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La masonería en rosa y en negro

A finales del siglo XIX Francisco Ferrer Guardia proponía una “revolución ferozmente sangrienta”, en la que la sangre “corra a torrentes”, y creó una “Escuela moderna” dedicada a difundir sus ideas revolucionarias. No se quedaba en palabras, pues fue él, con toda probabilidad, el inductor del atentado de la calle Mayor de Madrid, en 1906, con decenas de muertos, y perpetrado por un profesor de dicha “Escuela”. Al ser condenado a muerte Ferrer, a raíz de la Semana Trágica barcelonesa, en 1909, se levantó por él en toda Europa, un clamoreo gigantesco, que lo pintaba como un “nuevo Galileo” y “educador de España”, victima de una “Inquisición” inexistente y del “clericalismo asesino”, etc. Hubo grandes protestas y manifestaciones con heridos y a veces muertos, en numerosas capitales europeas. ¿Por qué esa reacción tan extraordinaria a favor de un hombre oscuro y fanatizado, de muy escasas dotes intelectuales? El catalanista Cambó lo explica: “Ferrer ocupada uno de los lugares prominentes en la Masonería y la Masonería internacional tomó el “affaire” con el más grande entusiasmo”.

La orden masónica señala con orgullo su presencia en las primeras Cortes Republicanas: 183 diputados entre 458. Habida cuenta de que el número de masones en España ascendía a escasos millares, eso significaba que una reducida sociedad prácticamente secreta tenía mucha más influencia, ejercida por vías opacas, que cualquier partido.

Al fracasar la insurrección socialista y nacionalista catalana de 1934, la izquierda lanzó una enorme compaña propagandística sobre la represión en Asturias. La organizaron masones como Vidarte –promotor también de la insurrección- o Fernando de los Ríos, en colaboración con la masonería internacional. Martínez Barrio, también alto cargo de la “orden”, recomendó a Vidarte cautela, recordándole la carnicería de la Revolución francesa, cuando los principales dirigentes masones se mandaron unos a otros a la guillotina. En fin, la campaña sobre la represión en Asturias se basó en exageraciones y falsedades, pero logró poner contra las cuerdas a un gobierno legítimo que había defendido la legalidad democrática contra un gravísimo asalto revolucionario. Y envenenó al ambiente social, creando condiciones para una vuelta a la guerra.

Señalo estos hechos – y se podían ampliar mucho-, no para pintar a los “hijos de la luz”, como modestamente se autodenominan, con colores exclusivamente tenebrosos, sino para contrastarlos con la leyenda rosácea que ahora se divulga sin asomo de crítica. No siempre el papel de la “orden” ha sido lo benéfico e ilustrado que sus dirigentes pretenden, cosa natural, pues ninguna institución humana es uniformemente buena o mala. Pero así como antes se destacaba en exclusiva lo peor de la masonería, ahora se nos quiere hacer comulga con las ruedas de molino de su perfección.

Creo bastante razonable la opinión del filósofo italiano Benedetto Croce: “Escucho las jactancias de esa institución sobre su grande y saludable eficacia; escucho las atroces acusaciones que le lanzan sus adversarios, y me inclino a creer que jactancias y acusaciones son por igual exageradas. Pero conozco la mentalidad masónicas y veo en ella un serio peligro para la cultura italiana. Para Croce esa mentalidad, simplista a abstracta, “pretende distinguir a golpe de ojo el bien del mal y clasifica hechos y hombres por signos externos y por fórmulas”, y por tanto la consideraba “pésima no solo mentalmente, sino también moralmente”.

El PSOE ha propuesto en el Parlamento una rehabilitación oficial de “los hijos de la luz”. Pero la masonería quedó rehabilitada automáticamente en el momento en que pasó a poder actuar en la legalidad, como tantas otras sociedades. Es como si de pronto el mismo PSOE exigiera ser rehabilitado en las Cortes de los anatemas pronunciados contra él bajo el régimen de Franco. Da la impresión de que ahí hay una trampa y una intención no confesada, aparte del prurito de infligir derrotas a Franco después de muerto. Esa intención es convertir a las Cortes en plataforma gratuita de propaganda de la orden, como se ha hecho en las campañas sobre las Brigadas Internacionales o el maquis. Utilización abusiva que nada añade al prestigio de una institución clave de la democracia.

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