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El tirano Mohamed nos tantea

La tiranía marroquí está tomando el pulso a España mediante repetidas provocaciones, pues la invasión del islote del Perejil no es la primera, y llega, curiosamente, con motivo de una crisis de gobierno y de los pujos separatistas de PNV-Batasuna-ETA. Esas acciones no son casuales, y entran en una estrategia general, uno de cuyos aspectos es la introducción del mayor número de inmigrantes africanos y en especial marroquíes, súbditos políticos y religiosos de Mohamed VI, con vistas a crear las mayores dificultades a nuestro país y, desde luego, una quinta columna.

Salta a la vista que Mohamed nos tiene poco respeto, y no le faltan razones. Cuando el jefe de la oposición, el vacuo Rodríguez Zapatero, se deja retratar debajo de un mapa en que Canarias aparece como parte de Marruecos, aquél puede imaginar una debilidad estructural, y la disposición de la oposición a poner zancadillas al ejecutivo o a aceptar cualquier cosa en nombre de una supuesta paz. Si la réplica no empieza a ser contundente, el tirano llegará a convencerse de nuestra flaqueza, e irá a más. Así ocurrió con Hitler y, siempre, con la agresiones de los dictadores.

Nada más peligroso, como demuestra la historia, que la frivolidad y las falsas ilusiones en el terreno de la política, donde se juega el destino de millones de personas. España debe plantearse una estrategia seria a este respecto, porque sólo desde el realismo y la claridad de ideas acerca de las aspiraciones de Mohamed puede trazarse una vía de acción capaz de evitar males mayores. Debemos encuadrar actos como los vistos en un doble marco: el evidente imperialismo marroquí hacia su entorno (Sahara, Ceuta y Melilla, Canarias y todo lo que pueda), y el estado de ebullición del mundo musulmán, manifiesto en mil hechos, desde las persecuciones sangrientas contra los cristianos en algunos países, hasta el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Rabat chantajea, además, con su posición como régimen de confianza de Usa y de Francia en el Magreb.

La debilidad interna del tirano es, sin embargo, muy grande, y España no debe temer jugar con el apoyo a los muchos factores de disgregación del imperio marroquí, desde el descontento del Rif al de los saharauis, y, sobre todo, a los movimientos democráticos que pueda haber en Marruecos. Una activa propaganda democrática entre los inmigrantes, que podría emprender cualquier ONG, sería, aparte de una acción en pro de la libertad y un acto de autodefensa, una medida capaz de hacer reflexionar al déspota. En cuanto a Usa y Francia, cabe esperar que sepan poner en la balanza sus intereses en Marruecos y en España, y vuelquen su influencia en contener al agresor que busca crear nuevos focos de tensión a nuestra costa y en nuestras costas.