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Columna publicada el 18-04-2002
A menudo se califica de "amoral" a alguien, o a alguna obra, entre las que El príncipe de Maquiavelo es un clásico. Se supone que tales personas actúan, o tales obras prescriben, una conducta al margen de cualquier fin que no sea el éxito o el placer material. Por eso resultarían ajenas a los principios morales. Sin embargo me parece muy difícil la pretensión.
En realidad, algo propio de la condición humana impone la moral: la multiplicidad de nuestros deseos, que obliga a valorar y elegir. Esa necesidad, servidumbre liberadora, si así queremos llamarla, nos separa del paraíso animal. La condición humana resultaría cómoda si la elección fuera un ejercicio simple o automático. No ocurre así porque la opción mejor casi nunca se presenta como una evidencia, y apreciarla se hace a menudo muy complicado. La necesidad de elegir y valorar forma una especie de cono desde una base amplia constituida por las actividades más banales y de escasas consecuencias, como elegir un menú, hasta las menos frecuentes, y más peligrosas, en que se juega nuestro destino. El problema, o uno de ellos, es que la punta del cono se pierde entre nubes, escapa a nuestra vista o comprensión. Por ello las normas o mandatos morales de valor general, establecidos por una mezcla de experiencia histórica y de intuición del espíritu, remiten a un misterioso designio divino, ante el cual oscilamos entre el acatamiento y la rebelión.
El atractivo de Maquiavelo y tantos más reside en su propuesta de colocar en el vértice del cono unos principios claros y racionales. No hay en él, pues, amoralidad, sino una moralidad ordenada desde el mandato del puro éxito o el placer, en sustitución de las órdenes divinas. De ahí derivan nuevas normas, pues una conducta totalmente anárquica llevaría a un seguro fracaso. El príncipe por ejemplo, viene a ser un compendio de normas para ganar y asegurar el poder, terreno de durísima competencia, donde la derrota ha solido acarrear la muerte. En él, la justificación consiste en el éxito. Una moral sustituye a otra. Quizá falsa, no deja de ser moral. La amoralidad sólo está al alcance de los animales.
Todos deseamos el éxito y el placer, y nos gustaría tener un manual para garantizárnoslos. Sin embargo la experiencia nos dice que alcanza el éxito sólo una ínfima minoría de quienes lo ambicionan de forma "amoral", sin escrúpulos, y que también lo alcanzan, en cambio, personas "morales". Lo mismo ocurre con el placer: su persecución obliga a veces a esfuerzos desproporcionados, y desemboca a menudo en el sufrimiento. Por tanto, la inescrupulosa supeditación de todos los esfuerzos y recursos intelectuales a la búsqueda del éxito y el placer no garantiza su logro. Tampoco quienes actúan de esa manera disfrutan necesariamente de más éxito o placer que otros.
Volviendo a Maquiavelo, sus recetas sólo podrían tener éxito para algunos cuando la mayoría no las siguiera, pues si todos las emplearan, se neutralizarían entre sí. Ni siquiera triunfaría el más hábil en aplicarlas, pues (aparte del poderoso influjo de la suerte) podría ganar, paradójicamente, quien hiciera trampa a esas normas generales acatadas por todos, cultivando, por ejemplo, la virtud tradicional. Las normas maquiavélicas frustrarían a la práctica totalidad de los maquiavélicos. El ídolo del éxito resultaría así sumamente burlón y despiadado con sus creyentes.

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