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El descrédito del pudor

Los vejetes de mi quinta y más antiguos recordarán todavía aquella canción:
Ahora que nadie nos ve
vuelve a besarme otra vez.
Rinconcito del café…


Eran tiempos más recatados, cuando el sentimiento de la intimidad, el pudor, tenía un valor hoy desechado, sobre todo en la relación sexual. En mi época de marxista discutí alguna vez si el pudor era un sentimiento natural o una actitud “ideológica”. Por supuesto, prevaleció la segunda opinión. El ser humano es social, sus actitudes y sentimientos reflejan el tipo de sociedad en que vive, responden a intereses de clase, burgueses en nuestro caso. Como por entonces se hermanaba a Marx con Freud, el pudor solía rechazarse como un prejuicio burgués y manifestación de la represión sexual. Señalaré dos paradojas, sin darles ahora vueltas: en los países socialistas el pudor, si bien excluido como una manifestación de la individualidad, reaparecía como pudibundez impuesta por el estado; y en los países occidentales, un rechazo nacido de dos ideologías en apariencia muertas, como el marxismo o el freudismo, ha triunfado tan plenamente que hoy el exhibicionismo sexual triunfa entre un completo descrédito del pudor. Para probar el último aserto basta con dar un repaso a la publicidad, la televisión, el cine y, en general, a la cultura de masas.

Sospecho, con todo, que el pudor es más natural de lo que parece. A mi hija –ustedes perdonen–, a quien nunca instruí en ese sentido, le producía desde muy pequeña un intenso desagrado el omnipresente “besuqueo”, como ella dice. Cuando sea mayor piensa hacer películas, pero mucho mejores que las de ahora, por lo pronto sin “besuqueo”. No sé si tendrá algún éxito. También los niños muestran un sentimiento de la intimidad, aunque lo que pudiéramos llamar ideología dominante lo reprima sin contemplaciones: hasta en la enseñanza, por lo menos la pública, la instrucción para los niños es jaimitesca, y por ahí andan los impúdicos profesores y politicastros metiéndoles condones en los colegios.

Supongo, por tanto, que el exhibicionismo actual es tan natural, o tan poco, como la pudibundez comunista, e igualmente impuesto, si bien la imposición en nuestras sociedades aparece mucho más difusa. Así, el pudor y el exhibicionismo reflejan la condición humana, pero no deben de ser equivalentes. El pudor –distinto del sentimiento de la privacidad– surge probablemente de la fuerte individualización propia del ser humano, mientras que el exhibicionismo enraizaría, más bien, en su animalidad y tendencia gregaria. No sería casual, así, que los insultos tradicionales a los impúdicos, especialmente en el terreno sexual, suelan hacer referencia a animales: perro o perra, puerco, zorra, etc.