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ETA

El asesinato que torció la historia

El primer asesinato deliberado de la ETA, tan sórdido como los que seguirían, y del que se han cumplido cuarenta años, puede decirse que torció la historia de España.

Por entonces la sociedad española experimentaba grandes transformaciones. Era el país de más rápido crecimiento económico del mundo, después de Japón, y muchos especialistas auguraban que en un plazo medio superaría a Italia e Inglaterra en renta per cápita; el analfabetismo había sido reducido a niveles mínimos y la enseñanza superior se masificaba, con sus ventajas y sus inconvenientes; la esperanza de vida media se había disparado hacia los primeros puestos del continente; era probablemente el país europeo con menos delincuencia y menos presos en relación al número de habitantes, sin policías privadas ni guardias de seguridad, con un índice de suicidios también de los más bajos, prácticamente sin drogas; circulaba bastante prensa extranjera y la nacional era abundante y más variada de lo que se dice, aun si con ciertas limitaciones: buena parte de ella favorecería subrepticia pero eficazmente a la ETA (y al comunismo); la creación literaria y artística, sin ser brillante, estaba a un buen nivel, cualitativamente superior al actual, en mi opinión; la televisión recibía muchas críticas, pero en conjunto era mucho más decente, en todos los sentidos, que casi todas las actuales. Y así podríamos seguir con muchos datos demostrativos de que aquella sociedad, lejos de hallarse anquilosada, como hoy se pretende, rebosaba de energía.

El propio dinamismo social empujaba hacia una liberalización progresiva, y la actitud popular ampliamente mayoritaria prefería un cambio lento, que no hiciera peligrar lo mucho ya alcanzado, después de tantas convulsiones políticas del pasado. Todavía se recordaba la guerra y la república, y casi nadie deseaba la vuelta de los viejos odios. Esa actitud, implícita o explícita, quedaba de relieve en la dificultad con que progresaba la oposición al régimen. Una oposición básicamente comunista, esto es, más totalitaria que el franquismo. Prácticamente no había demócratas en las cárceles de Franco. La oposición, desalentada tras el fracaso de su penúltimo intento de guerra civil mediante el maquis, o el de sus huelgas generales, no tenía más remedio que resignarse a una evolución pacífica, al menos por un buen período: Comisiones Obreras, el movimiento más dinámico, empleaba la táctica tradicional de incidir sobre reivindicaciones económicas tratando de darles una orientación política que la inmensa mayoría de los obreros no sentía. Por todo ello la marcha hacia la democracia solo podría venir de una transformación evolutiva del propio régimen.

Y en este panorama tuvo lugar el primer asesinato etarra, tan bien explicado por Jon Juaristi. Un asesinato que, puede afirmarse, torció el curso de la historia. No por él mismo, ya se entiende, sino porque, como recojo en Una historia chocante (reproduje unos párrafos en el blog el domingo pasado), de pronto el crimen ganó a los criminales la simpatía de casi toda la oposición –en la que entraba ya un sector considerable de la Iglesia–. Simpatía, y el apoyo consiguiente, en la que aquella oposición se retrataba al natural, sin los ropajes de "democracia y libertades" con que habitualmente se disfrazaba. También logró la ETA el respaldo de gran parte de la prensa europea –generalmente muy circunspecta hacia el Gulag– y de gobiernos como el francés, el argelino, el cubano, el sueco o el holandés, bien con la oferta de un santuario para reorganizarse y desde el cual operar impunemente, bien con la difusión de una imagen positiva de los pistoleros. Trataré de explicar estas complicidades en otro artículo.

Si la ETA no hubiera asesinado, nunca habría pasado de ser uno de tantos grupillos más o menos pintorescos de la época. Pero asesinó, y la extensa colaboración política con sus crímenes la convirtió en una grave molestia para el franquismo. Entre toda la oposición y la presión europea no lograron (no logramos) romper la dinámica de la sociedad española, y finalmente llegó la democracia y no un caos a la republicana. Llegó, insistamos en la siempre negada evidencia, a partir del franquismo, no de la ruptura. A continuación, la ETA se volvió un verdadero cáncer para la democracia. La simpatía proetarra de los antifranquistas se transformó sin esfuerzo en la búsqueda de una "salida política" a costa de la ley, sin excluir el GAL como complemento no menos ilegal. Hasta volver, con el actual Gobierno, a la vieja complicidad abierta, al asumir el gobierno de izquierdas, antifranquista retrospectivo, gran parte de las pretensiones antidemocráticas y balcanizantes sustentadas desde el principio por los asesinos.

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