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Antonio Cazorla

Ni democracia ni humanismo

El profesor Antonio Cazorla ha escrito en El País un sorprendente artículo invocando la “democracia y el humanismo” en relación con el recuerdo de la guerra civil. Y empieza con afirmaciones tan sorprendentes como que Anthony Beevor y un servidor recuperamos “el argumento de la derecha española, en su tiempo difundido por Joaquín Arrarás y otros partidarios de la dictadura franquista, de que la guerra empezó en octubre de 1934”. Nunca he leído tal cosa en Arrarás, aunque tampoco he leído a fondo a este autor. Quien sí lo dijo, entre otros, es Brenan, gran partidario de la dictadura franquista, como nadie ignora. Pero de decirlo o intuirlo a demostrarlo media un largo paso cuyo mérito, modestamente, creo poder reivindicar.
 
Continúa el profesor: “Lo que no parece honesto es, como ha venido haciendo Moa, cuestionar y hasta insultar de forma absoluta el trabajo de los historiadores profesionales, tachándoles de ser parciales”. El mundo al revés. Desde el principio dije que había un debate pendiente sobre estas cuestiones, y quienes llama el señor Cazorla profesionales demostraron su escasísima profesionalidad no ya al negarse a debatir, sino al presionar con todas sus fuerzas (y abundantes insultos) para erradicar mis libros de la Universidad y de los medios de masas. Actitud inquisitorial muy exitosa en otros casos, si bien no en éste, afortunadamente.
 
Luego menciona “los cuarenta años de verdad única dentro de la España de la victoria”. Muy falso. Desde mediados de los años 60 las versiones más divulgadas en España, al menos en la universidad y en los círculos interesados (para la gran mayoría la guerra civil era agua pasada y sin especial interés, excepto por la buena intención de no repetirla) empezaron a ser las de los vencidos, y de modo especial las de ideología marxista. Ya antes de morir Franco publicaba con notable éxito el estalinista Tuñón de Lara. Y desde la Transición, para qué vamos a hablar: el dominio “progresista” en la universidad y en los medios ha sido prácticamente absoluto. E inquisitorial, repito.
 
En realidad el franquismo se preocupó escasamente del estudio de la guerra, salvo, desde finales de los 60, para replicar a versiones como la de Jackson, también de corte marxista. Esa réplica dio lugar a obras magníficas, no superadas, como las de Martínez Bande, las de los hermanos Salas Larrazábal y otras, que, pese a su valor, los profesionales progres han logrado condenar al ostracismo universitario y mediático. Táctica que siempre se les ha dado muy bien, y que si ha fracasado en mi caso no ha sido por falta de ganas y esfuerzos. Por dar una prueba, el señor Cazorla me ataca tranquilamente en El País sabiendo que este periódico me impide responderle allí, de tan demócrata, humanista e intelectualmente honesto como es. Pero el grupo Prisa, menos mal, ha perdido mucho peso y prestigio, y ya no recibe tanto crédito como solía.
 
El profesor se despacha después con una divagación superficial, plenamente acrítica, sobre el “humanismo y la democracia”, para asegurar: “Una de las mayores mentiras franquistas fue su falsa reconciliación, esculpida en el granito del Valle de los Caídos”. No sé si falsa, pero desde luego nunca aceptada por los jefes e ideólogos de los vencidos, aquellos que abandonaron a su suerte a sus seguidores, incluso a los más complicados en el terror contra la derecha. Y no podían aceptarla, entre otras cosas, porque venía presidida por la cruz, el símbolo que ellos habían intentado erradicar violenta y definitivamente de España. En cuanto a la inmensa mayoría de los vencidos, los de a pie, había olvidado todo aquello y no compartía la afición de sus ex jefes a remover los rencores.
 
Pero si no se quiere aceptar esa reconciliación, vale la pena recordar que la democracia actual tiene muy poca relación, por grandísima suerte, con la república, pues proviene del franquismo. El régimen de Franco se autodisolvió sin haber sido nunca derrotado, a fin de dar paso a una reconciliación y a una convivencia democrática entre los españoles, mientras la oposición clamaba por una “ruptura” llamada, con la mayor probabilidad, a reproducir las convulsiones del pasado. Las convulsiones con que vuelven a amenazarnos los “antifranquistas” retrospectivos, los separatistas, los terroristas, los enterradores de Montesquieu…
 
Con mucha desenvoltura asevera el señor Cazorla: “Treinta años después de la muerte del dictador no sabemos qué hacer con el Valle de los Caídos”. Casi todos lo sabemos: dejarlo como está. Usar bellas palabras de “democracia y humanismo” para seguir hurgando en las heridas es otra típica argucia de estos señores tan poco demócratas y tan poco humanistas. Mucho me llamó la atención, al estudiar los años previos a la guerra civil, la demagógica utilización de las banderas de “la democracia”, “el pueblo”, “la libertad”, para, en la práctica, atacar brutalmente esos valores.
 
Dice, en fin, nuestro profesor: “Los españoles del siglo XXI tenemos la ventaja de que nuestros valores y nuestra realidad social son muy distintos de los imperantes en los años treinta”. En general así es. Pero en el caso de él y de tantos como él, no: siguen en las mismas letanías, sin haber aprendido casi nada. También ocurrió con la caída del muro de Berlín: quedaron boquiabiertos, sin entender, y en cuanto se repusieron un poco retornaron a los viejos discursos y a las viejas hipocresías. Cito los dos casos, el muro de Berlín y la falsificación de la historia reciente, porque sus protagonistas son los mismos la mayoría de las veces.

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