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El imperio de los sinsentidos

La fuerza de la tontería

En la última manifestación contra la LOU, un estudiante gallego comentaba a un periodista: "¿Alguén cre de verdade que tanta xente estamos manipulada? ¿Qué todos somos tontos e non sabemos por qué nos manifestamos?". Aun sin contar que los estudiantes que no se han manifestado son diez o quince veces más numerosos, el argumento resulta, en efecto, una tontería, y si algo prueba es la facilidad con que grandes masas pueden ser manipuladas, como se ha mostrado tan reiteradamente en el siglo XX. Véase el nazismo o el comunismo, o, para no ir más lejos, el nacionalismo vasco. Cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo de objetividad percibe el carácter pueril —tan lamentable en universitarios, incluidos profesores y rectores—, de las consignas, insultos y acusaciones de este movimiento. Pero, sobre todo, percibe su falsedad. Ni la ley va a privatizar las universidades, ni va a imponer un centralismo absorbente, ni es antiobrera (¡toma castaña, a estas alturas!), ni nada o casi nada de cuanto alegan los promotores y repiten a gritos los listos "conscientes de por qué se manifiestan".

Un grupo organizó en la Universidad Autónoma de Madrid un debate con profesores y alumnos partidarios y adversarios de la LOU, y se encontró con la desagradable sorpresa de que a los adversarios les importaban un bledo los datos y las cifras. Para ellos sólo contaba la supuesta conspiración privatizadora, centralizadora y por supuesto "clasista" que creían, o más bien querían, ver detrás de la ley. Es decir, la vieja monserga y método "dialéctico" marxista, de ese marxismo pedestre de nuestra universidad en los tiempos no muy heroicos del antifranquismo, y que creíamos, cuán erróneamente, olvidado. Métodos tales sabotean cualquier entendimiento, pese a lo cual los saboteadores no se hartan de invocar las palabras mágicas "diálogo", y "democracia". Sus intenciones están claras: preservar los cacicatos universitarios en unos casos, y agitar las aguas para llevarlas al molino totalitario, en otros. Pero incluso sabiendo esto, el diálogo tendría que prescindir de las intenciones para centrarse en el examen de los hechos. Quien sustituye ese examen por la insistencia en las intenciones atribuidas al contrario, ya descubre su juego, y su arma fundamental sólo puede consistir en el griterío acusatorio, a fin de acallar los argumentos y los datos.

Pero aunque la tontería, la falsedad y la demagogia dominen el movimiento anti LOU, sería a su vez una bobada menospreciar su fuerza y posibilidades. No parece que ahora vaya a darse el caso, pero uno, sólo puede rememorar con cierta ansiedad los grandes movimientos de este tipo tantas veces triunfantes en la historia reciente.

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