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Cárcel de Carabanchel

La gloriosa oposición antifranquista

Les recomiendo vivamente la lectura de una carta de Enrique Pérez Mengual a ABC (26 de octubre) sobre un alucinado reportaje escrito en el dominical de dicho periódico, en el que se reproduce la más burda demagogia izquierdista, perfectamente firmable por el colectivo Zapo que nos gobierna (es un decir). En Heterodoxias.net, pueden leer la carta y otro comentario del señor Pérez Mengual, que sabe de qué habla porque pasó seis años como preso político en el franquismo. Este ex–preso, que conserva la lucidez, al contrario de tantos otros, detectó:

En la información de ABC sobre "En aquel lugar de la memoria", la cárcel de Carabanchel, hoy en demolición, "datos erróneos en relación con los presos políticos de la cárcel". Se dice: "Los revueltos años sesenta llenaron sus celdas y con el nacimiento de Comisiones Obreras la cárcel llegó a su particularísimo y cruel no hay entradas". Más adelante se informa de que en el 77, cuando Marcelino Camacho abandona la cárcel, "la prisión empezó a llenarse entonces de presos comunes". Los hechos fueron bien distintos. Los presos políticos ocupaban solamente la sexta galería, una pequeña galería de unas 50 ó 60 celdas. En el año 67, éramos alrededor de 40 presos políticos. Y, ojo al dato, la población reclusa total de la cárcel era en junio de 1972 de 1.519 reclusos, según figura en una pizarra de la prisión, que se reproduce en el artículo. En la sexta galería, además de miembros del Partido Comunista y de Comisiones Obreras, había anarquistas, trotskistas, maoístas, etarras, y la suma total en el año y medio que yo permanecí nunca rebasó la cifra de 60 presos. Por allí no apareció –continúa el lector– ni un solo socialista. La sexta, como ya he dicho, era una galería de apenas 60 celdas, soleada, limpia y reluciente (limpieza esmeradísima, a cargo de los comunes del reformatorio); las celdas estaban abiertas 14 horas diarias, libertad de movimientos por el patio y la galería, campeonatos de pelota mano, torneos de ajedrez, clases de inglés, el equipo de fútbol de los políticos disputando una liguilla con los equipos de las otras galerías; disponíamos de cocinas y comedores propios; y diariamente las distintas organizaciones celebran reuniones en las que, junto a charlas sobre materialismo dialéctico o historia del movimientos obrero, se hacían vaticinios (¡año 66!) sobre la inminente caída del franquismo.

Por supuesto, no todos los políticos estaban tan bien. Había una comuna de la abundancia, la de los comunistas, y otra de la escasez, la de los demás comunistas no "pro Moscú" o "pro Carrillo".

Quisiera hacer dos observaciones: una sobre la vileza de la derecha que quiere falsificar su memoria y la de todos contribuyendo con entusiasmo a la turbia labor del Gobierno, Garzón, Carrillo y compañía, para deleite e irrisión de la izquierda hoy empeñada en la "ruptura" que no fue capaz de llevar a cabo tras la muerte de Franco.

Y otra observación sobre los presos políticos de la dictadura: en las dos amnistías de la transición salieron un total de tres o cuatrocientos presos políticos, de toda España, para una población de unos 36 millones de habitantes. Entre los presos liberados no había demócratas, eran prácticamente todos comunistas y/o terroristas. La ausencia de socialistas, que señala Pérez Mengual, no se debía a su talante democrático, sino a que, siendo muy pocos y manteniendo una actividad casi exclusivamente palabrera, apenas preocupaban al régimen, que sólo empezó a cambiar de actitud en los primeros años 70, facilitando y alentando la reorganización del PSOE como posible rival del PCE. Tarea en la que trabajaron a fondo también, con cuantiosas ayudas económicas y mediáticas, desde la extrema derecha alemana (caso Flick) al PRI mejicano, pasando por la socialdemocracia alemana, el Gobierno francés y tantos otros, probablemente también la CIA, según indica Antón Saavedra, ex socialista asturiano y buen conocedor de aquellos intríngulis.

En fin, qué gran ocasión nos brinda toda esa gente para recuperar, de verdad, la memoria. No ahorremos esfuerzos porque merece la pena: una memoria falseada envenena el presente.

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