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Archivo de Salamanca

Frente al despotismo y la balcanización

En el fondo la cuestión es muy simple: si se aplicase como principio la decisión que el gobierno quiere imponer con los papeles de Salamanca, todos los archivos y museos quedarían desguazados en pocos meses. Pero el gobierno no quiere aplicarla como principio general, sino como actuación particular, y por tanto arbitraria. Una actuación basada tan solo en sus intereses de partido, destinada a satisfacer las exigencias de los separatistas catalanes, extraños aliados de este extraño gobierno. Y cuyo fondo es considerar el patrimonio cultural de España como propiedad particular de los gobernantes, perfectamente enajenable según sus conveniencias políticas.
 
Se trata, por lo tanto, de un acto despótico, que el PSOE intenta perpetrar con ese estilo demagógico y prepotente tan típico: basta ver a los diputados socialistas castellanos aprobando la moción entre risas. Seguramente se reían recordando sus anteriores posturas y la de Caldera, cuando afirmaban más o menos que los papeles sólo saldrían por encima de sus cadáveres. Así de despreciables son las posiciones de unos personajes que están degradando aceleradamente la democracia en demagogia, y ajenos a cualquier principio que no sea disfrutar del poder.
 
Quien conozca la historia recordará la misma actitud, exactamente, en el saqueo de museos, iglesias y bienes particulares por los líderes del Frente Popular: se sentían propietarios de ellos por el hecho de tener el poder. Saqueos y destrucción salvajes que han bautizado, con el mismo descaro “salvamento”.
 
Este despotismo va dirigido también, como un torpedo más, contra la unidad de España, un paso más en el proceso de balcanización del país. Se trata de complacer a individuos que no ocultan su decisión de lograr la secesión de Cataluña, y que utilizan pretextos como el de los papeles de Salamanca para sembrar el resentimiento. Sería una ingenuidad creer que el gobierno cede ante ellos por una presión irresistible. Cede ante todo por simpatía, como negocia con los asesinos por una cierta afinidad ideológica de base, aun si discrepa en los métodos.
 
Pero el despotismo debe ser contenido, y a la demagogia hay que oponerle los principios de la democracia. Pues si no lo hacemos ahora, la demagogia y el despotismo avanzarán hasta hacerse irresistibles. Ocurrió en el pasado, está ocurriendo ahora mismo en muchos países. No dejemos que vuelva a pasar aquí.