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Frentepopulismo

El soborno como combustible del odio

Uno de los seudomitos más socorridos y falsos es el de que la transición produjo la reconciliación entre los españoles. En verdad ocurrió al revés: la reconciliación ya alcanzada hacía muchos años permitió una transición relativamente poco traumática frente a quienes, en plan rupturista, querían resucitar los odios del pasado y empalmar con el Frente Popular.

En Años de hierro, y al hilo de una reflexión de Julián Marías, señalé que muy pocos de los antiguos partidarios del Frente Popular se sintieron vencidos después de la guerra, a pesar de las depuraciones y los juicios. Habían visto la enorme corrupción, el terror, los asesinatos y luchas civiles entre las propias izquierdas y la huida de sus jefes cargados de tesoros: como para seguir creyendo en aquel Himalaya de mentiras, según lo calificó Besteiro. La inmensa mayoría optó por acomodarse a la nueva situación y casi todos lo consiguieron, tras las dificultades de los primeros tiempos. Vencedores y vencidos se casaron entre ellos, hicieron negocios entre ellos, se emplearon o desemplearon entre ellos y coincidieron en fábricas, en oficinas, en tascas y en tertulias sin entrar en polémicas sobre el pasado. La inmensa mayoría, de izquierda y de derecha, aceptó la guerra y su desenlace y cuando los esperanzados comunistas lanzaron el maquis en circunstancias aparentemente inmejorables para ellos, encontraron el vacío entre la población, lo que facilitó su derrota. Y puedo dar constancia de la enorme dificultad que, ya hacia el final del régimen, teníamos los antifranquistas para mover a la gente, engañándola a menudo con reivindicaciones salariales o de cualquier otro tipo para llevarlas a nuestro terreno.

Pero, desde la transición, los frustrados rupturistas hicieron lo posible por remover los rencores del pasado, falsificando la historia a conciencia en sus poderosos medios de masas (¡Pues no tenemos al ex director de El País, de familia falangista y trepador en el franquismo, sosteniendo que la guerra fue un conflicto "entre pobres y ricos"! ¡He aquí el nivel intelectual de muchos formadores de opinión en este país!).

El penúltimo invento al respecto han sido las fosas. Con su habitual desenvoltura hablan de genocidio y afirman que hay en las fosas, o "desaparecidos", 140.000 personas. Como podían decir 1.400.000 ó 14.000, aunque después de muchos años y subvenciones sólo han logrado desenterrar a unos pocos centenares, a veces de incierta procedencia, muchos, quizá, caídos en combate y enterrados apresuradamente.

La estafa se extiende a la pretensión de aparecer como "los familiares de los muertos" o representantes de ellos. ¿Quiénes los eligieron para tal obra? Ellos mismos, con todo su provechoso descaro, pues de ahí les viene dinero de todos y pueden verter su propaganda envenenada, vistiendo al Frente Popular con el traje de la legalidad y la democracia.

Pero están resucitando rencores, efectivamente. Uno de esos especuladores del odio, profesor de la universidad de Extremadura, hablaba de la humillación, el desconsuelo y la ira contenida de tantos familiares que "habían tenido que callar" hasta ahora. Como si desde la transición se hubiera hablado de otra cosa que de las víctimas de izquierdas, presentadas fraudulentamente como luchadores "por la libertad". Gente lo bastante enferma para guardar intacto el rencor durante casi setenta años debe de haber muy poca. Sin embargo, el Gobierno "rojo" sabe cómo estimular el odio: mediante el soborno. Su ley de equiparación de asesinos chekistas e inocentes ofrece reparaciones, esto es, dinero, esto es, sobornos, a las familias de las supuestas víctimas por la libertad, incluyendo entre ellas a los héroes del tiro en la nuca etarras. Poca gente se resiste a tales premios a cambio de los cuales el Gobierno sólo les exige rehacer su propia memoria. La corrupción, pegada al socialismo como la lapa a la roca. Siempre.

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