
Pretender que la "prueba" de nuestra "entrada" en Europa sería una "ley de memoria histórica" que coloca a las víctimas inocentes al nivel de los asesinos y ladrones de las chekas, indica una capacidad de valoración ética e histórica realmente peculiar. 
Me hacen llegar, por aviso de Horacio Vázquez-Rial, un reportaje de la revista del diario Clarín de Buenos Aires sobre la "memoria histórica", en una sucesión de frases que no tienen desperdicio, y analizar todas las cuales llevaría demasiado espacio. Incluye una entrevista con "un historiador que investigó las apropiaciones de niños bajo el franquismo, dramático antecedente de lo ocurrido en Argentina". Sigue: "El silencio auspiciado como garantía de reconciliación, tras casi 40 años de franquismo, parece haber quedado definitivamente atrás", y se refiere a películas, novelas y libros diversos que vienen apareciendo aquí y allá referidos a la guerra civil o al franquismo; y habla de un "pacto de olvido" para cimentar la democracia. Se refiere a mí como "un periodista, ex miembro de los GRAPO (...) que abjuró de la izquierda y se pasó a los contrarios con fervor de converso". Según "investigadores tan prestigiosos como Javier Tusell, Ricard Vinyes, Santos Juliá y Nigel Townson" [la selección de nombres no es, desde luego muy buena], yo "no habría pisado un archivo en mi vida", ni "contrastado con documentos" lo que afirmo, haciendo "ensayismo neofranquista más que historia".
Stanley Payne también es citado en mi apoyo, pero él y yo habríamos sido rebatidos en El mundo por diez historiadores que denunciaron que "los vencedores dispusieron durante 40 años de todos los medios para construir una versión de la guerra civil, con censura", mientras que los vencidos "jamás tuvieron una sola versión". Insiste mucho en la "política de amnesia", sobre la que no cesa de repetir tópicos. O suelta que "toda familia española tiene cicatrices de la guerra civil", o que "incluso los más jóvenes escuchan de sus abuelos historias de trincheras" a la que atribuye "medio millón de muertos" y cita como autoridad a Preston "que habla de un holocausto español". La "Ley de memoria histórica (...) es la prueba definitiva que debe dar España para convertirse plenamente en lo que siempre quiso ser: Europa".
La periodista, evidentemente, no sabe de qué habla, cosa por lo demás muy común en el periodismo degradado (periodismo basura suele llamársele) hoy mayoritariamente cultivado en Europa y América. Por eso es tan importante la crítica a este tipo de manipulación, pues sirve para aclarar las cosas por lo menos a alguna gente. Señalaré aquí algunos errores de actitud y de hecho en el reportaje. Para empezar, un periodista medianamente serio tiene que preguntarse cómo es que durante casi setenta años a nadie se le había ocurrido lo de la "apropiación de niños" por el franquismo, ni siquiera bastantes años después de que tal cosa ocurriera en Argentina. Evidentemente, a alguien se le encendió una luz tardía al respecto: "¿por qué no acusar al franquismo de apropiaciones como las de Argentina? El asunto es muy emocional, y la gente traga con todo, si se orquesta el asunto debidamente". Pues la "memoria histórica" tiene también su importante faceta de negocio: mucha gente vive hoy de ella, generosamente subvencionada, y por otra parte no hay como ofrecer "compensaciones" crematísticas para que mucha gente recuerde todo lo que haga falta. Esta obviedad escapa, sorprendentemente, a la perspicacia de la reportera.
Un periodista con un mínimo de honestidad profesional tampoco puede referirse a mí, hablando de estos temas, como "ex miembro de los GRAPO, y que se pasó a los contrarios con el fervor del converso". Esto no tiene nada que ver con el asunto, pero si la reportera cree que este tipo de datos arroja alguna luz, tendría que hacer lo mismo con los demás. Así, por ejemplo, debiera haber señalado que Javier Tusell fue funcionario del franquismo, en cuya universidad hizo una buena carrera sin que el régimen se sintiera nunca molesto con él, y que ya muy, muy tardíamente entró en esa clase de oposición suavísima a la que no importaba pactar con el partido de Sabino Arana, o entrar en "diálogos" con los comunistas, siempre modelos de democracia. O que Santos Juliá fue sacerdote franquista. O que algún otro fue comunista hasta muchos años después de la transición, etc. Y de todos ellos podría decir que han cambiado "con el fervor del converso", ¿por qué no? Por cierto, que esa aparente aversión a los conversos suena muy inquisitorial, quizá por ello sólo lo aplique nuestra honesta periodista cuando cree que le conviene. Podría señalar ella además, y este sí es un detalle significativo intelectualmente, que casi ninguno de esos historiadores, intelectuales y políticos ha explicado sus cambios y conversiones, mientras que yo sí lo he hecho muy por extenso.
En cuanto a los errores de hecho, he aquí algunos:

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