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La deriva del nacionalismo catalán

Si Ibarreche se hubiera quedado solo con su plan no se atrevería, probablemente, a llevarlo muy lejos. Pero la situación ha experimentado un cambio importante: no está solo, sino que los nacionalistas catalanes y el PSOE van en la misma dirección que él, incluso más allá que él, y por lo tanto unos y otros van a sentirse, se están sintiendo ya,  lo bastante fuertes como para dar un fuerte impulso a su plan conjunto de disgregar España. La cuestión es así de cruda y de simple.
  
Por lo tanto,  iniciativas como  las reformas penales para castigar a quienes convoquen referendums ilegales no van a arredrar a estos individuos, y van a ser de difícil aplicación, máxime cuando la ley ha sido vulnerada grave y sistemáticamente en el pasado por unos y por otros sin la menor consecuencia. Los nacionalistas vascos llevan meses desafiando al Tribunal Supremo y al gobierno, y no pasa nada. La unidad y la democracia españolas se van a ver sometidas al chantaje y puestas a dura prueba.
     
El nacionalismo vasco tenía en contra suya su descarada connivencia con el terrorismo, que, denunciada finalmente  por el Gobierno y la derecha, aunque de  modo incompleto, le ha debilitado en España y aislado en Europa. Pero el nacionalismo catalán se presenta con una máscara pacífica y democrática que ni el gobierno ni casi nadie en la derecha ha intentado nunca quitarle (al contrario, se la han confirmado generosamente en toda ocasión, y con pocas excepciones). Ello le da una fuerza considerable y dificulta la acción contra él.
    
Antes de seguir, conviene hacer algunas precisiones sobre  el nacionalismo catalán. Su doctrina, elaborada principalmente por Prat de la Riba, se apoyaba en dos pilares: un exclusivismo extremo, según el cual los catalanes eran sólo catalanes y de ningún modo españoles (según él, no existía una nación española, sino, en todo caso, castellana);  y un imperialismo: la nación catalana debería encabezar  un “imperio ibérico” desde Lisboa al Ródano, con proyección sobre África.
    
Salta a la vista que el  “imperio ibérico” era una forma disfrazada y extravagante de reconocer la españolidad de Cataluña, sustituyendo la primacía castellana (hacía mucho tiempo desaparecida) por la catalana. El proyecto, aparte de anacrónico, por no decir absurdo, resultaba peligroso, por los choques que auguraba con Portugal y Francia, y con otras potencias en un continente africano ya repartido.
 
En el pasado, el nacionalismo catalán ha sufrido  la contradicción y el tirón opuesto del imperialismo y del exclusivismo. En Cambó terminó predominando la primera tendencia, que, combinada con el temor a la revolución social, fue relegando la segunda hasta dejar su nacionalismo en poco más que un regionalismo.
   
Pero el temor a la revolución social ha desaparecido hoy, y también  la ilusión imperialista, al no persistir aquella diferencia económica entre Cataluña y casi todo el resto de España, que alentaba las esperanzas hegemónicas del nacionalismo (esperanzas ya antaño ilusorias, por muchas razones). Por consiguiente, el nacionalismo actual no encuentra  razones para la unidad española. Menos aún bajo la impresión de que España se va a diluir finalmente en Eurolandia. En tal situación, los Pujol-Mas, Carod o  Maragall,  alejados anímica y sentimentalmente de España, aspiran a la separación de Cataluña, cuanto antes mejor; el problema es sólo el modo.
 
Las diferencias entre ellos tienen sólo carácter político en el sentido más trivial del término. Todos comparten una visión negativa de España y un exclusivismo asombrosamente narcisista  (y mutilado) de lo catalán.  Quedan los lazos económicos, pero éstos, contra lo que algunos creen, han perdido toda relevancia cuando, liquidado el proteccionismo, la industria catalana no depende del resto del país al viejo modo, y se integra en unos circuitos europeos mucho más amplios.
     
El problema no sería serio si tales ideas y sentimientos no influyeran en amplias capas de la población catalana, incluso entre las originadas en otras regiones. Gran número de catalanes ha llegado a ver España como algo ajeno o, al menos, poco “interesante”. No es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de un cuarto de siglo de auténtico lavado de cerebro por parte de los nacionalistas y la izquierda, en eso muy unidos, bajo la pasividad suicida y estúpida, cuando no colaboracionista, de quienes debieran haberse opuesto. Muchos catalanes se sienten alarmados por esta deriva, pero no encuentran la vía, la organización ni el liderazgo para salir al paso.
 
Desde luego, España tiene fuerzas sobradas para afrontar estas amenazas, a condición de verlas en su auténtica dimensión y peligro.
     

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