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Debate sobre los años 40

Lo malo de Javier Tusell

Todos tenemos nuestro lado mejor y nuestro lado peor, y Stanley Payne ha conocido, sin duda, el mejor de Tusell, de quien fue amigo y a quien dedica su último libro Franco y Hitler. En el aspecto personal nada puedo decir, pues solo traté a Tusell en una ocasión, con motivo de un congreso de la UNED sobre la oposición a Franco en el que, como de costumbre, se pasaba por alto el punto clave historiográficamente: el carácter antidemocrático de dicha oposición. Y se intentaba dar relieve excesivo a hechos poco más que anecdóticos de la oposición no comunista, tan limitada e inefectiva hasta el surgimiento de la ETA, mejor dicho, hasta sus primeros asesinatos (los cuales, digamos de pasada, tanto apoyo nacional e internacional valieron a los terroristas: desde el Gobierno francés hasta un sector nada desdeñable de la prensa legal dentro de España, pasando por casi toda la oposición a Franco, comunista y no comunista, y por una parte creciente del clero vasco –y no vasco–; creo que nunca unos asesinatos, sórdidos por demás, han reportado rentas políticas tan altas, lo que retrata bien a determinadas fuerzas políticas y eclesiales).

Mis discrepancias con Tusell, que él convirtió en choque, debieron de producirse con la publicación de Los orígenes de la guerra civil, aunque no recuerdo que él dijera algo públicamente. El libro suscitó auténtica furia, sorda pero muy perceptible, en un ambiente intelectual y universitario que parecía ganado de modo irrevocable por el "progresismo", así llamado convencionalmente. Para él, la república fue la gran maravilla democrática frustrada por los reaccionarios, asesinos de la libertad y próximos al nazismo en ideas y crímenes. El maniqueísmo había llegado a extremos grotescos, reviviendo la propaganda de la Comintern: el Frente Popular, auténtico destructor de la república, al menos de la república demoliberal del principio, aparecía como continuador de ella, de sus esencias democráticas y populares; las izquierdas habían cometido errores aquí y allá, debidos casi siempre a su carácter conciliador, por no tener en cuenta el salvajismo de nuestros reaccionarios y fascistas; o bien había cometido excesos, bien comprensibles, ante los brutales abusos de la derecha.

Obsérvese que en la historiografía franquista, por lo común mucho más veraz, la decisiva cuestión de la democracia apenas aparece, debido a que, tras la experiencia republicana, casi toda la derecha creyó que en España no podía funcionar la democracia liberal. Su crítica a las versiones de izquierda se basaba en las convulsiones –muy reales– causadas por los republicanos y las izquierdas en general. Entre otras cosas estas versiones consideraban la "revolución de Asturias" como un precedente de la guerra civil, no como su comienzo real, aceptaban la continuidad básica entre la república y el Frente Popular y no tenían problema en transformar el viejo término "rojos" en "republicanos" para el bando contrario. Pero el torrente de datos de los historiadores pro franquistas fracasaba ante las historias de izquierda: el Frente Popular era la república, la legalidad y la democracia, y por tanto la sublevación franquista o fascista cargaba con toda la responsabilidad de los desmanes y crímenes, incluso de los cometidos por las izquierdas como reacción frente a los verdaderos culpables.

Mi libro dejaba en claro, precisamente, que no solo la mayoría de las derechas se había comportado con grande y a veces excesiva moderación, sino que las izquierdas habían rechazado el veredicto de las urnas en noviembre de 1933, habían intentado golpes de estado y sus principales partidos habían emprendido el camino de la guerra civil, explícita en el caso del PSOE, implícita en el de los nacionalistas catalanes. Y que su fracaso en 1934 sólo le había llevado a unir fuerzas en un Frente Popular sin cambiar sus actitudes, desatando a continuación un proceso revolucionario.

Por lo tanto mi estudio quería demostrar, y creo haberlo conseguido, que quienes destruyeron la república concebida como democracia no fueron las derechas, sino las izquierdas, cuyas posteriores reivindicaciones de la república y la democracia entran en los turbios y confusos ámbitos de la superchería demagógica. Ello derribaba la columna central de la historiografía izquierdista-separatista y nos obligaba a mirar la guerra y sus consecuencias con una óptica muy distinta.

Desde luego, los historiadores "progres" percibieron el peligro y optaron al principio por el ninguneo. Podían permitírselo, al dominar abrumadoramente en la universidad y en los medios de masas, también bajo Aznar, por supuesto; pero Los orígenes tuvo una difusión inesperada para un tema antes relegado al terreno de los muy especialistas. Por eso al ninguneo le sucedió el ataque directo, dejando en evidencia una lamentable deshonestidad intelectual. Sabiendo el terreno previamente ganado a las versiones franquistas, insistieron en identificarme con ellas y, en un esfuerzo por limitar la difusión del libro, mintieron sin el menor escrúpulo asegurando que mis fuentes se limitaban a Arrarás o a Ricardo de la Cierva, y cosas similares. Resultado: un debate imposible.

Pues bien, Tusell, tras el fracaso del ninguneo, tuvo que salir también a la palestra, y lo hizo, muy significativamente, con ocasión de Los mitos de la guerra civil. Mejor dicho, con ocasión de la entrevista que me hizo Dávila en TVE-2 con tal motivo. Como se recordará, la entrevista dio lugar a que las mafias sindicales de UGT y CCOO organizaran un acoso repugnante, "frentepopulista", es decir, antidemocrático, contra Dávila, e incluso presionasen en las Cortes para impedir la libertad de expresión. Pues bien, Tusell no solo no reaccionó contra el intolerable acoso, sino que colaboró con él, mediante un artículo en El País cuya pretensión básica consistía en que los medios de masas debían reservarse para él y los de su cuerda, y cerrarse a personas como yo, porque, afirmaba sin el más ligero asomo de demostración, mis puntos de vista no se sostenían. Y tanto que se sostenían. Como que El País me negó el derecho de réplica y el muy poco honrado y muy poco demócrata intelectual, en lugar de protestar por ello, no dudó en beneficiarse escandalosamente, insistiendo en sus peticiones de censura. La democracia consistiría en que ellos mandasen y hablasen, y los demás se abstuviesen, por las buenas o por las malas.

Debido a este choque hay un elemento personal en mi escaso aprecio intelectual por Tusell, pero lo considero secundario. Este historiador representa una tendencia pro totalitaria más fuerte de lo que parece en la derecha, visible en este dato: su enemistad absoluta, "erradicadora", como decía una discípula suya, hacia Ricardo de la Cierva; y su admiración y homenajes hacia Tuñón de Lara, el gran reintroductor en España de la propaganda estalinista disfrazada de historiografía. En esa afinidad electiva ha llegado a presentar el expolio de las obras del Museo del Prado como "salvamento" de las mismas, siguiendo la propaganda marxista más evidentemente falsa para cualquier historiador algo serio. Esas actitudes lo explican todo.

Y tengo la impresión de que la influencia de Tusell sobre Payne debilita un poco su por lo demás excelente estudio Franco y Hitler. En Años de hierro hacía alguna observación al caso, pero de estos y otros asuntos trataré en próximos artículos.

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