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El imperio de los sinsentidos

Peces Barba, un líder desorbitado

El imperio de los sinsentidos
Un líder desorbitado
Pío Moa

Un líder característico del movimiento anti LOU, Peces-Barba, expuso hace unas semanas su postura en la tercera de ABC, recibiendo menos atención de la debida.

El artículo, con mala retórica, empieza por acusar de desorbitada —no lo fue en absoluto— la reacción de la ministra de Educación ante la amenaza de desobedecer la ley —esto sí que es desorbitado— por parte del ilustre rector. El cual, tras descalificar la LOU, asegura que "convertirá en un caos la universidad". Tiene derecho a decirlo, y hasta quizás acierte en su profecía, aunque eso lo decidirá el tiempo. Pero uno esperaría de un rector una crítica más ponderada, y la comprensión de que el caos lo introducirán de inmediato él y los suyos con su actitud de sabotaje a la ley.

Aunque Peces-Barba defiende la democracia, dice él, no tiene una palabra de crítica a la endogamia y los clanes impuestos en la universidad por sus correligionarios socialistas. Ni recuerda el método, casi con nocturnidad y alevosía, con que fue impuesta la ley hoy vigente. Como la LOU aspira —y no precisamente con audacia— a afrontar esos males, él la tacha de estar concebida "desde la desconfianza y desde la falta de respeto a nuestra institución", palabrería fácilmente retornable, pues su artículo no contiene una sola alusión a las conocidas deficiencias de la universidad, que él, bien instalado en su cumbre, parece incapaz de percibir. ¿Hay ahí respeto a la institución, u otra cosa?

Lo que preocupa a Peces-Barba es la elección de los rectores, y en especial los estatutos. La LOU prevé que éstos sean redactados o adaptados a la nueva ley por nuevos claustros, elegidos de acuerdo con ella, pero el líder de la desobediencia opina que deben hacerlo los claustros actuales. Además, él rechaza la disolución de los claustros mientras permanecen los rectores y juntas de gobierno salidos de aquellos. Estas medidas tienen toda la traza de responder a cuestiones de procedimiento, pues no resulta lógico dejar los estatutos a unos claustros elegidos según la vieja ley y a menudo opuestos a la nueva, y, por otra parte, las universidades deben funcionar con sus órganos de gobierno mientras se produce el tránsito de una ley a otra, tal como la disolución de un parlamento no provoca la ausencia de poder hasta la elección del siguiente. Pero, según Peces-Barba, van más allá de medidas formales, pues afectarían a las raíces de la democracia, contrariándolas, y de ahí la conveniencia y justicia de la desobediencia. Esto suena, nuevamente, un tanto desorbitado, y cabe sospechar bajo tan altas proclamas la picaresca política de la vieja receta atribuida a Romanones: "hagan otros las leyes, y déjenme a mí los reglamentos".

Como indiqué en el artículo anterior, a Peces-Barba no le estorban, nunca le han estorbado, las banderas del estalinismo y del terrorismo, y recientemente ha prologado un libro de historia (pretendidamente) sobre el Tribunal de Orden Público, del que hablaré, y donde vuelve a demostrar esa —llamémosle— manga ancha en estas cuestiones. Es una razón más para desconfiar de sus apelaciones a la democracia.

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