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Columna publicada el 16-05-2001
A unas expectativas excesivas suelen corresponder desilusiones excesivas. Las elecciones en Vasconia habrían sido históricas si hubieran producido un vuelco a favor de los partidos democráticos. Pero esto era improbable, como he insistido, pues los efectos de errores prolongados durante decenios rara vez se enmiendan en un golpe de suerte. Por tanto, las elecciones han tenido poco de históricas. Han dejado la situación más o menos como estaba.
Sin embargo también puede volverlas “históricas” el pánico o la cobardía de quienes, tras unas ilusiones infundadas, lo dan ahora todo por perdido. Un espectáculo repugnante y repetido en la historia es el de la falta de valor de los políticos, defensores supuestos de unos principios, pero que en realidad sólo defienden unas carreras personales. Algunos hablan ahora como si la defensa de la democracia y las libertades hubiera sido un error. Eso nunca lo es, como tampoco lo es la lucha contra la corrupción y la prepotencia del poder, por más que en esa lucha se produzcan reveses y la deseable victoria se aplace.
El mismo Aznar, a quien se le supone serenidad y nervio, ha calificado de “desesperadamente lento” el avance de los constitucionalistas. Es lento en comparación con sus deseos, pero nada más. En 1986, los votos nacionalistas duplicaban muy ampliamente a los democráticos, y en 1990 todavía los duplicaba: 671.000 frente a 322.000. Pero desde 1994 la diferencia se acorta con rapidez, y en los pasados comicios fue de 742.500 frente a 653.300. Precisamente esa fuerte tendencia es una causa principal de que el PNV haya decidido “ir a por todas” antes de que sea demasiado tarde.
El PNV, y no ETA, es el principal responsable de que millares de personas se vean perseguidas y amenazadas o hayan tenido que huir de Vasconia, de que allí las libertades estén cercenadas y la cota de democracia sea enormemente inferior a la del resto del país. De que, en suma, no exista el imperio de la ley. Ahora el PNV habla de diálogo. Muy bien. Pero no dialogó en torno a la manera de ampliar y legitimar esa situación siniestra, sino justamente en torno a los medios para recuperar la normalidad democrática y cortar los abusos, los chantajes y la connivencia aranista con el terror. Sobre esto hay que llegar a acuerdos. El PNV chantajea con la violencia ilegítima de ETA, para sostener esa opresión. Ha ido ya demasiado lejos, y quizá sea hora de hacerle ver con firmeza que el Estado podría verse obligado a ejercer su fuerza legítima en defensa de la ley y la democracia.
Es en los momentos difíciles donde los gobernantes dan la talla o no la dan. No siempre se cuenta con un Churchill para tales ocasiones, pero en este caso tampoco hace falta: comparada con las que tuvo que afrontar el estadista británico, ésta es una crisis ratonil.

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