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De la neurosis a la trivialización

"La mayor parte de las creaciones del intelecto o de la fantasía —dijo Schumpeter— desaparecen para siempre en un plazo que varía entre una hora de sobremesa y una generación. Con otras, sin embargo, no ocurre así. Sufren eclipses pero reaparecen". Esto ocurre con el freudismo, tan influyente en los años 20 y 30, difuminado tras la guerra mundial y resurgido con ímpetu en los años 60, a menudo en alianza con el marxismo. Hoy casi nadie —salvo en Argentina— se proclama freudiano, y el psicoanálisis suele darse por superado. Pero creo que simplemente ha pasado de moda, y que podría volver. Es más, en buena medida ha sido víctima de su propio éxito: la huella de Freud marca muy profundamente, sin que apenas se piense en ello, las actitudes sociales y políticas.

Su influencia deriva de su aparente aptitud para explicar el malestar psíquico común y la misma historia humana, desde principios muy sencillos. La neurosis, más o menos presente en toda la gente, provendría de la represión de los deseos sexuales —o de los deseos en general— impuesta por la vida civilizada (la "cultura"). Represión necesaria, según Freud, pues de otro modo la convivencia se hundiría en una lucha de todos contra todos. Se entiende que, pese a ello, muchos vieran en la "liberación sexual" la panacea, tanto más si, combinando el psicoanálisis con la lucha de clases, las supuestas exigencias de la civilización quedaban reducidas a imposiciones burguesas: la liberación sexual iría de la mano con el derrocamiento de los explotadores.

Efecto de estas ideas, tan fuertemente impresas, insisto, en nuestras sociedades, viene a ser lo que Paul Diel, pensador poco conocido, pero no por ello menos valioso, define como "trivialización". Ésta constituye "un proceso deformador de la psique, que tiende a la satisfacción sin escrúpulos de los deseos sexuales y materiales". Dada su frecuencia, "no es diagnosticado como estado patológico y se la suele confundir con la norma. Pero la norma no es eso, sino la simple trivialidad, un estado de equilibrio y buen sentido, aunque sin ímpetu de superación, que se contenta con la adaptación a las convenciones sociales". En cambio la trivialización, o trivialismo ,sería "un desequilibrio de la facultad de valorar, una enfermedad de la función elemental del espíritu. Al revés que la neurosis, que exaltando el espíritu aplasta los deseos sexuales y materiales, la trivialización desecha la función armonizadora del espíritu y rompe la contención impuesta por la razón".

El freudismo, incluso moderado, socava la función educativa, concebida como la formación de la capacidad moral. Siempre los mayores se han quejado de los jóvenes, pero no hay duda de que hoy un sector de la juventud desusadamente amplio es víctima de una ineptitud para valorar, al extremo, en algunos casos, de sustituir la percepción del bien y el mal por la de "lo que me divierte y lo que me molesta". Esto ocurre porque los adultos, bombardeados desde la política, la televisión y la cátedra por las concepciones trivializantes, pretendidamente liberadoras, han perdido a su vez la capacidad y la confianza para educar, para transmitir valores. Creo que éste es un problema fundamentalísimo de nuestra época.