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Marta Bizcarrondo

Más sobre el 34

Desde que empecé a publicar sobre la guerra civil hace ya cinco años, señalé la necesidad de un debate académico que apartase la guerra, de una vez, de la propaganda y de la política actual. A esta oferta de diálogo se han negado los funcionarios de la historiografía, con dos falacias: que los "historiadores profesionales" estaban contra mis tesis; y que con el debate yo sólo buscaba hacerme propaganda. Estos personajes se arrogan fraudulentamente la representación del gremio, pues, desde luego, bastantes historiadores profesionales están de acuerdo conmigo; y, para desgracia de su segunda argucia, he tenido la suerte de que mis libros sean mucho más leídos que los suyos, por lo cual no soy yo quien necesita hacerse propaganda sino ellos, en todo caso.
 
Estas actitudes, reveladoras del nivel académico y democrático de tales personajes –lo explica muy bien Stanley Payne en el prólogo al libro 1934.Comienza la guerra civil–, han venido acompañadas de la correspondiente lluvia de injurias, exigencias de censura, negación del derecho de réplica y otros métodos de silenciamiento y desprestigio que esta vez, por suerte, han resultado poco eficaces (aunque a menudo lo han sido: ¿quién conoce, por ejemplo, estudios excelentes sobre la revolución del 34 como los de Barco Teruel o Sánchez García-Saúco? Y a Ricardo de la Cierva han logrado marginarlo en algunos ambientes). El ejemplo más siniestro fue la reacción a la entrevista que me hizo en TV2 Carlos Dávila. A raíz de ella se desató contra Dávila una catarata de presiones e insultos de estilo chekista, que logró su fin intimidatorio, pues no he vuelto a ser llamado por ninguna otra cadena de televisión, pública o privada (sí, ocasionalmente, por algunas locales o no abiertas al público general). El mismo Sánchez Dragó ha mostrado reticencia a entrevistarme. Y se comprende: en cuanto los socialistas volvieron al poder la primera cabeza que rodó en televisión fue la de Dávila, con el "talante" típico: destitución fulminante, sin la menor cortesía o respeto a las formas.
 
Pero, fallidos el insulto, la intimidación y el silencio, tuve la certeza de que antes o después tendrían que probar con argumentos. Y así empieza a ocurrir tímidamente. Doña Marta Bizcarrondo acaba de publicar un largo artículo en El País para refutar a los "panfletarios conversos" (vean cómo las gasta la moza) que interpretamos la insurrección izquierdista de octubre del 1934 como el comienzo de la guerra civil. Hoy resulta ya imposible negar la evidencia de los documentos del PSOE y de la Esquerra: esos partidos quisieron, organizaron y llevaron adelante la guerra civil en aquel año, y Azaña replicó a la victoria electoral de la derecha en 1933 intentando dos golpes de estado (así eran los que defendían la democracia y las libertades según quieren hacer creer los funcionarios de la historiografía). Estos hechos pueden considerarse firmemente asentados, por más que algunos todavía se resistan a admitirlo. Quien tenga alguna duda puede consultar el amplio apartado documental del libro 1934.
 
Pero, objeta doña Marta, quienes señalamos estas cosas olvidamos la otra parte del problema: ¿qué pasaba con la derecha? ¿Acaso no parecían tener intenciones totalitarias las derechas? ¿Y qué ocurría con la situación internacional, con la subida de Hitler al poder o la política de Dollfuss en Austria? Obsérvese que doña Marta no pretende que la CEDA, principal partido derechista, fuera fascista. Ningún historiador medianamente serio, de derecha o de izquierda, sostiene hoy tal cosa. Lo que ella viene a plantear es que, ante la situación internacional y ciertos comportamientos de la CEDA, las izquierdas tenían motivos para estar alarmadas y llevar a cabo un golpe preventivo, quizá injustificado en el fondo, pero muy explicable en el contexto de los miedos de la época. Ya en Los orígenes de la guerra civil mostré la poca seriedad del argumento, citando esta frase de la misma Bizcarrondo: "El problema no es si Gil Robles era o no fascista, sino si en la coyuntura de 1933 la desconfianza de la izquierda era o no justificada". Ella la cree justificada, claro, pero ¿no estaría la derecha más justificada para temer una revolución con la que constantemente amenazaba el PSOE, y adelantarse mediante otro golpe preventivo?
 
En otras palabras, la CEDA no era fascista pero "daba la impresión" de serlo, y los sucesos de Alemania y Austria bastaban a disparar los temores. Por lo tanto, la rebelión de las izquierdas en 1934 no debe verse como una intentona de guerra civil sino más bien como una respuesta, errónea pero comprensible, a lo que la izquierda percibía como un peligro inminente. Y de esa respuesta habría tenido mucha culpa la CEDA, por no haber obrado con más moderación. Este peculiar argumento ha calado muy ampliamente, también en la historiografía de derechas.
 
Desde luego, las izquierdas no dejaron de acusar a la CEDA de fascista, y muchos militantes izquierdistas tuvieron que creérselo; pero, a pesar de eso y del amplio "consenso" logrado en la historiografía reciente, la explicación es radicalmente falsa. Y de probar su falsedad se encargan los mismos líderes socialistas de la época, a quienes, imperdonablemente, muchos historiadores han prestado poca atención. Así, el padre intelectual de la insurrección de octubre, Araquistáin, dejó constancia en la revista useña Foreign Affairs de su verdadero pensamiento por los mismos meses en que él, con su partido, organizaba –insisto– la guerra civil. Al revés que en Alemania o Italia, escribía Araquistáin, en España "no existe un ejército desmovilizado (…) no existen cientos de miles de universitarios sin futuro, no existen millones de parados. No existe un Mussolini, ni siquiera un Hitler [por entonces a Hitler aun se le conocía mal]; no existen las ambiciones imperialistas ni los sentimientos revanchistas (…) ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta". Argumentos semejantes había esgrimido el propio Largo Caballero ante una delegación sindical extranjera. Sin embargo, a sus seguidores les decían exactamente lo contrario. ¿Por qué? Obviamente, porque el fantasma del fascismo les servía para soliviantar a las masas con vistas a su proyecto de toma del poder. Un historiador serio debe saber distinguir la espuma propagandística de los verdaderos impulsos bajo ella.
 
Doña Marta olvida algo no menos esencial: si los dirigentes socialistas agitaban a la población con aquellas falsedades, dentro del propio PSOE hubo quien rehusó seguirles, Besteiro. Éste negó tal peligro fascista, denunció que la propaganda del partido estaba envenenando a los trabajadores con patrañas y aspiraciones de "dictadura proletaria", y que todo terminaría en un baño de sangre. Hasta anunció que, aun si triunfaba el PSOE, la guerra seguiría con los anarquistas (fue un verdadero profeta, si juzgamos por lo ocurrido en 1937 y 1939). Pero la historiografía izquierdista, incluso la que se proclama moderada y democrática, ha solido dar más valor a la propaganda del sector bolchevique del PSOE que a su desenmascaramiento por Besteiro.
 
Esta errónea valoración de las fuentes se acompaña de una falta no menor de sentido crítico. Carrillo, por ejemplo, sostiene en sus memorias que la CEDA era un partido fascista, pero él mismo se enreda en sus sofismas. Cuando iban a ordenar la insurrección, los líderes del PSOE se plantearon qué hacer si salían derrotados. Decidieron que en tal caso negarían toda relación con la revuelta, presentándola como un movimiento espontáneo. Esto los retrata moral y políticamente, pero hay más, como explica Carrillo: "En ese momento me hubiera gustado mucho más asumir mi responsabilidad. Me parecía más gallardo y no veía en qué podían cambiar las cosas si decíamos que era espontáneo. Pero me equivocaba. Aparte de la suerte personal que hubiéramos podido correr en el momento, nuestras organizaciones hubieran sido aplastadas y no se hubieran mantenido y fortalecido tan rápidamente". Esto es una confesión en toda regla: no sólo sabían la inexistencia del tan cacareado peligro fascista, sino que creían que, incluso ante una provocación tan tremenda como la insurrección, la derecha mantendría la legalidad republicana, cuyas garantías permitirían a los socialistas defenderse legalmente (Largo Caballero, máximo líder del alzamiento, saldría… ¡absuelto por falta de pruebas!); y más aún: mantener sus organizaciones y fortalecerlas después del sangriento fracaso. Vaya miedo tenían al fascismo…
 
Y tuvieron completa razón en sus expectativas. La CEDA no sólo no replicó con un contragolpe sino que defendió y mantuvo la Constitución, pese a no gustarle por diversas razones, en particular su carácter no laico sino anticatólico.
 
Si con ingenuidad totalmente acrítica hubiéramos creído la propaganda de las izquierdas esperaríamos que, después de la contundente prueba de legalismo y moderación dada por las derechas en el poder, cesarían las acusaciones de fascismo contra Gil-Robles y la CEDA. Con lo cual repetiríamos el "ingenuo" error. Tales acusaciones se recrudecieron, si ello era posible.
 
¿Cuál fue, pues, el auténtico motivo de la insurrección? También lo encontramos fácilmente una vez dejamos de tomar el ruido propagandístico por una fuente digna de toda fe, como hace con dudosa ingenuidad doña Marta. Antes de imponerse por completo (empleando también la intimidación y la agresión), los partidarios de la guerra civil tuvieron que discutir con los de Besteiro. En un importante encuentro de líderes de la UGT, poco después de la derrota electoral de noviembre del 33, el besteirista Saborit alega: "¿Se trata de que hay un peligro inmediato de fascismo? Yo digo que eso seriamente no hay quien lo diga (…) Lo que ha habido en España es una coalición electoral terrible contra nosotros, no contra la República". Y le responde Amaro del Rosal: "Esta situación determina que hay que hacer el movimiento y que es favorable (…) El año 33 es favorable a la revolución. Existe un espíritu revolucionario; existe un Ejército completamente desquiciado, hay una pequeña burguesía con incapacidad de gobernar, que está en descomposición (…) Tenemos un Gobierno que no conoce la historia de España, que es el de menor capacidad, el de menos fuerza moral, el de menos resistencia. Por eso yo opino que ahora todo está propicio".
 
Quienes opinaban que todo estaba propicio para la revolución se impusieron sobre quienes defendían la democracia y la legalidad. No temían ningún golpe fascista, repito por enésima vez: simplemente estaban seguros de ganar. Ahí radica todo el secreto de aquella decisión histórica que abrió la guerra civil.
 
Pero, insistirá todavía alguno, ¿y la situación internacional? ¿Y ciertas actitudes amenazantes de la CEDA? Como queda claro a partir de lo ya visto, no fueron causas reales, sino pretextos utilizados por el PSOE para movilizar a las masas y justificar una decisión previamente tomada. Aun así, trataré también esas "amenazas" en otro artículo.

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