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Columna publicada el 04-06-2002
Una causa profunda del arraigo del nacionalismo vasco, incluido el del tiro en la nuca y el coche bomba, radica en la actitud de buena (o mala) parte del clero. A esa parte, al parecer dominante en Vasconia, le han subyugado las promesas antiliberales y semiteocráticas del nacionalismo, junto con la emotividad pueril de guiar a una especie de “pueblo elegido”. Debía hacerse una antología de sandeces escritas por curas nacionalistas sobre el Rh negativo, la “raza” vasca como la más alejada del cuadrúpedo, la equiparación del terrorista muerto por su propia bomba con el espíritu de Cristo, etc.
Durante la guerra civil, el PNV, y con él numerosos curas, tomaron partido por los revolucionarios, organizadores de la gran matanza de eclesiásticos y católicos, de la quema y saqueo de iglesias, etc., y desplegaron una intensa campaña internacional para disimular o negar tales hechos. Las tropas de Mola fusilaron en Guipúzcoa a 14 clérigos nacionalistas, y el clero peneuvista denunció el crimen a todos los vientos. Pero, como observa Madariaga, hay gran distancia de esos fusilamientos esporádicos, “por razones políticas, y a pesar de ser sacerdotes, a una persecución sistemática y a un asesinato en masa de sacerdotes precisamente por serlo”. Colmo de doblez, el PNV y su clero pasaron por alto el asesinato de 55 sacerdotes en la zona vasca dominada por ellos y los revolucionarios conjuntamente, y el de cientos de curas vascos en el resto de España.
Terminada la guerra, parecieron irse diluyendo esos problemas. En los años duros del franquismo, ni el clero nacionalista ni el PNV hicieron nada digno de mención. Pero en los años 60, cuando la dictadura evolucionaba hacia un creciente aperturismo, aquellos aprovecharon el riesgo mucho menor, e imbuidos de la teología de la “liberación” y del “diálogo cristiano-marxista”, ayudaron poderosamente y participaron en el resurgir de las fuerzas que habían llevado a la guerra civil, y sin que éstas hubieran cambiado gran cosa. Esa parte de la Iglesia apoyó a la extrema izquierda antidemocrática: al comunismo, a diversos grupos maoístas y al terrorismo nacionalista, en Vasconia y en el resto del país. Después de Franco, siguen comprometidos con la plaga etarra.
El episcopado no firmó el Pacto Antiterrorista. Tampoco tenía por qué. Por contra, ahora los obispos nacionalistas y numerosos curas han tomado partido a favor de la ETA. No lo dicen así, naturalmente. Dicen buscar la paz… potenciando con toda suerte de ventajas legales a quienes la perturban. Con esa demagogia envenenan y envilecen a miles vascos que se dejan pastorear por ellos. En realidad no predican la paz, sino la justificación del crimen.
La libertad, de la que está privada buena parte del pueblo vasco por la vesania nacionalista, apenas les importa. Ni las víctimas. Como decía Anguita de Pujol, en frase afortunada, “predican el odio con palabras suaves”. No piden perdón por semejante historial. Al contrario, creen que deben pedírselo los demás a ellos

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