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La corrupción es seguramente el rasgo más distintivo del PSOE. Antaño fue el marxismo, la ideología que le llevó a organizar la guerra civil. La ideología más liberticida y sanguinaria del siglo XX, en rivalidad con la de Hitler. El partido pareció democratizarse durante la Transición, al abandonar su marxismo, pero no lo sustituyó con nada. Con nada, entiéndase, salvo unas ansias infinitas de poder y fondos públicos, y de enterrar al fastidioso Montesquieu. Pese a haber perdido el poder por ello, el PSOE no se ha regenerado en absoluto: ahí sigue con sus montillas, sus porcentajes, sus mangoneos con opas turbias y contra la libre competencia, sus negocietes en Andalucía...
Es una tradición bien asentada. Durante la guerra civil, los de los cien años de honradez montaron un tinglado criminal con la compra de armas, trayendo, a precios escandalosos por las comisiones, miles de toneladas de chatarra que luego pagaron con su sangre tantos soldados en el frente. Por no hablar del expolio generalizado del patrimonio cultural español, reducido a propiedad del partido –de sus jefes, se entiende–, como han vuelto a hacer con el archivo de Salamanca. O del saqueo de las cajas de seguridad de los bancos y hasta de los montes de piedad. Nadie podría encarnar mejor esta nueva etapa que un personajillo como el Iluminado de la Moncloa, ignaro, retorcido, hipócrita, y con manías de grandeza.
Sus socios, los nacionalismos vasco y catalán, nunca fueron vasquistas o catalanistas, sino antiespañoles y, por tanto, desastrosos para España y para las respectivas regiones. Su ambición se cifra en retrotraer políticamente al país a la Edad Media e implantar en Cataluña y Vascongadas regímenes contra los derechos ciudadanos. En su nefasto historial han parasitado siempre las libertades para destruir el sistema que las hacía posible, y han claudicado vergonzosamente ante las dictaduras traídas por su demagogia y la marxista. Excepción a lo último, la ETA: cuadrillas de asesinos especializados en el tiro en la nuca.
Socialistas y separatistas, nunca lejos del terrorismo, han terminado conjuntándose con éste, desde hace tres o cuatro años, para arruinar la obra de la Transición. Es decir, para echar abajo la reconciliación ciudadana, la moderación política y las libertades. Para liquidar mediante intrigas y manejos ilegales la Constitución de más amplio consenso de la historia de España, sustituyéndola por acuerdos oscuros y manejos que, por su propio carácter, jamás hallarán la lealtad o la conformidad de la mayoría de los ciudadanos. Con ello abren un nuevo período de inestabilidad, como si el país hubiera sufrido pocos en su historia contemporánea.
Carod estableció la pauta, y la ETA, hace poco contra las cuerdas gracias a la aplicación de la ley, vuelve a marcar la agenda política del país, gracias a la vulneración de la ley por quienes prometieron cumplirla y hacerla cumplir. El eje de la maniobra consiste en la sustitución de la legalidad por los chanchullos con los asesinos de Miguel Ángel Blanco y tantos más, con los secuestradores de Ortega Lara y tantos más. ¡Se requiere un espíritu verdaderamente corrompido para llegar hasta ahí! Parecía imposible.
A cambio de la demolición del mejor sistema de convivencia tenido por España en dos siglos, los corruptos, los separatistas y los asesinos nos ofrecen "la paz". Una paz amenazada precisamente por ellos, pero que nunca lograron quebrar, sólo perturbar, porque en fin de cuentas son demasiado insignificantes para tal cosa. Obran como los gángster que exigen dinero a cambio de su "protección". A eso han rebajado entre todos la política.
Cuando el PP probó tímidamente a cambiar la ley de enseñanza impuesta por los corruptos, fomentadora del fracaso escolar y de la generación del botellón, Peces Barba llamó a la desobediencia civil. El enemigo de las víctimas del terrorismo argüía, con plena falsedad, que la reforma propuesta por el PP era "antidemocrática y anticonstitucional". Lo que sí es antidemocrático y anticonstitucional, por principio y en cada detalle, es el pacto entre los corruptos y los asesinos, y a una ofensiva de tal envergadura contra las bases de nuestra convivencia sí procede replicar como Peces Barba recomendaba. A una estocada de intención mortal no puede contestarse con un alfilerazo. De eso se trata, y la sociedad debe responder. O renunciar a todo lo construido y avanzado con la Transición y desde ella.

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