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Contra el cristianismo

Guerras, religiones y laicos peculiares

Uno de los tópicos que con más empeño y pretensiones científicas divulga la ideología progre-laicista, es que existe una relación estrecha entre las guerras y las religiones monoteístas. ¿Qué hay de cierto en ello? Naturalmente, una persona de mentalidad escéptica debe desechar las protestas y justificaciones de unos y otros y atender ante todo a la evidencia empírica, histórica en este caso.

El hecho indiscutible es que durante muchos milenios, antes y al mismo tiempo que los monoteísmos, millones de seres humanos han venido profesando creencias religiosas no monoteístas sin que eso evitara las guerras. Al contrario, éstas han sido y siguen siendo una conducta casi diríamos normal de las sociedades humanas, con cualquier forma religiosa. Así que, ¿por qué discriminar a algunas religiones? Todas tendrían la misma relación, culpa o responsabilidad, como se prefiera, con las violencias de grupo. Adviértase asimismo que el dato de que los seres humanos en todas las épocas hayan tenido, por lo común, manos y ojos, implica otra clara relación entre esos órganos y la guerra, la cual no podría hacerse sin ellos.

Pero si pasamos a la experiencia empírica actual, encontramos que solo una de las religiones monoteístas, la islámica, o algunos sectores de ella, propugna y organiza la guerra y el terrorismo, no habiendo en su ámbito una sola democracia algo seria y asentada. Y, ¡sorpresa!, nuestros laicos antimonoteístas, que además de científicos suelen proclamarse demócratas, no han cesado de promover, incluso de privilegiar, el islamismo en España y otros países. En su obsequio hasta han querido proscribir el término "terrorismo islámico", dejándolo en un insignificante "terrorismo internacional". ¿Por qué no lo han llamado terrorismo monoteísta? No se les habrá ocurrido, o quizá han preferido complacer una vez más a sus amigos musulmanes.

Lo cual nos hace sospechar vivamente que estos laicos no están contra las religiones monoteístas, como dicen, sino que utilizan el cuento para trasladar la culpa y la sensación de peligro de la religión musulmana a la cristiana, muy en especial a la católica. Precisamente los cristianos sufren persecuciones en diversos países musulmanes, con muchas víctimas mortales cada año, aparte de soportar restricciones y prohibiciones antidemocráticas. Nunca oiremos la menor protesta de nuestros laicos por todo ello. Y es que consideran esos asesinatos y abusos legales manifestaciones comprensibles y respetables de distintas "civilizaciones", con las que buscan alianza contra no se sabe qué. Bueno, se sabe muy bien.

Queda claro, entonces, que cuando hablan de religiones monoteístas como causantes de las guerras, se refieren, en realidad, a la religión cristiana, sobre todo a su rama católica. Para justificarlo suelen aludir a las "guerras de religión". Pero éstas nacieron de una mezcla de intereses religiosos con otros económicos y políticos, esto es, laicos; y además ocurrieron hace ya varios siglos, por lo que suena confuso, y, desde luego, poco científico usarlas de prueba. No obstante, esa confusión, manipulación o basura propagandística, como quiera llamarse, tendría poca importancia porque, en definitiva, lo que se nos propone es la solución a las violencias: una sociedad laica tal como ellos la entienden, incluso atea. En pro de tal maravilla, ¿qué importa si establecen relaciones arbitrarias, si utilizan fraudulentamente los conceptos, si se valen de un monoteísmo para socavar a otro, si engañan a la gente? Todo es por un bien superior, que lo justifica.

Convengamos en que el argumento tiene cierto peso. Muchos opinan que a veces hay que mentir a la gente por su propio bien. Sin embargo una persona de mentalidad científica advertirá que también tenemos una amplia experiencia de regímenes laicos y radicalmente anticristianos, recientes y mucho mejor documentados que los de hace siglos. Y esos regímenes, lejos de haber impedido las contiendas, las han desatado en el siglo XX y ahora mismo, con una brutalidad que tiene pocos precedentes, auxiliados además por la tecnología y la ciencia, que han multiplicado su capacidad mortífera.

En realidad las guerras, en su inmensa mayoría, han tenido motivos económicos y políticos, es decir, laicos, y el laicismo antirreligioso ha provocado recientemente las más sangrientas. ¿Debemos extraer de ahí la conclusión, simétrica a la estupidez que nos ocupa, de que el laicismo provoca la violencia? No, no ocurre así necesariamente, aunque sí con más frecuencia de la deseable. Los laicos que atacan a la Iglesia como lo hacen estos individuos –utilizando corruptamente el dinero de todos y proclamándose, no menos corruptamente, la única opción laica–, se sienten herederos de los laicos que provocaron la destrucción de la democracia republicana en España y organizaron una de las mayores persecuciones religiosas de la historia, con respecto a la cual no han expresado nunca el más mínimo remordimiento. Son los laicos del GAL y de los cien años de honradez, los que premian a los terroristas islámicos y demuelen la Constitución en beneficio de la ETA y los separatistas. Entre ellos y la violencia, el terrorismo y la tiranía sí existe un lazo evidentísimo y muy peligroso.

Entonces una persona de mentalidad racional y poco dispuesta a comulgar con ruedas de molino, más atenta a los hechos empíricos que a las justificaciones ideológicas, comprende fácilmente que ha de haber más de un tipo de laicismo, y que el tipo que nos proponen estos distinguidos caballeros no es el más recomendable para mantener nuestra paz y nuestras libertades.

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