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Antony Beevor

El cultivo del odio

Antony Beevor, que no parece saber muy bien de qué habla cuando aborda la guerra de España, ha hecho unas declaraciones pintorescas a varios periódicos, entre ellas ésta, a El País: "Los republicanos intentaron poner orden en sus filas y evitar la barbarie. Los militares rebeldes, en cambio, alentaron el horror". Beevor anda algo atrasadillo, y le habría convenido leer, por ejemplo, Los mitos de la represión, de Martín Rubio. Tales bobadas se han difundido muchísimo por parte de historiadores desaliñados, las he tratado en otras ocasiones, y no voy a insistir ahora en ellas. Pero hojeando la documentación aportada por el editor, Ruiz Portella, a mi libro 1936, el asalto final a la República, encuentro esta encuesta del periódico satírico La traca: “¿Qué haría usted con la gente de sotana?”. Incluye 345 respuestas del estilo de las siguientes:
 
“Cocerlos como se cuecen los capachos; los prensaba y luego el jugo que soltaran lo quemaba, y con las cenizas y pólvora cañoneaba el palacio del Papa”
“Pelarlos, cocerlos, ponerlos en latas de conserva y mandarlos como alimento a las tropas italianas fascistas de Abisinia
“Caparlos y ponerlos a pan y agua, incluyendo al Papa”.
“Darles una buena paliza de quinientos palos a la salida del sol de cada día”
“Lo que se hace con las uvas: a los buenos, colgarlos, y a los malos, pisotearlos hasta que no les quedara una gota de sangre”
“Castrarlos, hacerles tirar de un carretón, hacerlos en salsa y darlos a comer a Gil Robles y al ex ministro Salmón
“Hacerles sufrir pasión y muerte, como Cristo, a ver si, como dignos representantes suyos, lo sufrían con aquella resignación del Nazareno. Si le imitaban en todo, entonces, después de muertos, sería cuando creería en ellos”
“¡Pobrecitos curas! Es tanto lo que les quiero, que uno a uno los haría colgar de la torre de mi pueblo para que no hicieran más crímenes, que bastantes han hecho ¡Canallas!”
 “Ponerlos en los cables de luz eléctrica, rociarlos con gasolina, pegarles fuego y después hacer morcillas de ellos para alimento de las bestias”
“Castrarlos. Molerlos. Hervirlos. Hacerlos zurrapas. Echarlos a la estercolera”
 
Y así sucesivamente. Las respuestas venían de todas partes del país, e incluían los nombres de los autores. Desde luego podríamos tomarlos por desahogos grotescos, sin más, pero sabemos que expresaban un ambiente de sadismo y una voluntad reales, como quedó sobradamente demostrado durante la guerra. Pues bien, ese ambiente no nació de la nada, sino de una propaganda orquestada sistemáticamente por los partidos de izquierda. Para comprender cómo esos partidos alentaban el horror que Beevor atribuye en exclusiva a los militares sublevados, basta recordar las reacciones de políticos pretendidamente moderados, como las risas con que Companys hablaba del exterminio del clero no nacionalista en Cataluña (él trató de salvar a los curas nacionalistas, empezando por el cardenal Vidal), o la sequedad escalofriante con que Azaña comenta el asesinato de quienes fueron sus profesores en El Escorial. Sin mucho esfuerzo entendemos la actitud de los menos moderados.
 
Si el señor Beevor entendiera de qué habla, sabría que el cultivo de un odio visceral, a los curas y a la derecha en general, fue cultivado por gran parte de la izquierda durante todo el tiempo que duró la república, y muy en especial desde que el proceso revolucionario se hizo imparable, a raíz de la victoria electoral derechista de 1933. El odio aparecía en la prensa socialista, por ejemplo, como una virtud en la lucha de clases, y la derecha hubo de soportar año tras año esos constantes insultos, amenazas e incitaciones al linchamiento, acompañados de infinidad de agresiones. Ello no justifica, desde luego, la brutal reacción de los sublevados en 1936, pero ayuda a explicarla.
 
Irritan estas leyendas en estudios presuntamente imparciales que no aportan nada nuevo y repiten incansablemente falsedades ya suficientemente desenmascaradas. Seguimos en una campaña para recobrar la “memoria histórica” no mucho mejor que aquellas otras campañas de odio de la república. De otros aspectos del libro de Beevor pienso ocuparme algo más a fondo.

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