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Columna publicada el 29-04-2003
En las manifestaciones con pretexto de la guerra de Irak, las izquierdas –y no creo que hayan sido sólo los residuos comunistas–, han gritado repetidamente aquello de “¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!”, la consigna empleada en otros tiempos para desviar la atención del terrorismo real, el de la ETA, y darle así apoyo encubierto. Los “fascistas”, ahora, eran los del PP. De modo parecido han intentado disimular su apoyo a los crímenes de Castro con la argucia de que también se condena a muerte en Usa, como si la ejecución de un violador y asesino en un país democrático pudiera compararse a la de unos desesperados que trataban de huir de una tiranía monstruosa.
Creíamos superado ese mal, pero, como vemos, sigue afectando a la izquierda española. Pues tanto el castrismo como la ETA son a su vez movimientos de izquierda, ante los cuales aquella se siente débil, por efecto de su mala conciencia. Castro y la ETA son consecuentemente antidemócratas y anticapitalistas, y no hace tanto tiempo que la izquierda proclamaba aquí que la democracia “burguesa” era un camelo del capital para encubrir la explotación de las masas, y que el capitalismo vivía sus últimos tiempos. Ya no lo dicen, y muchos tampoco lo piensan, pero persiste en ese ambiente una nostalgia por las certidumbres del pasado, cuyo derrumbe no acaban de entender. Se ha visto en las semanas de la guerra iraquí, cuando Zapatero marchaba al lado de Llamazares, al lado de anarquistas y jacobinos con la bandera de la II República (que no la republicana, pues la república de 1873 mantuvo la bandera tradicional). Al lado, directa o indirectamente, de Ibarreche, Otegui o Madrazo. Al lado de pancartas, gritos y consignas histéricas, de asaltos, amenazas y actos de violencia que por unas semanas extendieron por toda España el ambiente siniestro impuesto en Vascongadas por los nacionalistas con apoyo comunista. Parecía resurgir algo parecido al Frente Popular.
Algunos opinan que ha sido simplemente un episodio extraño, una especie de desliz deplorable, pero poco significativo. Eso quisiéramos todos. Pero si en apariencia las aguas están volviendo a su cauce, no se debe a que Zapatero y compañía hayan recapacitado, sino al hecho, tan lamentable para ellos, de que la guerra terminó muy pronto. En realidad todos se enardecían con la perspectiva de una guerra que durase, por lo menos, hasta las elecciones municipales, y que les permitiese crear el clima de excitación y demagogia propicio para hundir al PP.
La realidad ha vuelto a manifestarse en relación con Castro. ¿Dónde han estado ahora los llamamientos, las pancartas y las movilizaciones? Sólo algunas protestas febles, aisladas, retorcidas y forzadas.
Y mientras la izquierda siga aquejada de ese mal, no podremos dar por definitivamente asentada la democracia en España. Estas semanas el lobo ha asomado las orejas. No se trata de ponerse histéricos, pero sería una frivolidad olvidarlo.

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