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Los pesados argentinos

Deja una impresión penosa la imagen de los vociferantes sindicalistas con sus simplezas sobre los españoles ordeñando para su provecho la vaca Argentina. Si la vaca está ahí, a su disposición, ¿por qué no la ordeñan los sindicatos? En todos los países, los sindicatos parecen tener las ideas muy claras sobre cómo deben funcionar las empresas y crearse puestos de trabajo, pero, misteriosamente, nunca hacen nada de eso. Al revés, lo que suelen crear es cargos burocráticos para ellos mismos, pagados con dinero público, y que destruyen otros tantos o más empleos reales y productivos.

Esas concepciones seudo-económicas se han debilitado bastante, afortunadamente, en muchos países, pero en Argentina parece seguir en pleno vigor. Hace años se decía que en Buenos Aires hasta las mucamas leían a Sartre. Un país donde ocurre tal cosa y se cuenta como un motivo de orgullo, necesariamente debe de estar algo enfermo, y es sintomático el hecho de que el psicoanálisis se haya convertido allí en una especie de industria nacional.

Esa campaña contra España recibe alientos, desde luego, de Usa y otros intereses, que ven en los españoles una competencia indeseada, a la que, como bromeando, presentan como una segunda conquista. Afortunadamente España no está, ni de lejos, en condiciones de ejercer un papel imperialista en Hispanoamérica, ni aunque lo deseara – y creo que a nadie se le ocurre eso aquí, a estas alturas. Puede cometer errores de gestión, pero sus inversiones allí contribuyen a crear empleo y son mutuamente beneficiosas en un plano de igualdad, contra lo que pretenden los vociferantes, cuyos jefes sí saben ordeñar bien la vaca del dinero público.

Creo que existe también en Argentina cierto resentimiento, más fundado, desde la guerra de la Malvinas, en la que Calvo Sotelo hizo jugar a España un papel tan lamentable. Recuerdo que tiempo después discutí con Martín Prieto, con quien tenía entonces alguna amistad, sobre aquella guerra, en la que él, muy en la onda anglómana de Benet, defendía a los ingleses. “Los argentinos –decía– son unos pesados”. “Sí, pero son los nuestros”, le rebatí, o intenté rebatirle. Los españoles y los hispanoamericanos pedemos traicionarnos, es más, somos expertos en traicionarnos, y una síntesis de esa traición es el término “Latinoamericana”, pero el daño siempre será mutuo, y no sólo de una parte.