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Columna publicada el 28-02-2003
Lo sagrado suele definirse como algo que inspira un sentimiento profundo de respeto y veneración, y normalmente se refiere a la divinidad. En un plano más trivial cabría definir lo sagrado como aquello sobre lo que no se admiten bromas. Como en nuestra época la noción de la divinidad se halla bastante marginada en la vida social, ha cundido la idea de que “no hay nada sagrado”, invocada por muchos, algo jactanciosamente, como prueba de su libertad de pensamiento.
Sin embargo, apenas observamos a quienes así se expresan percibimos cómo suelen engañarse ellos mismos. Rechazan el sentimiento de lo sagrado referido a la divinidad, pero en cambio lo trasladan a ideas, a veces objetos, con respecto a los cuales muestran un extremo dogmatismo y no admiten la menor burla. Me ha venido esta reflexión a la cabeza con motivo de las airadas reacciones despertadas por mi artículo Una conversación, donde ponía en tela de juicio la coeducación, un poco en broma. Ya insistiré en el asunto, pero ahora lo interesante es constatar la visceralidad de dichas reacciones: cartas agresivas, insultos y reproducción del artículo en algunos foros de Internet como demostración irrecusable de mi perversidad. Creo que ha sido el artículo mío que más cabreo ha causado. Para esas personas, ese tema no admite discusión, no digamos ya bromas. Se trata de algo sagrado en un sentido muy literal.
Lo ocurrido, por tanto, ha sido un desplazamiento de lo sagrado desde la divinidad a una idea dogmática, convertida en una especie de fetiche. Esto es lo más común. El movimiento comunista, cuando era poderoso, rodeaba de veneración supersticiosa conceptos como el del “proletariado”, el “socialismo real”, el “progreso” de la historia, la “ciencia marxista”, etc. y lograba incluso que muchísima gente no marxista demostrara su respeto supersticioso hacia tales fetiches. Términos como el de “antisoviético” o “reaccionario” cobraban la misma fuerza que el de hereje en otros tiempos. El comunismo, pues, tenía sus dioses y sus demonios, objetos también, estos últimos, de sacralización, aunque en un sentido negativo.
El fracaso soviético ha originado una tendencia curiosa: los dioses marxistas casi han desaparecido, pero en cambio mantienen una asombrosa vitalidad los demonios: así “la globalización”, el “machismo” o el “patriarcado”, la “burguesía”, el “fascismo”, por supuesto, el “poder”, y tantos más, males absolutos e indiscutibles, que sirven a muchos para orientarse (más o menos) en los laberintos de la vida. Existen, además, otros fetiches como la coeducación, ya visto, las modas, o la “libertad” sexual, manifiesta en el ambiente de puterío en que estamos inmersos, gracias a la labor de políticos, educadores, programadores televisivos, etc. Hoy se puede bromear, injuriar o vejar cualquier manifestación de lo sagrado tradicional, es decir, de la religión, pero métase usted con esos otros ídolos y podrá constatar la dureza de la respuesta.
Da la impresión, por tanto, de que el ser humano no puede prescindir de lo sagrado, y que cuando cree haberlo desterrado, lo único que ha hecho es desplazarlo. Una observación más: por su propio carácter, lo propiamente divinal exige una fe que, o se tiene o no se tiene, pero escapa a la discusión meramente racionalista. En cambio, todos esos conceptos e ideales convertidos en fetiches son, por su propia naturaleza, el objeto preciso de la discusión racional. Bueno, al menos debieran serlo.

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