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Rodríguez Zapatero

El fundamentalista anticonstitucional

Cuando Rodríguez llegó al poder tras el golpe del terrorismo islámico, Rajoy se apresuró a ofrecerle su apoyo ante la ofensiva emprendida simultáneamente por los nacionalistas catalanes y vascos más el también nacionalista partido de Maragall (el cual, aunque teóricamente integrado en el PSOE, sólo está unido a éste por lazos parasitarios: influye decisivamente en el partido nacional, sin reciprocidad). Es decir, Rajoy quería apoyar a Rodríguez frente al proyecto de hundir la Constitución y disgregar España, expuesto con total claridad por los nacionalistas, por activa y por pasiva.
 
A estas alturas resulta evidente que Rodríguez ha optado por los separatistas. Ya en otras ocasiones el nietísimo expuso con poco disimulo su desdén por la Nación española, oponiéndola al "bienestar y la libertad de los ciudadanos", bienestar y libertad que él mismo está amenazando. Y ahora, en el Senado, ha repetido su pensamiento o falta de él, llamando "fundamentalista" a quien hablaba de la Nación española. El concepto de nación es "muy discutible", afirmó, verlo de otra forma sería "fundamentalista", España puede ser "nación o naciones", y la Constitución proclama solamente "la unidad del Estado".
 
Naturalmente, el concepto de nación es discutible, como también los de libertad, libertades políticas, democracia y otros muchos, sobre los cuales existen las posiciones más diversas. Todos esos conceptos, y la manera de aplicarlos, son y deben ser objeto de discusión teórica. Pero, aparte de que las luces de Rodríguez no parecen hacerle muy apto para las tareas del pensamiento, en la política práctica un gobernante no puede dedicarse a ponerlos en cuestión, sino que debe aceptarlos tal como señalan las leyes. La Constitución no habla de la unidad del Estado (término por el que los separatistas y buena parte de la izquierda quieren sustituir el de España), sino de la Nación española. Cuando Rodríguez cambia una cosa por la otra no manifiesta simple ignorancia, sino que torpedea un fundamento de nuestra convivencia en libertad, el fundamento que atribuye la soberanía al pueblo español en su conjunto, no a partes de él como pretenden los separatistas. Rodríguez ataca claramente la Constitución, y lo hace en la misma línea y estilo de los separatistas con quienes ha optado por aliarse.
 
El problema va ligado estrechamente al de la democracia. Muchos sistemas, incluido el de Castro –al que tanto está beneficiando el gobierno de Rodríguez–, se proclaman democracias. Probablemente también los terroristas musulmanes hablen de democracia islámica o cosa semejante… y Rodríguez les ha premiado su masacre en Madrid con la retirada de las tropas de Irak. Todo esto no son casualidades ni mero producto de una grosera ignorancia. Resultan de una concepción poco o nada afín a la de la nuestra democracia de libertades que garantiza la Constitución.
 
Tampoco es casual que sea en los territorios donde gobiernan los separatistas donde menos libertades haya en España. Donde, como en las Vascongadas, gran parte de la población está constantemente amenazada, gracias a la hipócrita complicidad del PNV con los asesinos; o privada de elementales derechos en la enseñanza y en la vida oficial, como en Cataluña. No por casualidad esos partidos se aconchaban con los terroristas de la ETA y muestran "comprensión" no a sus víctimas, sino a ella y su aparato político; o hablan de montar "un drama", o de volver al 36.
 
Ni es casual que el PSOE siga siendo básicamente el mismo, sin regeneración alguna, de la época de corrupción rampante, de empeño por destruir la independencia del poder judicial, de mezcla de claudicación y de delincuencia ante el terrorismo, de ataques a la libertad de expresión, etc. El partido que, cuando el asunto del Prestige y de la guerra contra Sadam, expandió por toda España un ambiente similar al impuesto por los nacionalistas en las Vascongadas; el que auspicia la recuperación de los rencores de la guerra civil y deja al pueblo iraquí a merced de los mismos terroristas y genocidas de la matanza de Madrid, y pide a los demás gobiernos que le imiten. El partido que retuerce y pervierte el lenguaje presentando tales fechorías como hazañas de la libertad y hasta de la reconciliación.
 
El fundamento de todas estas actitudes consiste en el doble odio a la democracia y a la unidad de España. Una tara, un "fundamentalismo" muy arraigado en nuestra desdichada izquierda y nuestros separatismos, el fundamentalismo que los llevó a desear, organizar y llevar a cabo la guerra civil en los años 30, convencidos de que iban a ganarla. Al parecer, ahora vuelven a sentirse fuertes, y demuestran no haber cambiado en el grado deseable. Pues, como ellos mismos indican a menudo, si en la transición se mostraron pasablemente razonables y demócratas, dispuestos a enterrar los viejos fantasmas, se debió tan sólo a que no se encontraban lo bastante fuertes para otra cosa.
 
¿Puede cambiar Rodríguez su peligroso impulso? Ojalá, pero no se ven muchas trazas de ello. Me gustaría transmitir a los lectores mi impresión de alarma, porque no estamos ante ninguna broma. Como decía Julián Marías, cada cual debiera preguntarse, no "qué va a pasar", sino "qué puedo hacer". Qué puedo hacer para que no pase.

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