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Columna publicada el 15-04-2002
Desde luego, Israel tiene todo el derecho a defenderse del terrorismo y la agresión, y sin duda muchos que proponen soluciones en apariencia razonables niegan en el fondo ese derecho. Hace poco un lector comentaba qué sería de Israel si su existencia dependiera de Europa. Sería entonces muy concebible un segundo holocausto, eso sí, envuelto en condenas y aspavientos de los dirigentes europeos. Pero una cosa es tener el derecho, y otra realizar las acciones adecuadas para defenderse. La victoria exige, además de la razón moral, una estrategia apropiada a la situación.
La ofensiva de Sharón parece tener dos objetivos fundamentales: destruir la "infraestructura" del terrorismo, y castigar a las autoridades palestinas de tal modo que en una negociación ulterior acepten las colonias israelíes en Cisjordania. Cabe dudar de que consiga ninguno de esos objetivos, el primero, porque esa infraestructura es fácil de reconstruir, de modo que aunque la aniquile, reaparecerá en poco tiempo, máxime cuando los terroristas disponen de santuarios en varios países próximos, que Israel no está en condiciones de suprimir. Lo segundo, porque la autoridad palestina no es, ni probablemente lo será por largo tiempo, democrática, y no le importará sacrificar a cualquier número de sus propios súbditos. Tampoco tiene Sharón muchas posibilidades de instalar entre los palestinos un partido projudío, o al menos comprensivo hacia Israel, y pasablemente orientado a la democracia: no es la misma situación que en Afganistán. A mi juicio la siembra de colonias en esos territorios es un enorme error, que puede terminar en derrota moral para el estado hebreo, si éste tiene que ceder finalmente, o bien en la prosecución interminable del conflicto, lo cual le perjudicará más, a la larga, que a los corrompidos líderes palestinos.
La esencia del problema consiste en que judíos y palestinos reivindican la misma tierra y se consideran ambos con derechos históricos sobre ella. Y lo que impide una solución definitiva por la violencia es que ambos bandos tienen detrás fuerzas mucho más poderosas. Pero a quienes interesa la paz es fundamentalmente a los judíos, y para alcanzarla deberán ceder, como en el caso de Egipto, algunos territorios. No se percibe desde fuera otra solución que la ya establecida en principio: la creación de un estado palestino en Cisjordania y Gaza. Sería una ingenuidad creer que ese estado iba a respetar la existencia de Israel: seguramente plantearía constantes reivindicaciones y provocaciones, pero también es cierto que no podría constituir una amenaza real, por su propia debilidad relativa, por encontrarse rodeado de dos países, Jordania y Egipto, favorables al entendimiento con los hebreos, y por tener, cada vez más, intereses concretos que defender y represalias que temer. Con unas fronteras bien aseguradas, incluso blindadas, parece razonable esperar que la situación termine estabilizándose en une convivencia aceptable, aunque deba transcurrir para ello quizá una generación.

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