se hundía en el desaliento y el extremismo. No digo que el panorama sea ahora el mismo: sólo que lo recuerda.

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