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Testigo del franquismo

Julián Marías o la sensatez

Julián Marías ha sido uno de los personajes más interesantes y menos típicos de la intelectualidad española desde hace 60 años. Y no sólo como filósofo, sino también como comentarista político e historiador; y por esa razón ha sido postergado sistemáticamente por esa caterva de intelectuales chillones, demasiado politizados y ávidos de fondos públicos, que parece llenarlo todo. Su España inteligible sería rechazada por muchos “historiadores profesionales” enredosos y pesados, pero arroja luz donde otros sólo embrollan. Uno no puede menos de recordar la época en que todo escritor o escribidor deseoso de pasar por progresista debía manifestarse marxista o muy respetuoso con el marxismo; y los desprecios que desde tales alturas recibía Marías, un pensador liberal y cristiano, amante de la verdad y de una sensatez que a algunos les parecía roma. Pero su agudeza previsora se manifestó, entre otras muchas ocasiones, ya en 1978, al criticar ciertos defectos de la Constitución derivados de una excesiva ansiedad por el consenso: “Los compromisos, en el menos grato sentido de la palabra, a su vez comprometen la realidad política de España”. Ahora mismo lo estamos comprobando duramente. También enseñó: “No hay que tratar de contentar a quienes no se van a contentar”

Marías sufrió también las primeras furias y, luego, las restricciones del franquismo. Él había contribuido, al lado de Besteiro, al golpe de Casado contra Negrín, y por tanto podía esperar que los vencedores le dejasen en paz. Pero no fue así. Sus memorias ofrecen el retrato de un tiempo dominado por el afán de dar un “escarmiento ejemplar” a las izquierdas revolucionarias, y no sólo a ellas. Un compañero de estudios a quien él creía amigo le denunció por envidias u otros sentimientos oscuros. La denuncia no podía ser más ponzoñosa: “Tan falsa como incomprobable: yo habría sido colaborador de Pravda, nada menos; acompañante voluntario del bandido Deán de Canterbury; no lo había visto en mi vida (…) Se añadía que yo debía conocer toda la trama de la propaganda roja, hábil insinuación que revelaba la esperanza de que me extrajeran tan preciada información por los procedimientos usuales”. Todo dependía de la rectitud o el fanatismo de los jueces. Tuvo suerte: “Un alférez jurídico iba a tomarme declaración; me contó que habían asesinado a su padre en Madrid; pero era bien nacido (…); me dijo que me iba a leer la denuncia para poder responder a los cargos (…) Al despedirse me dijo: ‘No le doy la mano porque nos ven y pueden pensar que tenemos alguna relación; pero espiritualmente estoy con usted’”.

Salió libre, pero no sin antes haber probado el hacinamiento y pésimas condiciones de detención de aquellos días, y una temporada de cárcel donde, de vez en cuando, moría a balazos algún preso en improbables intentos de fuga. Allí las autoridades le encargaron dar cursos de alfabetización a los presos iletrados, y de francés a los más cultos.

Estas experiencias las narra Julián Marías sin el rencor, y mucho menos la incitación al rencor, frecuentes en infinidad de libros y testimonios retorcidos. Lo señalo porque estoy preparando un libro sobre los años 40, años en verdad apasionantes, muy alejados de los tópicos con que nos los presentan los mismos que tan demostrablemente han mentido sobre la república y la guerra. De las penurias y represiones de entonces escribe Marías: “Todo esto es verdad; lo que no lo es, en absoluto, es la imagen lacrimógena que suele pintarse ahora de esa época. A pesar de todo, había una tremenda gana de vivir, en gran parte por el contraste de la paz –incluso de aquella paz—con el horror sin mitigación de la guerra. Los españoles tienen fuerte vitalidad, apetitos, incluso cierta estoica indiferencia ante las adversidades. Entonces gozaban de la vida con una intensidad que acaso no se ha dado después. La escasez, la dificultad de conseguir las cosas, les daba más valor”.

Hoy se habla sin tregua del duro destino de los vencidos, pero en realidad el número de los que se sentían así fue escaso: muy pocos siguieron identificándose con un Frente Popular cuyas tropelías habían contemplado, que había sucumbido en medio de masacres entre sus propios partidos, y cuyos dirigentes habían huido con enormes sumas saqueadas al tesoro artístico e histórico español, a los particulares y hasta a los montes de piedad. Esos pocos se ampliaron con las víctimas la represión inmisericorde de los primeros años, pero la inmensa mayoría de quienes habían luchado con las izquierdas o los separatistas, o les habían votado, pusieron todos sus afanes en reconstruir sus vidas en las difíciles condiciones de la época, sin nostalgias.

“El pueblo español –observa Marías-- no se sintió aplastado, sino vivo y entero; por eso fue posible la creación, en todos los órdenes, a pesar de todas las trabas, en parte espoleadas por ellas. Los que no tenían capacidad o no se atrevían han tratado de persuadir de que no se podía. Y es frecuente que los que más abominan de los cuarenta años estuviesen adscritos con entusiasmo a su fase más dura y opresiva, al lado de la cual todo lo posterior fue venial”.

Sin necesidad de estar de acuerdo con cada palabra del filósofo, cuando uno lee frases como éstas sabe que está ante un testigo veraz, y también entiende los motivos de la persistente falsificación de la historia. El ambiente iba a resultar duro para Marías y tantos más, pero no aplastante. El régimen le manifestó su hostilidad, pero no le impidió vivir y escribir, dictar cursos o ser elegido a la Real Academia. He aquí una anécdota, de 1953: “Me llamó por teléfono el ministro de Información, Arias Salgado; me dijo que deseaba hablar conmigo, al día siguiente, a las siete. Saqué del bolsillo la agenda, la puse junto al aparato e hice sonar sus hojas: ‘Mañana a las siete –le dije–. Sí, estoy libre, con mucho gusto’ (…) Me recibió amablemente, me dijo que me leía con admiración; insistió en que nos hablásemos de tú. Después de larga conversación me dijo que mi artículo no iba a publicarse, porque era ‘muy polémico’. Le dije que no hacía más que rectificar una serie de falsedades. Insistió en la peligrosidad de la polémica. ‘¿Y por qué no bajas el telón un artículo antes?’, le pregunté. Como se mantuvo en su posición, le dije, literalmente: ‘Bueno, veo que en España no hay libertad más que para calumniar, y como eso no me va a interesar nunca, no tengo nada que hacer’. Protestó amablemente (…) Al llegar a casa, metí el artículo en un sobre de avión y lo mandé a La Nación de Buenos Aires, donde se publicó enseguida”. ¿Puede imaginar alguien algo así en Cuba, la URSS o cualquiera de aquellos regímenes tan admirados por la oposición antifranquista?

Las memorias de este escritor fundamental nos informan y explican más que muchos libros de historia: “Desde fines de 1955 empieza algo nuevo. Una generación muy joven queda muy influida por el marxismo, lo cual quiere decir que fue muy poco liberal (…) Forman grupos, y lo primero que hacen es fingir que son ellos los que empiezan: de ahí data la negación o el silencio sobre todo lo que se había hecho antes. Todavía se sigue hablando monótonamente del ‘páramo intelectual’ de España en aquellos años. En mi artículo ‘La vegetación de páramo’ di una impresionante lista de libros independientes y valiosos publicados en España precisamente entre comienzos de 1941 y la muerte de Ortega”.

La muerte de este testigo lúcido, veraz y sensato es una gran pérdida intelectual, porque tales cualidades son, por desgracia, muy poco frecuentes.

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