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El cambio en Galicia

He pasado unos días en Galicia, y ante las grandes extensiones de bosques quemados comenté a unos amigos: “Ya se va notando el cambio en el gobierno regional”. La frase provocó algún escándalo: “¿Es que quieres decir que los socialistas y los nacionalistas queman los bosques? ¡Qué burrada!”. No. Obviamente entre los pirómanos los habrá socialistas y no socialistas, nacionalistas y no nacionalistas. Lo que quiero decir es que, al igual que durante la anterior etapa socialista en Galicia, los bosques arden masivamente. Una de las cosas buenas que hizo Fraga fue, precisamente, contener las oleadas de incendios que destruían la riqueza forestal de la región. Por entonces la apatía llegó al extremo de que, durante las fiestas, la gente veía como ardía un monte a alguna distancia, y seguía con la música, los porros y lo que fuera, como si nada pasara. En la confusión de la época, muchos no estaban seguros de si correr a apagar el fuego sería progresista. No es broma. Por entonces, cuando alguien se quejaba del aumento de la delincuencia, solía replicar algún progre: “¡Pues yo prefiero la democracia”, identificando implícitamente democracia con delincuencia.
 
¡Y, ciertamente, el auge de la delincuencia suele caracterizar las épocas de gobierno socialista! Qué fue, si no, la marea de corrupción que casi asfixió al país, o el GAL, o el socavamiento de la independencia judicial… La quema de montes constituye una forma de delincuencia, bien fácil y barata.
 
Por lo demás, nada nuevo en la inquina de los progres a los bosques. Un técnico de ICONA me contaba su desesperación ante una mandamasa ecologista que decía: “lo mejor para los montes del franquismo es la cerilla”. Según aquellos ecologistas, la extraordinaria obra de repoblación forestal realizada por los gobiernos de Franco debía ser arrasada, por “franquista”, por haberse realizado con “especies no autóctonas”, y por mirar al beneficio económico en lugar de... no se sabe qué.
 
Otra letanía de estos vándalos ha sido que los bosques perjudicaban al campesinado. Hace bastantes años viajé unos días a pie por las Hurdes, cuyas montañas estaban pobladas de extensos bosques de pinos. Un tiempo después gran parte de ellos fueron pasto de las llamas, y El país publicaba un reportaje de una periodista justificando, cómo no, a los delincuentes. Éstos, según ella, representaban al pueblo, agraviado por una explotación de la madera que no le dejaba ganancias. Precisamente la repoblación forestal de los años 40-50 había comenzado la redención de aquella comarca antes paupérrima, dando trabajo y jornales que permitieron a los hurdanos salir de una economía prácticamente de trueque. Así me lo habían señalado algunos lugareños. Convertir a los delincuentes en representantes del “pueblo” ha sido una táctica muy socorrida en la izquierda, baste mencionar los incendios de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza en la república, obra del “pueblo” según los amparadores del crimen.
 
Volviendo a Galicia, en los años finales del franquismo se hablaba en círculos izquierdistas de una de las formas de “lucha” de los nacionalistas: la quema de bosques. Con ello, aseguraban, beneficiaban a los labriegos y ganaderos, o los vengaban de la repoblación “capitalista” realizada por los gobiernos de entonces. Conviene recordar estas cosas ante lo que ahora sucede. Dato lleno de significación: la actual oleada de incendios no ha provocado la más leve protesta de las pandillas de nunca mais. Cuando el accidente del Prestige, esos demagogos sin vergüenza soliviantaban a la gente afirmando que la costa quedaría estéril e improductiva durante decenas de años. Gracias a la diligencia del PP, la costa quedó limpia en poco tiempo y los damnificados recibieron indemnizaciones considerables. En cambio, los miles de hectáreas de bosques quemados tardarán decenios en regenerarse, y ello si las lluvias no se llevan el suelo fértil. Pero eso trae al fresco a los demagogos. Y el PP agacha la cabeza y no sabe qué hacer ni qué decir.

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