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Columna publicada el 11-12-2000
Hablaba yo hace poco con una irlandesa que estudiaba en España y un nacionalista catalán, el cual explicaba a la chica las fechorías anticatalanas del franquismo. Al parecer Franco había sumido a Cataluña en la más afrentosa miseria material, cultural y espiritual. Algo harto, le interrumpí: “Siendo así, ¿cómo es que hubo tan poca oposición nacionalista al franquismo?. O estás exagerando mucho, o los nacionalistas eran muy cobardes, o en el fondo les traía al fresco lo que pasaba”. El hombre me miró boquiabierto y furioso. No había pensado en el asunto. “Si, --continué--, porque el noventa por ciento de la oposición al franquismo en Cataluña la hicieron las Comisiones Obreras y los grupos comunistas. Y hay que reconocer que ellos incluían en sus reivindicaciones el idioma catalán. Luego las nueces, como diría Arzallus, las cogieron los nacionalistas sin apenas haber sacudido el árbol, y se pusieron a imitar a Franco, pero contra los castellanohablantes”.
Como es natural, fue imposible continuar la conversación en términos racionales.
Recientemente comentaba Méndez Ferrín en El Faro de Vigo “qué pocos éramos los que resistíamos al franquismo”, comparándolo con la leyenda de la resistencia fancesa a los nazis, tan magnificada luego. Los antifranquistas éramos pocos en vida de Franco, pero después de muerto éste, el movimiento antifranquista ha cobrado volumen e ímpetu, y cada día inflige una nueva derrota al dictador: está ya a punto de hacerle perder la misma guerra civil. Preston ha demostrado que aquel tenía que haberla perdido, tenía que haber entrado en la guerra mundial, tenía que haberse hundido al final de esta última, tenía que haber impedido cualquier posible desarrollo económico, etc. Lo contrario tiene que ser un espejismo de la historia, un imposible, porque, se ha descubierto también, Franco era un perfecto inútil. Malvado y astuto, sí, pero un zoquete o, en versiones más benévolas, un mediocre irreparable. Recuerdo que la oposición de entonces le tenía un respeto supersticioso, y casi nadie suponía que pudiera hacerse algo decisivo contra él mientras permaneciese en vida ¡ Qué equivocación, en la que no caen los aguerridos antifranquistas de ahora!.
Lo que Méndez Ferrín calla es que los resistentes éramos casi todos comunistas, y que incluso quienes no lo eran giraban en montajes comunistas: CCOO, Sindicato Democrático, Asamblea de Cataluña, etc. ¡Pero luchaban por la democracia”, se afirma. No. La democracia era un paso para implantar el “socialismo real”, arrastrando con demagogia a la “pequeña burguesía” y similares. A tal punto imprimió carácter esa peculiar “lucha por la democracia” que todavía hoy muchos que nunca han sido comunistas sienten una beata complacencia hacia regímenes como el de Castro, mucho peores desde todos los puntos de vista que el de Franco.

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